Wednesday, August 27, 2014

¡Ya está en librerías la segunda edición de las Actas!



Distinguidos socios y lectores (y por qué no, lectoras)
Tengo a bien comunicarles que debido al éxito de la primera edición y tras haber atiborrado de argumentos a mi respetado editor, el honorable profesor Héctor Velis-Meza, Mandamás del buen decir, la segunda edición de las "Actas secretas del Club de la lengua de vaca" acaba de salir de la zorra, o sea ver la luz, perdóneseme la expresión.
La puede hallar en las mejores librerías del ramo ¡con un nuevo capítulo didáctico!, intitulado "99 formas de correrse la paja (sólo para hombres)", más un "Prólogo a la segunda edición" escrito de puño y letra por el afamado onanista Fernando Tag.
Con módicas diez luquitas se llevan para la casa dos días de placer garantizado para los eyaculadores precoces de la lectura, diez días para los cacheros normales y un mes de lectura para los cortos de entendimiento o duros de matar la gallina.
Este Catedrático del Vicio ya se encuentra preparando un nuevo tomo, absolutamente original, algo así como la segunda cacha de estas Actas, pero de aquello aún no dará mayor información.
Se despide hasta la próxima, las arcas están vacías, fuera los cocodrilos
El Profesor Bruburundu Gurusmundu

Saturday, April 14, 2007

Grandes perversiones del sexo: ¿Asumirlas o disimularlas?

-Se abre la sesión. ¿Juráis que lo que se hable entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? A la cuenta de tres digan: ‘‘Sí, juro’’. Uno, dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura al acta, por favor.
-Cómo no, señor Presidente. Puntito único de nuevo.
(Pasa un angelito).
-¿Qué espera para leer?
-Su venia, S. E.
-La tiene.
-Gracias. El tema a tratar...
-Galicismo.
-¿Cómo, señor Presidente?
-A tratar. Galicismo. Que se tratará.
-Gracias por hacerme ver mi pobreza de recursos en todo aspecto, sobre todo en lingüística de la sintaxis, Jefe Superior. Y sin más prolegómenos ni galicismos, el temé de hoy es: "Grandé perversioné de le sexó: ¿Asumirlas o disimularlas?"
-Corte el hueveo, secretario. Hay varios candidados para su cargo y no me cuesta nada...
-Perdón, señor Presidente. Leo nuevamente: "Grandes perversiones del sexo: ¿Asumirlas o disimularlas?"
-Recuerde que en este club no se mueve ni una sola hoja sin que Papá Mono lo sepa... ¿O NO? ¡Ni una sola hoja!
(Todos).
-¡Ni una sola hoja, señor Presidente!
-Gracias. Se ofrece la palabra.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Hable usted, Jorobabel Diéguez.
-Gracias, Maestro Perfecto. Para decir que primero habría que nombrar las perversiones, luego definirlas y recién entonces concentrarnos en la médula del asunto.
-Me parece atinada su intervención, Diéguez. Propongo que cada uno escriba ejemplos de perversiones en una hojita y se los entregue al secretario.
-Señor Presidente...
-¿Sí, Pollo Loco?
-¿Hacemos correr la hojita o dice usted que cada socio escriba en una hojita propia?
-Se ofrece la palabra a los partidarios de una sola hojita.
-¡Pido la palabra!
-Diga, Moore.
-Es mejor una sola hojita porque hay menos posibilidades de que se repitan los casos. ¿No ve que si el socio lee lo que él pensaba, entonces no lo escribirá para ahorrar tiempo?
-¿Nadie más? Que hablen los partidarios de una hoja por socio.
-Pido la palabra.
-Diga, Camilito.
-Una hoja por socio permite resguardar el secreto de la privacidad más íntima y sincera, monsieur le President.
-¡Marucho!
-¡A callar! Se vota. Por la misma hojita. Levanten la mano.
(Levantan las manos).
-Por una hoja por socio.
(Levantan las manos).
-Anote secretario. Una hoja por socio.
-Anotado, Su Excelencia.
-Pues bien. Escriban.
-Señor Presidente...
-¿Sí, Matas?
-¿Tiene una hojita que me preste?
-Secretario: distribuya hojas para todos.
(Al rato).
-¿Listos?
-Me falta una, señor Presidente.
-Estoy en la duda, Ilustrísima.
-Ante la duda abstente.
-¡Cállate, gris!
-¡Casi me dicen negro, señor Presidente!
-¡Ya, paren el hueveo! ¿Terminaron, cabritos?
-¡Acabé, señor Presidente!
-¡Terminé!
-¡Ay, llegué!
-Secretario. Reúna todas las hojas y léalas en voz baja. Tarje las que se repitan y luego léanos los ejemplos, por favor.
-Sus deseos son órdenes, señor Presidente.
(Al rato).
-Estoy listo, señor Presidente.
-¿Ya te fuiste cortado, Espinita?
-¡A callar! Secretario, lea por favor.
-Leo, señor Presidente, en el entendido de que estamos hablando de perversiones sexuales, que serían las siguientes: culiar entre varios, pegarle un combo en l'hocico a la mina cuando la tenga patita al hombro, afilarse mamíferos, aves, peces y reptiles de distintas familias, géneros y razas, cagar en la guata a la mina, afilarse a los cabros chicos, tomar pichí, comer caca, culiarse a los muertos, culiar en los baños de los trenes, culiar en un gallinero, culiar detrás de las matas, culiar chupando un zapato, correrse la paja con guantes de box, culiar por internet, culiar con la postura del misionero, culiarse a la tía, culiarse a la abuelita, culiarse a todos los parientes, ser culiado por el padrastro, mostrar la pichula en un parque, meter la nariz, vestirse de mujer, culiar con un ser del mismo sexo, macaquearse caminando en la calle, ser víctima de un apretón de cocos con alicate, chupar un pico ajeno, culiarse a un travesti, meter más de cuatro dedos en el poto, chupar la zorra, meter los dedos de los pies, usar objetos, culiar por teléfono, correr mano en el Metro y en el Transantiago, mirar cuando se afilan a la esposa, correrse la paja con una bolsa de comprar pan en la cabeza, que se lo mamen viendo un partido de la selección, culiarse a un negro. Ésas serían hasta el momento, señor Presidente.
-Bien. Se ofrece la palabra.
-¡Protesto, señor Presidente!
-Ya sé lo que va a decir, socio Paére. Secretario, por favor anule el último ejemplo... aunque le pese a la sala.
-Tarjado con lápiz... DE CARBÓN, señor Presidente.
-¡Protesto, Ilustrísima!
-¡Basta ya! Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga, Diéguez.
-Ahora que las cosas están claras, propongo no abrir debate, porque así las cosas la sesión no acabaría sino hasta el 2010. Además les recuerdo a todos que a las ocho juega Colo Colo con River Plate...
-¡Lo había olvidado! Tiene usted toda la razón, socio Diéguez. ¿Qué sugiere entonces?
-Sugiero, respetado señor Presidente, que cada socio defina en pocas palabras la perversión que saque por sorteo, y luego manifieste si es mejor asumirla o disimularla.
-Se vota. Levanten la mano por la moción del socio Diéguez.
(Levantan la mano).
-Aceptada la moción. Secretario. Escriba por separado las supuestas perversiones y eche los papelitos a una bolsa.
-Cómo no, señor Presidente.
(Al rato).
-Listos para el sorteo, señor Presidente.
-Bien. Saque cada uno un papelito.
-Esto es como el amigo secreto, Ilustrísima.
-¿Y si saco una perversión que no me gusta, Ilustre Jefe Superior?
-Aquí no es cosa de gustos, Sargento Roldán. Aquí es como en el regimiento.
-¡A su orden, Mi Presidente!
-Bien. Creo que todos ya sacaron su papelito. El que no sacó, que escuche y si procede, que haga su aporte.
-¡Es mi caso, señor Presidente!
-Tardó mucho, Urzúa, y se quedó sin nada. Lo lamento. Por lo demás llevamos demasiado tiempo en prolegómenos. Socio Vega, por favor, hable usted.
-Gracias, señor Presidente. El destino quiso que me correspondiese defender a los culiados que echan cacha chupando un zapato. Hago extensiva esta perversión a toda clase de objetos que precise el tontito en cuestión para calentarse más rápido, puesto que aquí el tema no es que el huevón se caliente, sino que se caliente rápido, estimo yo, Su Señoría.
-Interesante acotación, Vega. Prosiga, por favor.
-Prosigo, Ilustre Maestro. La perversión de chupar el zapato importa graves riesgos, a saber: que la suela del zapato haya pisado un pollo, lo que tornaría el acto de chupar en algo resbaloso por decir lo menos. Suele suceder que los zapatos exhiban algun clavo y la lengua no lo advierta; he allí otro riesgo. Un tercer peligro consistiría en tragarse la tapilla, si el zapato es de taco alto. Chuparlo por dentro puede conducir a despegar el forro de badana, lo que deja en mal pie, valga la redundancia, al pie de la dama, en el entendido de que siempre se está hablando de un zapato femenino. He oído además de casos en que el culiado, en su delirio, extrae desde el fondo del zapato un resto de juanete y se lo traga sin querer.
-¿Se asume esa perversión o se disimula, socio Vega?
-Yo diría, Gran Maestro, que se asume abiertamente. No hay nada de pecaminoso en chupar un zapato. Yo ni siquiera calificaría dicho acto de perversión.
-¿Qué sería entonces?
-Un placer gastronómico, Su Señoría.
-Siguiente perversión.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted, socio Moore.
-Quiso la suerte que me correspondiese hablar acerca del acto de correrse la paja con guantes de box. Para empezar, debo admitir que nunca lo he podido hacer, no por falta del implemento boxeril, que sí lo poseo, sino porque cuando he tratado de hacerlo mi filorte no ha dado el ancho.
-¿Ha probado con guantes infantiles?
-Sí, Su Señoría, pero no me entra la mano.
-¿Qué ha concluido?
-Mi conclusión es muy simple, Ilustrísima: debe ser rico porque la palma del guante es arrugadita, pero yo diría que macaquearse con guantes de box es un disparate, una mera iniciativa de carácter lúdico o lúdicro y tampoco estaría calificando como perversión. De modo que hay que asumirla siempre que la callampa exceda de los 20 centímetros de largo y 8 de grosor. De lo contrario el intento se convertirá en una suerte de pesadilla.
-Socio Pollo Loco, tiene la palabra.
-Gracias, señor Presidente. Saqué el papelito que dice "correr mano en el Metro y en el Transantiago". Y tampoco califica como perversión.
-¿Cree usted? El froteurismo o acto de frotarse en multitudes se encuentra dentro de las perversiones clásicas.
-Lo habrá dicho una doctora mujer, señor Presidente, pero dígame por favor quién de nosotros no ha corrido mano en un concierto, en el Metro, en una micro llena o hasta en la fila de un banco, como por casualidad. Este acto equivale al refrán la ocasión hace al ladrón: nacimos ladrones y nacimos calientes, pero la sociedad nos controla. Si yo me pudiera culiar a una mina rica en la calle lo haría sin miramientos, Su Excelencia. Pero como me mandarían a la cárcel, trataría entonces de correrle mano sin que parezca calentura. Aún recuerdo un día en que la micro iba llena y una pasajera de poto gordo se me instaló justo medio a medio del filorte. El Julio Martínez con beatle se paró altiro y se le llegó incluso a salir un comentario, pero la mina no se movió. Parece que lo hacía adrede la maraca reculiá, Ilustrísima Señoría.
-¿Y qué pasó?
-Me mandó cortado, señor Presidente. Al llegar a la casa la vieja me ve y me pregunta: "¿Y qué hací con ese mapa de América del Sur en los pantalones, papá?" Yo le respondí: "Era una oferta del Instituto Geográfico Militar, mamá. Los vendían a tres por mil". Me dijo: ¿Y por qué no te compraste tres, papá?" Le respondí: "Es que iba una pura mina en la micro". La cagué.
-Ay hombre. ¿Y qué pasó?
-Me tuvo durmiendo en la casa del perro tres meses. Yo me cansé de decirle que la culpa no era mía sino de la ramera esa, pero no hubo caso. Por todo eso y por mucho más, como dice Julio Iglesias, considero que correr mano en el Transantiago no es perversión, salvo que la patología se aplique a las mujeres deseosas de que les den un apretoncito. Pero eso a nosotros no nos interesa, señor Presidente.
-Ha hablado esta vez con sabiduría, Pollo Loco. ¿Comió algo especial?
-Me comí una longaniza de pavo al almuerzo, señor Presidente. Tiene menos colesterol.
-Ah, ya veo. ¡El siguiente!
-Me toca, señor Presidente.
-Hable usted, Saval.
-Me ha correspondido hablar sobre la perversión denominada "tomar pichí", Ilustrísimo señor Presidente, pero mientras sacábamos los papelitos decidimos, sin consulta, lo admito, englobar tres perversiones en una: tomar pichi, comer caca y cagar en la guata de la mina. El nombre genérico que le hemos dado es "puta la huevá pa asquerosa".
-Accedo con reparos, Saval. Le pido que sea la última vez que tome decisiones de esa importancia sin consulta previa.
-No fui yo, señor Presidente. Me pidieron...
-Está bien. Hable.
-Gracias, Magnánimo Maestro. Iré de menor a mayor. Tomar pichí es un acto que pudiese parecer repudiable, pero si se fija usted, hoy es recomendado hasta por ciertos galenos en programas de televisión. Se alude a las beneficiosas propiedades del pichí. Se agrega que en el desierto el caminante bebe su propia orina y se remata incluso clasificando las diversas cepas de pichí, al igual que el vino blanco. Éstas serían pichí clair o pichí clarito; pichí salissant o pichí sucio, pasado; y pichí malade o pichí enfermo. El primero viene siendo una especie de varietal, de sabor fresco, exultante, con reminiscencias de albahaca, pepino y ciruelas. El pichí salissant tiene más cuerpo y color y más horas de guarda en la vejiga. Es espeso y al salir se aprecia fácilmente a la luz su turbiedad. Deja en el paladar notas de cochayuyo, papas con mayonesa y carne al horno. El pichí malade, hecho para paladares más exigentes, tiene un tono café-rojizo y sale caliente del sapo femenino, aunque también podría ser del pico, pero como en este caso estamos separando, disectando las perversiones, me refiero solamente al choro o sapo femenino, señor Presidente, porque si saliera del pico ya estaríamos entrando a hablar de un huevón colepato.
-¿Hay sapo masculino, Saval?
-No, señor Presidente, pero hay sapo cancionero, también conocido como "sapo de charca" o "sapo de campo". Pero volvamos a lo nuestro. El pichi malade deja en el paladar recuerdos de prietas con puré picante y mostaza, mote con huesillos, pino de empanada y pan con chicharrones. A mi entender, beber estos mostos de la fuente misma del placer, léase la boca del sapo, está lejos de ser considerado una perversión, monsieur le President.
-Prosiga, Saval. Vaya al grano.
-Ahí quería llegar, Su Excelencia, al grano: la caca, de por sí asquerosa, aleja a la gente. De allí que la llamaré hez fecal o en su defecto, cacuca.
-Me gusta más cacuca. Lo encuentro tierno.
-Ha dado en el clavo, señor Presidente. La perversión de comer cacuca es una perversión tiernucha, de allí que no la llamaría perversión, sino regresión. Pregúntele a Tony Kamo.
-¿Insinúa usted que comer cacuca equivale a una sesión de hipnosis?
-No, Excelentísima Señoría. Equivale a regresar a nuestros estadios más primitivos. ¿Qué hace el niño de un año en la bacinica? ¡Mira la cacuca y la tantea y si los papás no están atentos se la come! ¿Hay algo más tierno que un niño comiendo cacuca?
-¿Insinúa usted que comer cacuca es un acto infantil?
-No lo digo yo, señor Presidente, lo dice Freud, el viejo ése que de tantos apuros nos ha sacado.
-Entonces Spiniak debería estar en una cárcel de menores.
-Usted lo ha dicho, señor Presidente, mas no lo dije yo.
-Qué análisis más curioso del tema.
-Y si me permite terminar, Magnánimo Califa, echarle cacuca a la mina es solamente invitarla a compartir un juego de niños. Es como decirle: "¿juguemos a hacer casitas de barro en la guatita?". De modo que dichos actos, a mi entender, no entrarían en la categoría de perversiones.
-Sólo me asalta una duda, socio Saval.
-Diga usted, Gran Maharajá.
-¿Y qué hacemos con el olor?
-¡Ah chucha!, eso es harina de otro costal, señor Presidente.
-El siguiente.
-Yo, señor Presidente.
-Vaya, el socio nuevo, Marambio. ¿Qué le tocó?
-Me tocó hablar de culiar entre varios.
-... Señor Presidente.
-¿Cómo?
-Que no terminó su frase con "señor Presidente". Así se estila en este club.
-Perdón, señor Presidente. Gracias, señor Presidente. Culiar entre varios es rico, señor Presidente, siempre que no se lo manden guardar a uno, señor Presidente, ahí se sufre, señor Presidente.
-¿Se lo han mandado a guardar?
-Casi, señor Presidente. Una noche estábamos culiando 15 personas...
-¡Vos po!
-¡Dejen que hable el socio nuevo! ¡Denle confianza! Prosiga, Marambio.
-Gracias, señor Presidente. Estábamos culiando... como seis personas y yo tenía ensartada a una negra cuando del otro lado salió una mano y me enchufó un dedo en el hoyo. La saqué y la volvió a meter. "Cabréate chuchetumadre", le sugerí, y el huevón, porque era un huevón, metió otro dedo. Así que me levanté y mejor me fui. Desde ese día hago sexo en grupo de una manera más sana, señor Presidente.
-¿Cuál?
-Echo cacha en una pieza que tenga espejos por todas partes. Lo que más me gusta ver es cuando la callampa se mete en el sapo. Me caliento y me voy cortado.
-Eso se llama voyerismo y está entre las perversiones clásicas, Marambio. ¿A quién del club le tocó hablar sobre el acto de "Mirar cuando se afilan a la esposa"?
-A mí, señor Presidente.
-Hable entonces usted después de que Marambio se vaya cortado, perdón, acabe su discurso. Termine ahora, Marambio.
-Gracias, señor Presidente. Para irme cortado, perdón, para acabar, deseo señalar que a mi modo de ver el hecho de hacer sexo en grupo equivale a echar cacha con espejos, de modo que traspaso esta posible perversión, que para mí no es perversión, al amigo aquí.
-Bien. Tiene entonces la palabra el señor Pastene.
-Gracias, señor Presidente. Mirar cuando se afilan a la esposa no es voyerismo, sino masoquismo, así que paso, señor Presidente.
-Está bien, pero antes dígame: ¿mirar así, a secas, lo considera perversión?
-No, señor Presidente, porque en el mirar no hay pecado y la perversión es una especie de pecado contra la naturaleza. Si el hombre no mira, la humanidad no progresa. Todo lo que el hombre es se debe al acto sensorial de mirar. Cosa muy distinta es que mientras uno mira lance el moquillo al piso, sobre todo si es de superfléxit, porque entonces pasarían todos refalándose y las isapres no pagarían esas fracturas, Gran Califa.
-Le encuentro toda la razón. Pasemos entonces a analizar la gran perversión denominada masoquismo, equivalente al apretón de cocos con alicate. Tiene la palabra el socio Matas.
-Gracias, señor Presidente. A propósito, tengo ganas de comerme un churrasco.
-Ahórrese comentarios ajenos al tema en cuestión, señor Matas y hable ya, que estamos atrasados.
-Cómo no, Ilustrísima Señoría. Pero antes quiero decir que si el tema me tocó a mí, no es que yo esté de acuerdo con esa práctica, sino que metí la manito y me salió. Pero lo que de verdad quiero decir es que el apretón de cocos con alicate, por más vueltas que le doy, no encuentro que sea una perversión.
-¿Y entonces, qué?
-A mí me parece más bien una práctica típica de un electricista. En casos excepcionales podría ser también, como en éste, una práctica carpinteril.
-¿Me podría explicar, socio Matas, qué relación tiene la electricidad o la carpintería con el apretón de cocos? Explíqueme claro y sencillo, porque deseo entender.
-Muy simple, Maestro Perfecto. El alicate tiene diversos usos, siendo el más recurrido el de "agarrar una cosa". La cosa puede ser un alambre, un tornillo, un fierro de dimensiones pequeñas, una tuerca también puede ser. ¿Y por qué no un coco o los dos cocos juntos si son chicos, señor Presidente? ¿Qué lo impide? ¿Figura en algún manual ese impedimento? Yo jamás he leído en los instructivos de uso del alicate un acápite que indique: "Prohibido apretar los cocos". Lo que no está prohibido está tácitamente permitido. Ahora bien, si nos abocamos al aspecto estrictamente eléctrico, es sabido que el apretón de cocos provoca una electricidad a quien lo recibe. Sería entonces una forma de medir el voltaje del cuerpo.
-Una lógica no muy aristotélica, pero por esta vez se le acepta, en vista del esfuerzo que ha hecho para desplegar su razonamiento, estimado socio. De todas maneras le pregunto: ¿es para usted el masoquismo una perversión?
-Por ningún motivo, Ilustrísima. El masoquismo, entendido como la producción de dolor para generar placer en el que recibe el martillazo en las huevas, por dar un ejemplo, o en el culiado que se corre la paja con una bolsa de pan en la cabeza para que le falte el aire es sólo otra forma de placer. El placer, señor Presidente, es hermano gemelo del dolor. ¿Por qué nuestros socios y casi todos los hombres de la tierra, le aseguro, ponen cara de sufrimiento cuando chorrean moquillo? ¿Les duele o se hacen los adoloridos? ¿Y les ha visto la cara a las mujeres cuando se van cortadas, Su Excelencia? Pareciera que se les copó la tarjeta de crédito.
-¿Alguien desea contradecir al socio Matas?
(Silencio en la sala).
-Nadie, quedó muy claro. Pasemos entonces a la siguiente perversión, que sería... culiarse a los muertos. ¿A quién le tocó?
-A mí, señor Presidente.
-Hable usted, Yuyul.
-Gracias, Eminencia Gris. Para decir que en ningún caso culiarse a los muertos es una perversión, y por lo tanto se asume tranquilamente, como las demás.
-Explíquese.
-Me explico. La muerte es un sueño eterno, Adalid de la Verdad. Culiarse a los muertos es lo mismo que culiarse a la esposa cuando está durmiendo.
-¡Vaya!
-Como es sabido, Maestro Perfecto, la iñora en realidad se está haciendo la dormida, pero hay que llevarle el amén. Generalmente está durmiendo de lado, dándole el poto a uno. De repente hace como que estira la mano en el sueño, agarra el pico y lo suelta. Uno, que en verdad está durmiendo, despierta con el pico parado, deseoso de acción. A la primera, el olor a peo que sale al correr la sábana quita el entusiasmo, pero cuando la callampa se empieza a meter por la zorra el gustito es muy rico. La viejuja está mojada y sigue haciéndose la dormida, pero uno la pilla cuando se mueve más que una micro que da vuelta la esquina y después dice "¡concha!". Al otro día cuenta que tuvo una pesadilla y uno muere pollo tranquilo.
-Volvamos a lo de los muertos.
-Es lo mismo de recién, señor Presidente, con la única diferencia que el muerto no se calienta sino que sigue frío, pero eso no es cosa de uno, sino del muerto.
-¿Pero culiarse a los muertos es una perversión?
-No, señor Presidente. Es un acto de infidelidad, de modo que la pregunta verdadera sería: ¿la infidelidad es una perversión? Y déjeme responderla yo mismo, Gran Califa: la infidelidad no es una perversión sino un pecado y sólo para la Iglesia. Para la ley es una falta tan menor que me parece que no hay castigo y si lo hubiese sería más para el huevón que lo pillaron que para la falta en sí misma.
-Siguiente perversión: afilarse mamíferos, aves, peces y reptiles de distintas familias, géneros y razas.
-Mi turno, señor Presidente.
-Diga usted, Camilito.
-Gracias, Excelentísima Señoría. Para decir que ese acto, que yo englobaría en el injustamente desprestigiado término de zoofilia, está muy lejos de ser una perversión. A mi juicio es una variante mítica de la actividad sexual humana y animal. Permítame recordarle a la asamblea, Califa Supremo, que el acto de culiarse animales está consagrado en todas las culturas no sólo primitivas sino clásicas. Los griegos están llenos de casos de seres mitad hombre mitad caballo, mitad hombre mitad toro, mitad hombre mitad reptil, etcétera. ¿De qué manera nace un centauro sino de la cruza de mujer y caballo? ¿Y cómo se explicaría el nacimiento de un hombre dragón sino de la cruza de varón con lagartija? He allí, pues, el fundamento histórico-antropológico de la zoofilia.
-Pero todos dicen que es una perversión, un acto contra natura, Camilito...
-De ninguna manera, Su Señoría. Es un placer... diferente. ¿Usted cree que la dama que pasea a su perrito no le hace arrurrú por las noches? Y el pobrecito, ¿sufre? ¡No, señor Presidente, el can goza cómo chino!
-¡Y qué pasa con matar la gallina, Camilo!
-Para la próxima pida la palabra, Vega. Pero ya que hizo la consulta, ¿qué pasa en tal caso, socio Camilito?
-Afilarse una gallina, acto sexual que acarrea la consiguiente muerte de la pobre ave de corral, no es una perversión sino un ejemplo de crueldad contra los animales, equivalente a matar a una laucha de un escobazo. Por eso mi consejo es que ese placer solamente les sería dado a los culiados de pico chico.
-¿Y los pescados? ¿Y las culebras? ¿Y los caracoles?
-Mientras el animal no sufra no hay problema, Ilustre Señoría. Hay tanta cosa rara hoy en día que esto es un cuento de niños. ¡Imagínese que hay parejas que hasta echan cacha en una cama!
(Todos).
-¡Ohhh!
-Siguiente tema. Se ofrece la palabra.
-Me tocó, señor Presidente.
-Diga usted, Muga.
-Quiso la suerte, por coincidencia, que defendiera la propuesta que dice relación con mantener relaciones sexuales en un gallinero. Mas, como yo y los demás socios sabemos...
-¡El burro primero!
-¡Silencio en la sala! Continúe, Muguita.
-Gracias, señor Presidente... (en voz baja) me las vái a pagar conchetumadre... (sube la voz) decía, Excelentísima Señoría, que los demás socios y yo decidimos unir esa supuesta perversión con otras que se le relacionan, como hacerlo detrás de las matas, en los baños de los trenes y agrego en La Mansión Siniestra.
-¿Son perversiones?
-No, Gran Maestro. Yo las califico de humoradas que proporcionan cierta emoción. No deja de ser escalofriante meter el pico en la zorra justo cuando sale un esqueleto de un rincón moviendo una guadaña. ¿Y qué me dice del acto romántico de hacerlo detrás de las matas, poniendo eso sí a la mina encima del pasto, por si acaso hay una bosta de vaca?
-¿Y qué hay con lo del gallinero?
-Tiene su riesgo cuando sale el gallo y se pone a dar picotazos en los cocos.
-Hummm, van quedando pocas. El siguiente.
-Mi turno.
-Hable, Jorobabel Diéguez.
-Igual que Muguita, pusimos varias en el mismo saco: pegarle un combo en l'hocico a la mina, meter más de cuatro dedos en el hoyo, también llamado ojete, y meter los dedos de los pies.
-¿Califican?
-No califican, señor Presidente.
-Por qué.
-Porque en primer lugar, hay minas que se andan buscando el combo en l'hocico. Malo está decirlo, Ilustrísima, pero es la pura verdad. Y a veces a uno se le va la mano. La paciencia tiene su límite.
-Eso es sadismo, Diéguez. Y el sadismo es una perversión.
-No es sadismo, señor Presidente. El sadismo obtiene placer del dolor y el combo en l'hocico le da puro dolor a la mina. Sadismo sería pegarle una palmada en la raja a la dama cuando la callampa entra en el sapo. Pero ese hecho tampoco es perversión, sino una metáfora del turf entre cuatro paredes. Es un gesto típico de algún petiso de corbata roja, un gesto de jinete de carreras de caballo.
-¿Y qué hay con eso de los dedos en el ano?
-Tampoco son actos perversos, Ilustrísima Señoría. Introducir más de cuatro dedos en el ano es un experimento científico destinado a dilucidar cuánto da el ancho del hoyo. Meter los dedos de los pies en el sapo es lo mismo. De todas maneras hay que cuidar que los dedos no tengan sustancia entre medio y que las uñas no sufran alguna encarnación, pues podrían producirse infecciones. La salud es lo primero, señor Presidente.
-Vaya, vaya. Siguiente.
-Yo.
-Usted, Matusalén.
-Gracias, señor Presidente. Quiero hablar acerca del uso de objetos, que no es una perversión sino un mero reemplazo del quetejedi, cuando éste no alcanza. Hay minas que gozan con dos callampas al mismo tiempo, una en la zorra y la otra en el chico. Entonces, se le da lo que pide, estimadísimo señor Presidente. Eso no es perversión: es ge-ne-ro-si-dad.
-¿No considera usted que el uso de prótesis o soportes extras sea una acción asaz perversa?
-No, señor Presidente.
-¿Por qué no?
-Porque no nomás, señor Presidente.
-Está bien. ¿Quién sigue? Rapidito, rapidito.
-Me toca a mí, Ilustrísima.
-Hable, Floripoz.
-Gracias, Faraón de Faraones. Afilarse cabros chicos y ser pisado por el padrastro no son actos perversos sino delitos mayores, de tal modo que no caben en esta selección. Culiarse a la tía y a todos los parientes son extensiones de tales actos, y si bien no necesariamente son considerados delitos, tampoco son perversiones-perversiones, ya que lo que cambia no es el acto mismo sino la significación social de éste, expresada en un papel del registro civil o un apellido similar. Sin papel no existe diferencia. O sea, la diferencia la da un papel. ¿Puede un papel ser perverso? La sóla pregunta parece chiste, Su Excelencia.
-Van quedando bien pocas. ¿A quién le tocó mostrar la penca en un parque?
-A mí, señor Presidente.
-No me va a decir que tampoco es perversión.
-Adivinó, Sabio del Oriente. Eso es ofertar.
-¿Cómo ofertar?
-Ofertar, señor Presidente. Agarra aguirre.
-¿Y si alguien no quiere ver lo que le muestran?
-Ojos que no ven, corazón que no siente, Su Señoría. Sólo ve el que quiere ver. Los ojos se hicieron para mirar. Ojos con legañas ven borroso. La miopía es el mal del mundo moderno. La ceguera es propia de los necios. A pico parado no hay ojo que resista...
-Basta, me convenció. ¿Y qué hay con culiar por internet?
-Eso no es perversión, eso es rico, señor Presidente.
-¿Y usted, de dónde salió?
-Soy socio nuevo, Maestro Perfecto.
-Su nombre.
-Pereptil Pérez.
-Así que es rico...
-Claro, señor Presidente. Igual que culiar por teléfono. Yo los llamo "vibradores tecnológicos". Dan gustito.
-Quién sigue.
-Yo, Maestro Perfecto.
-Hable, Periquito.
-Me tocó analizar el caso de culiar con un ser del mismo sexo.
-¡La perversión clásica!
-No, señor Presidente. Aunque parezca imposible, esta vez se equivoca.
-¿Cómo? ¿Me equivoco? ¿No es perversión?
-No es perversión, Ilustrísima.
-¿Y qué es entonces?
-Eso es amor...
(Todos).
-¡Uyyyy!
-¡A callar! Quién sigue.
-La palabra, señor Presidente.
-Hable, Mecerbéricus.
-Me corresponde referirme al hecho de macaquearse caminando en la calle.
-Eso... ¿existe?
-Sí existe, señor Presidente.
-No voy a calificar de antemano, ya que la defensa del caso la tiene usted, pero para mí es una perversión por donde se la mire.
-No, señor Presidente. No sería perversión. Macaquearse caminando en la calle es la paja del ejecutivo moderno, de aquél hombre presionado por la sociedad para hacer rendir el día al máximo. Lo mismo corre para las vendedoras que andan trayendo vibradores en la zorra mientras cazan incautos en el Paseo Ahumada con una carpeta en la mano. ¡Las pobrecitas tienen tan poco tiempo para la intimidad que se ven obligadas a obtener el placer mientras abren tarjetas de crédito para las multitiendas! La verdadera pregunta entonces sería: ¿Es la paja una perversión? Y la respondo altiro: hace 50 años la Iglesia nos habría dicho que sí, sin duda alguna, pero los tiempos han cambiado, Adalid de la Justicia. La paja hoy es el acto más grande de ternura, amor y entrega que un ser humano le ofrece a sí mismo. Y además el más inofensivo, salvo que uno se corra la paja echándose cola de pegar con arroz en el pico, pa que se vea más grueso.
-Mmm, quién sigue.
-Aquí.
-¡Camilito, de nuevo!
-Con su perdón, saqué dos papelitos, señor Presidente.
-Diga.
-Que se lo mamen mientras uno ve un partido de fútbol por la TV y chupar un pico ajeno son dos manifestaciones del mismo acto, ambas de suyo placenteras, ninguna de ellas perversa. En la primera el susodicho, siendo varón, ejerce un rol pasivo mientras la lengua y la boca de la mina hacen su trabajo, y en la segunda, siendo colepato, ejerce un rol activo. Lo mismo para el hecho de pisarse a un travesti. ¡El mundo gay también tiene derecho a gozar, Magnánimo Califa!
-¡Zas!
-¡A callar! Y terminemos luego esta farsa. Quedan sólo dos proposiciones: chupar la zorra y culiar a lo misionero.
-Me tocaron las dos a mí, señor Presidente.
-¿También sacó dos papelitos, Vega?
-Sí, señor Presidente.
-¿Y cuál es su opinión?
-Que chupar la zorra es una perversión seria, una patología grave, Maestro Perfecto, porque introducir la lengua, qué digo, tocar, rozar la punta del clítoris... ¡qué asco! ¡Cómo alguien puede imaginarse una cosa así! ¡Qué cochinada más grande! ¡En qué mundo vive esa gente! A todos esos pervertidos los deberían subir a un barco para echarlos al mar.
-Me imagino que la postura del misionero no será...
-¡Eso es lo peor de lo peor, Gran Califa!, ¡una aberración sin nombre!
-¡Pero si es la postura clásica! ¿Qué tiene de perversa?
-¿Cómo que no es perversa? ¿Qué me dice acerca del combinar el acto sexual con la alusión a un sagrado miembro de la Iglesia Católica, el sufrido misionero, que tantas veces ha dado su vida en nombre de Dios? ¿Le parece normal, señor Presidente?
-¡Uf, por fin encontramos dos perversiones!, de modo que procede la pregunta inicial: ¿se asumen o se disimulan?
-Hay que asumirlas para callado, o sea disimularlas, y sin enviciarse, Incomparable Mustafá, ya que se trata de enfermedades. Se puede chupar la zorra a ojos cerrados y recurrir a las pinzas en caso de necesidad. El beso del payaso es gusto de cada cual, pero lo que está claro es que ante un sapo abierto la carne es demasiado débil. Lo mismo con el misionero culiado. No puede uno echarse patrás cuando tiene a la mina ensartada hasta las masas.
-Bien. Así sea. Ustedes hablaron, ustedes decidieron. Yo me lavo las manos y levanto la sesión, a ver si por lo menos alcanzamos a ver el segundo tiempo del partido del Colo.

Monday, January 08, 2007

Nuevas técnicas para poner los cuernos y de paso hacerle el quite, en la medida de lo posible, al papel de alce

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... y... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura al acta, si lo tiene a bien.
-Cómo no, señor Presidente. Puntito único: "Nuevas técnicas para poner los cuernos y de paso hacerle el quite, en la medida de lo posible, al papel de alce".
-Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Yuyul.
-Yo creo que el Club se está chacreando, Ilustrísima Señoría. Han entrado muchos socios nuevos que vienen a puro huevear.
-Nómbrelos.
-Es una acusación al voleo, señor Presidente. No deseo enemistarme con nadie.
-¿Y para qué lanza entonces la acusación?
-De picado, señor Presidente. Es que me nace la nostalgia de recordar tiempos idos, cuando este Club lo integrábamos apenas cuatro personas: Usted, quien habla, Pollo Loco y Arado Guerra, también conocido como Batallón Campesino. Los temas eran más simples: cómo limpiar la bufanda de quesillo, cuál fue la mejor cacha de la vida, por qué las mujeres se hacen las cartuchas antes de entregar el sapo y cosas como ésas...
-Las grandes empresas nacen así, socio Yuyul. La historia, téngalo por seguro, lo recordará como uno de los fundadores de esta sana logia y no habrá quién lo desmienta. Sus aportes, demás está decirlo, siempre han figurado entre los más atinados. Consta en actas.
-Gracias, señor Presidente. Me tranquiliza.
-¿Desea hacer la primera intervención de la tarde?
-Sí, señor Presidente. Para decir que cada día está resultando más difícil engañar a la iñora.
-¿A qué lo atribuye?
-A que la callampa ya no es la misma de antes, señor Presidente.
-¿Se le achicó?
-Podría decirse que se está achicando. Parece callampa de biafrano.
-He hojeado libros y tengo dudas sobre la verdadera naturaleza de la callampa del biafrano. Una cosa es estar desnutrido y otra, tener la callampa chica. Hay imágenes de biafranos, etiopes y otros negros por el estilo en que éstos se advierten desfallecientes, pero con llamativas corontas. Las lecturas de grabado suelen rezar así: "Nótese la hinchazón desproporcionada del cabeza de haba".
-Tiene razón una vez más, señor Presidente.
-¿La suya está muy esquelética?
-Está en los puros huesitos. Parece bombilla de mate.
-En el centro venden una bomba de vacío para engordarla. Hay varios modelos.
-Ya probé con eso, señor Presidente. Me costó un dineral, pero cuando metí el filorte en la bomba, la bomba se largó a reír. ¡Le juro que me habló, señor Presidente!
-¿Ha probado con la pastillita azul?
-Así es, lo he hecho repetidas veces, Maestro Perfecto. Funciona, para qué negarlo, se para y queda dura. Pero no es que se agrande mucho, le voy a decir. ¡Y puta que duele la cabeza!
-Señor Presidente...
-¿Quién habló?
-Yo. Aquí.
-Diga usted, Paredes.
-Endenantes se acaba de aludir a mi raza, Dignísimo Capitán General, y deseo hacer los descargos correspondientes.
-Está bien. Tiene un minuto, porque ya nos estamos desviando de nuevo del tema en tabla.
-El hombre de color no es ningún muerto de hambre, señor Presidente, como aquí se ha insinuado. Hay hombres de color ricos y famosos. Por dar sólo algunos nombres: Teófilo Cubillas, Idi Amín Dada, Mobutu Sese Seko, Mohammed Alí, Pelé, Coutinho, Didí y Zagalo.
-Zagalo era blanco.
-¿Zagalo no era el puntero izquierdo del Santos?
-No, ese era Pepe. Pero Pepe también es blanco.
-Entonces lo confundo con Garrincha, señor Presidente. ¿Cuál era el de la callampa de 30 centímetros?
-Garrincha.
-Ese entonces.
-Callampa de biafrano rico.
-¡A callar! ¿Era todo lo que tenía que decir por ahora, Paére?
-Sí, señor Presidente.
-Bien, se ofrece la palabra.
-Aquí.
-Ah, socio Moore. Adelante.
-Retomando el tema antes de que el señor Paredes interviniera con su sabia ponencia, me parece que el nostálgico socio Yuyul confunde el tema de esta sesión. No se ha propuesto, que se sepa, debatir el tema del achicamiento de la corneta, sino qué nuevas técnicas de infidelidad pueden aportar los socios y al mismo tiempo qué consejos nos pueden dar para evitar ser engañados.
-Debo concederle la razón, socio Moore.
-Gracias, señor Presidente.
-Pasemos al primer aspecto del tema en tabla; vale decir, nuevas técnicas de infidelidad. ¿Desea aportar algún dato, socio Moore?
-Desearía aportar uno solo, pero infalible, Ilustrísima Señoría. Consiste en sacar a pasear al perro, dejarlo amarrado a un árbol, subir a pegarse una cacha al departamento de la vecina, bajar, desamarrar al perro y volver a casa. Todo eso, por reloj, toma una hora exacta.
-¿Contando el paseo?
-Contando el paseo.
-¿Cuánto toma el paseo?
-40 minutos, señor Presidente.
-¿Cuánto le toma subir y bajar?
-Cinco minutos para subir, cinco para bajar. Es un ascensor lento, que pasa tarde mal y nunca, señor Presidente. Total diez minutos.
-¿Cuánto le toma el saludo de rigor?
-Tres minutos. Incluyendo el besito, la corrida de mano y la chupada de teta.
-¿Teta o tetas?
-Una teta nomás, señor Presidente. La otra se la cortaron cuando la agarró un cáncer.
-Vaya vecina la suya. Pero sigamos, ¿cuánto le toma desvestirse?
-Cuatro minutos. El problema son los cordones, señor Presidente. Con los nervios, fijo que se me hace un nudo ciego. No pocas veces he tenido que culiar con zapatos.
-¿Cuánto le cuesta que se le pare?
-Dos minutos.
-Llevamos... 59 minutos. ¿Y la cacha?
-Con un minuto basta y sobra, señor Presidente. Si no, el perro se empieza a poner nervioso.
-Señor Presidente, la palabra.
-Hable, Pollo Loco.
-Ser infiel no es problema, el problema es no ser descubierto.
-¿Lo han pillado?
-Una vez la iñora entró a la cocina y yo justo me estaba afilando a la empleada. "¡Te pille, papá!", me dijo.
-¿Y qué hizo usted?
-Le dije: "Mamá, no es lo que piensas".
-¿Y le creyó?
-Me creyó.
-¿En qué posición estaban?
-Ella patas abiertas sobre la mesa y yo a poto pelado con la diuca adentro.
-¿Y no le dijo nada?
-No, pero varios días después, leyendo una revista de mujer, se largó a reír porque una modelo confesaba que había hecho el amor encima de una mesa. "¿De qué te reís, mamá?", le pregunté. Y me dijo: "Mira la cuestión que inventó esta tonta, papá". Yo leí, tragué saliva y le dije: "No leái huevás, mamá".
-¿Qué lección saca de esto, Pollo Loco?
-Que a las esposas hay que puro culiárselas estilo misionero.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Matas.
-A propósito de lo que dice el socio Pollo, quisiera señalar que hay que negar hasta el final.
-Está bien, pero... ¿qué desea APORTAR?
-Eso, señor Presidente. Hay que negar hasta el final.
-¿Nota, estimado socio, que la palabra aportar fue escrita en mayúsculas?
(Traga).
-Sí noto, Ilustrísima... por eso digo que hay que negar hasta el final.
-¿Alguien desea usar la palabra?
-Yo, señor Presidente.
-Ah, Camilito. Diga usted.
-La infidelidad menos arriesgada es la que se practica con las niñas de la noche. Yo acostumbro a llevarlas en mi auto a una calle poco transitada y siempre me ubico bajo un poste de luz. Así se evitan asaltos.
-Pero los pueden ver.
-No importa, señor Presidente. Prefiero que nos vean a que me cogoteen.
-Sabia medida, Camilito.
-Una vez mis pasos se encaminaron a Irene Morales 11, señor Presidente. Ahí me gusta ir porque las damas le hacen un procaz desfile a uno en paños menores, uy. Luego uno se decide.
-No es estrictamente el tema en tabla, pero siga, por favor.
-Una vez hecha mi elección ella me llevó de la mano a la pieza correspondiente.
-Describa la pieza.
-En un ángulo superior de la habitación, un ventilador con un calzón colgando. Luego una cama sin sábanas ni frazadas, una colcha llena de hoyos de cigarros, un velador que sirve para dejar los lentes, y un espejo en la pared. Ah, y un rollo de papel confort casi con el puro cartón.
-¿Bacinica o cantora?
-No, señor Presidente.
-Continúe.
-Estábamos en lo mejor y con la calentura se me ocurrió pedirle que me diera un beso. Esto ya lo he dicho antes. La dama se enojó. Dijo que ella no hacía esas cosas. Yo acepté y me fui cortado humildemente, pero con algo de resentimiento, debo confesar.
-¿Cómo es irse cortado con resentimiento, Camilito?
-Es irse cortado sin decir "te quiero" ni "cásate conmigo", señor Presidente.
-Para culminar su exposición, ¿nos podría ilustrar sobre las ventajas de la infidelidad con meretrices?
-A saber son cuatro, Gran Maestro. 1.- Se planifica y se lleva a cabo a la hora que uno quiere. 2.- No dan boleta; o sea, no quedan rastros. 3.- Después las damas no andan llamando por teléfono. 4.- El quetejedi queda satisfecho. Y aunque usted no me lo preguntó, y con todo respeto, Excelentísma Señoría, desventajas cuento dos: 1.- Siempre estiran la mano, aunque lo hagan por amor. 2.- El sapo tiene olor a cloro.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Adelante, Vega.
-He escuchado hasta el momento sólo obviedades, Maestro Perfecto. Permítame hacer algunas contribuciones de verdad.
-¡Cómo no! Intervenciones de ese calibre son las que le dan el sentido a nuestra asociación.
-Mi experiencia en el ámbito policial me ha enseñado que la mejor infidelidad, así como el mejor crimen, se deben cometer en el lugar más inverosímil, en el menos esperado. Y éste es, por supuesto, la propia casa, pero con un importante agregado: la iñora debe estar presente.
-¡Eso es el harakiri!
-No, señor Presidente. Concuerdo en que hay una cuota de riesgo, pero todo consiste en hacer bien las cosas. Y lo primero es, naturalmente, elegir bien a la mina. Ahora desarrollaré un diálogo conmigo mismo, si se me permite.
-Se le permite en aras de su locura creativa, Vega.
-Bien, ahí voy: ¿Cuál es la mina perfecta para el acto de infidelidad, querido Watson? No sé, Sherlock. Elemental, querido Watson: ¡La mejor amiga de la iñora! Lo admiro, Sherlock, pero ¿dónde se la afilaría para que no se note? Elemental, querido Watson: ¡delante de la iñora! Imposible, Sherlock, no se puede. ¿Cómo que imposible, querido Watson? Vea usted: ambas mujeres comparten en el living, entra el varón, saluda a las dos, le cierra un ojo a la amiga, se sienta y después de tantear el terreno les propone que se cambien los vestidos, porque le tincó que las dos tienen la misma talla. Ambas se miran y dudan, ya que siempre una encontrará que la otra está más gorda. El varón instala un biombo, de modo tal que mientras la iñora se prueba el vestido él se afila a la amiga. Si la iñora sale del biombo él puede estarse pescando a la amiga por detroit, haciendo como que le afirma el vestido. De seguro la iñora sólo estará concentrada en la comparación de las tallas.
-La palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Pastene.
-Esta técnica se basa en el seguimiento y me la enseñó un detective privado. Consiste en despertar expresamente las sospechas de la iñora y una noche cualquiera, mientras ambos miran el reality, usted comenta que escuchó hablar de una agencia de detectives que hace seguimientos a los maridos infieles. Fijo que la iñora llama el día siguiente y el detective, informado de todo, se ofrece para hacer el trabajo por una suma módica. Luego de dos semanas le entrega su informe, con inocentes fotos. Uno queda absolutamente blanqueado. El dinero se comparte entre el detective y uno, y la parte de uno sirve para el motel.
-¿Alguien más?
-Yo, señor Presidente.
-Hable, Paredes.
-Mucho miedo noto entre esta manada de Macabeos culiados, señor Presidente...
-Señor Paredes, un insulto como ése no se le permite en esta sala.
-Entonces lo cambio por manada de Macabeos chuchesumadres, Ilustrísima.
-¡Cállate negro!
-¡Kunta Kinte!
-¡Shaka Zulu!
-¡Thelonius Monk!
-¡Mandela el Malo!
-¡Lumumba Katanga!
-¡Katanga Lumumba!
-Atacan a mi raza, señor Presidente, y de paso me proporcionan más nombres a mi lista de hombres de color.
-Usted se lo ha buscado, Paredes. Y los demás, ¡a callar! Sobre todo Camilito.
-Yo sólo dije bemba, Ilustrísima.
-Prosiga, Paredes, pero sin insultos.
-Decía, Gran Maestro, que nuestros socios no están actuando como hombres. Yo me piso a una mina y qué fue. Llego a la casa con olor a choro y si me da para otra cacha le digo a la iñora que se eche.
-Le recuerdo, socio Paredes, que estamos aportando técnicas de infidelidad. Lo suyo no es un aporte.
-¡Claro que sí, señor Presidente! Mi aporte es justamente ése: el macho no necesita andar escondiéndose ni justificando nada.
-Es que nosotros somos macho-menos.
-Señor Matas...
-Disculpe, señor Presidente.
-Pido la palabra.
-Hable, Muguita.
-La chiva del viaje de negocios se gastó. Ahora yo uso la del auscultamiento geográfico.
-¿Qué es eso?
-Nada, señor Presidente. Usted le dice a la iñora: "¿Sabís que más? Cagué para este fin de semana". "¿Por qué cariño?", le pregunta ella, y entonces usted sale con la novedad: "Me mandaron del trabajo a un auscultamiento geográfico". Ella pregunta, con timidez: "¿Qué es eso, mi rey?" Ahí usted le tira la caballería encima: "¿Que no sabís lo que es un auscultamiento geográfico? Te pasaste, gordi". A mí me ha servido mucho.
-Creo que ha llegado la hora de reflexionar sobre el otro acápite del tema: el del temido alce.
-¡Ay hombre!
-¿Quiere hablar, Barra?
-No, señor Presidente. Yo pongo las manos al fuego por mi gordi.
-¿Usted también le dice gordi a su mujer?
-No, señor Presidente. Me estoy refiriendo a la señora de Muga.
-¿Qué te hái creído, rechuchetumadre?
-Era una broma, Muguita. Tendría que tener gusto de minero para querer afilarme al cetáceo que guardái en la casa.
-¡Señor Presidente, se burlan de mi tesorito!
-Orden en la sala.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Hable, Bombero Lacho.
-Recordaba, escuchando hablar a mis distinguidos amigos, el caso que tuve el honor de protagonizar con una profesora de inglés de ojos azules y senos voluminosos. Lo cierto es que un día, a la salida de clases, me dio un arrebato de romanticismo y le confesé: "¿Sabe, teacher? Tiene los ojos tan lindos que me dan ganas de chuparle las tetas".
-¿Le decía teacher a su maestra?
-Sí, lo encontraba más cariñoso que "profe".
-¿Qué le respondió la teacher?
-Esto es lo más curioso, Maestro Perfecto: yo esperaba un cachuchazo directo al cachete pero en vez de eso me respondió: "Vamos a acostarnos".
-¿Y se acostaron?
-Así fue, pero acostarnos es una forma de decir: me llevó a su auto, que estaba estacionado en una calle lateral, y ahí me cansé de chuparle las tetas. Los pezones los tenía cafés y le quedaron morados. Llegó tres veces, con la pura chupada. Una por cada teta y la tercera cuando le chupé las dos tetas juntas. Esa fue la que más la calentó. Yo tenía la corneta como un cautín y no me pude ir cortado porque andaba con pantalones blancos.
-¿A qué viene todo esto, Bombero?
-A que mientras yo me hacía el lindo a mi mujer la tenían ensartada dos choferes de la Variante 314.
-¿Cómo lo supo?
-Me lo dio a conocer mi detective privado. Con fotos.
-¿Por qué contrató un detective privado?
-Porque soy celoso, señor Presidente. Y además, tenía ciertas sospechas. Una noche me llamó la atención que llegara tan cariñosa a la casa, gordi aquí, gordi allá, ¿te hago un baño de tina con sales?, ¿te sirvo un whiskicito? En el baño la abracé por detrás, le levanté la falda y la miré al espejo. Mis sospechas se confirmaban: tenía los calzones llenos de moco.
-Ay hombre. ¿Y qué pasó?
-Ella me dijo "¿qué mira gordi?". Yo le respondí "tenís los calzones manchados como con moco". Ella me dijo "es que estoy resfriada, gordi, y no andaba trayendo pañuelo". Yo le creí, pero por dentro los celos me roían la mente. Al otro día contraté al detective.
-¿Qué hizo cuando tuvo las fotos en sus manos?
-¿Quiere saber la verdad, señor Presidente?
-No solamente yo, querido Bombero, sino toda la sala. ¿Es así?
(Todos).
-¡Sí, señor Presidente!
-Me corrí dos pajas, señor Presidente. No sé cómo explicarlo.
-En este club no es obligatorio que sus socios den explicaciones sobre sus conductas, por más raras que sean. En todo caso debo hacerle la pregunta de rigor: ¿cómo va su matrimonio?
-Mal, señor Presidente. Nos separamos.
-¿Y las fotos?
-Una la estoy usando como tapa de la caja del dominó. Es más dura que la de madera terciada que tenía. Con la otra todavía me macaqueo de vez en cuando.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-¿De nuevo, Paredes? Pero bien, diga.
-¿Se podrían ver las fotos?
-¿Las anda trayendo, Bombero?
-No soy tan gil como para calentar gratis a un socio del club, Maestro Perfecto, sobre todo si el socio es... albino.
-¡Me dijo negro por contraposición, señor Presidente!
-Bombero, le recuerdo que este club podrá tener defectos, pero el racismo no estaría entre ellos.
-¿No estaría o no está, Magnánimo Sultán?
-No... estaría.
-Señor Presidente...
-¿Sí, Matas?
-El otro día entré a una librería y la pared era negra.
-Orden en la sala. ¿Alguien más desea contribuir al tema en debate?
-Yo, señor Presidente.
-Diga usted, Moore.
-Todos somos alces, cual más cual menos. Hay alces reales y alces mentales. Ser alce es poseer la grandeza de admitir que la tierra está llena de culiados que tienen el pico más grande que uno.
-¡Cuánta sabiduría hay en sus palabras, socio Moore!, pero le objeto un solo punto de su argumento: sorprende saber cuántas mujeres engañan a su pareja por un culiado de pico chico.
-¿Estamos hablando de qué tamaños de picos, Ilustrísima?
-Yo he oído casos hasta de callampas milimétricas. Verdaderos maníes ambulantes... ¿manís o maníes, Aedo?
-De las dos maneras, señor Presidente.
-¿Alguien desea dar un ejemplo que corrobore este último axioma, a saber: pico grande no asegura sapo candado?
-Quiero hablar.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-Iba un día a casita más temprano que de costumbre en un taxi pagado por mí mismo, no por la empresa, cuando al entrar me sorprendió detectar movimiento entre las matas del jardín. Corrí una rama de ligustrinas y a la muy maraca la tenían ensartada. Como estaban pegados fui a la casa y volví con una tetera de agua hirviendo y los separé. Ahí me fijé que el culiado tenía la penca chica, eso me dolió. Le pregunté, le grité a la pérfida "¡por qué lo hiciste!".
-¿Y qué argumentó utilizó ella para sacarse los balazos?
-Me dijo: "El hoyo es mío y se lo presto al que quiera".
-¿Y la promesa ante el altar, Jorobabel? ¿En qué quedó?
-¿Qué promesa, Dignísimo Maharajá?
-¿No se casó por la iglesia?
-Sí, señor Presidente.
-¿Y entonces?
-Es que no era mi señora. Era la empleada. Pero la maraca me había jurado que el hoyo era mío no más... y más encima el culiado tenía la penca flaca, no como la mía que parece longaniza La Preferida, coloradita. Todavía me duele esa traición, Amo Absoluto.
-Señor Presidente...
-Diga, Yuyul.
-Las mújeres se dejan engatusar con palabras al oído. Uno les saca patos con la voz y ellas se mojan. En eso hay que tener especial cuidado porque me temo que otros canallas también lo sospechan.
-¿El canalla en general merece ser condenado?
-No sé, señor Presidente. En el fondo, nosotros también somos canallas. Esto es como un círculo vicioso de canallas. El mundo está lleno de canallas, sean éstos hombres, mujeres o cadetes.
-¿Alguien más desea entregar su modesto aporte?
-Yo, señor Presidente.
-Hable, Vega.
-Las palabras de Jorobabel son sabias, Ilustrísima Señoría, tal como las del colega Moore, no tanto las del amigo Yuyul esta vez, es mi raciocinio inicial. Es que en el fondo ellos expresan algo obvio: la mujer pone los cuernos porque hay un cuerno que uno no tiene y otro culiado sí.
-¿Qué cuerno?
-¡He allí el "to be or not to be" de la cuestión, Gran Maestro! Si yo lo supiera no andaría tan temeroso por la vida. En todo caso yo le puse un nombre: el cuerno de la infelicidad, que ya hemos visto que no es lo mismo que el cuerno de la abundancia.
-¿Le teme a la infidelidad?
-Dije infelicidad, pero en el fondo... sí, señor Presidente. Le temo. Lo admito ante esta sala como hombre que soy.
-¿Alguien más de aquí es celoso y teme ser engañado por su pareja, sobre todo en horas de la tarde? ¡Que levante la mano!
(Manos en alto).
-¡Ay hombre! ¿Y qué estamos haciendo ahora en la sala? ¡Pronto! ¡A nuestros sagrados hogares! ¡Se levanta la sesión!

Saturday, November 11, 2006

Los pros y contras de la pastilla azul y otros puntos varios

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan por favor: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se converse entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, ¿qué tenemos para hoy?
-En mi casa hay guatitas, señor Presidente.
-Menos hueveo y bórrese de actas su infantilismo.
-Una pequeña licencia, Ilustrísima, de parte de alguien tan sobrio como el que habla.
-Sáltese los prolegómenos y léanos el acta, si tuviera la bondad.
-Cómo no, señor Presidente. Puntitos varios: 1.- Instrucciones para culiar en un cementerio. 2.- Los pro y contra de la pastilla azul. 3.- ¿Es nocivo afilar cuando uno tiene ganas de hacer caca?
-Mmm, cada día hay más locos en este club. De a poco se les han ido soltando las trenzas, por lo que veo. Pero qué se le va a hacer... ¡Se ofrece la palabra!
-¡La pido, Ilustrísima Señoría!
-La tiene, Bombero Lacho.
-Un día estaba que me hacía y mi polola, con ojos de enamorada, me besó la mejilla y me preguntó: "¿En qué piensas, mi amor?". Estábamos sentados en el sofá, señor Presidente.
-¿Y qué le respondió?
-"En tus ojos de miel, mi vida", le dije, pero ya se me salía el zurullo. Con el pretexto de que me hería la vista mirarla de tan cerca le informé que iría al baño a secarme las lágrimas. Pero adentro se me salió el medio peo y después la chorrera de mojones; parecía terremoto. Tiré la cadena y regresé al sofá, pero el hoyo me había quedado doliendo y tuve que sentarme de lado. Ella me tomó los brazos con sus dos manitas y me pidió que le robara un beso. Yo estiré la trompa y se lo di, pero el hoyo me seguía doliendo, porque se me había cocido. Así que tuve que volver al baño a mojármelo en el lavamanos, porque la casa de mi polola no tenía bidé.
-Bien escatológico su comentario, amigo Bombero, diría impropio para iniciar la sesión. Pero ya que entramos al tema, sigamos en ese orden. ¿Alguien más desea hablar?
-Si se me permite, señor Presidente.
-Hable usted, Camilito.
-En mi humilde opinión, Excelentísima Señoría, no hay mejor polvo que el que se pega con el estómago vacío. Al respecto y por mi experiencia, no puedo dejar de sonreír cuando veo esas películas en que antes de que el varón le introduzca la coyoma a su enamorada, ambos disfrutan de una cena a la luz de las velas.
-Explique, Camilito.
-Punto uno, señor Presidente. Los dos afilando con tufo a vino. Punto dos, fijo que la comida tiene ajo. Punto tres, a ninguno de los dos se le ocurre llevar cepillo y pasta de dientes a una cena romántica, lo que provoca, hablo con conocimiento de causa, que en un beso uno se tope con una tira de carne en una muela ajena. Yo una vez me encontré con un trozo de espárrago y como odio el espárrago me dio una arcada en pleno beso. Mi enamorada interpretó el sonido de mi boca y mi cara de orate como un arranque de pasión y me apretó más aún contra sí. ¡Ah, qué noche...! Al final de la comida me bajó el sueño, llegamos al motel y lo único que quería era pisar rápido para echarme a dormir.
-Pido la palabra.
-Diga, Jorobabel Diéguez.
-Sabido es que el Marqués de Sade recomienda afilarse a la mina por detroit cuando esté llena de caca, cosa que el pico actué como tapón y eso provoque un intenso goce a varón y hembra. Aquella cacha recomiéndase ser pegada unas 14 horas después de haberle servido a la dama un lebrillo de porotos con mazamorra.
-¿Pasamos al otro punto?
-Momentito, señor Presidente, si tiene la bondad.
-Diga usted, colega Moore.
-La mierda pertenece a los estadios primitivos del ser humano y se la considera un paso indispendable en el tránsito hacia el buen sexo, lo ha dicho Freud.
-Lo dice Freud... lo dice Freud... ¡quién chuchas ha leído a Freud! ¡Se llenan la boca con Freud!
-Señor Paredes, le recuerdo que debe solicitar la palabra antes de hablar.
-¡Es que me ajizo cuando escucho hablar de Freud!
-¿Usted leyó a Freud, Paredes?
-No, señor Presidente.
-¿Y por qué se ajiza entonces?
-No sé, señor Presidente. Será que me acomplejo por mi ignorancia.
-Cosas así dice Freud, Paredes.
-¿Ah, sí, señor Presidente? ¿O sea que no soy un pobre negro?
-¿Qué ve aquí, Paredes?
-Una pichula con forma de lápiz pasta, Ilustrísima.
-Muy freudiano. ¿Podríamos dejar que el colega Moore continúe desarrollando su argumentación?
-Cómo no, señor Presidente. Gracias, señor Presidente.
-Siga, Moore.
-Como iba diciendo, Serenísimo Profeta, la mierda, caca o excremento es un paso previo obligado al buen sexo adulto. El problema es que muchos se quedan pegados y no salen de eso. Sin ir más lejos, el señor Spiniak. Al respecto, lo que nunca he conseguido explicarme es por qué la caca tiene olor desagradable y por qué la carne asada a la parrilla tiene olor agradable, si las dos son cosas muertas. Es más, no hay razón alguna para que la caca y el peo propios sean agradables, en tanto que los ajenos son para salir arrancando.
-Se ofrece la palabra.
-Quiero hablar.
-Diga, Pastene.
-Yo pienso que es cosa de amor. A quien más ama el creyente en el mundo es a Dios, pero Dios no hace caca: descartado. En segundo lugar está el creyente mismo: caca agradable. En tercer lugar están los hijos recién nacidos del creyente: caca tierna. En cuarto lugar está la iñora: caca medio podrida. Al final viene la suegra del creyente: un bollo con granos de choclo.
-¿Y la caca de la amante del creyente?
-He ahí un problema, señor Presidente. Yo la pondría en cuarto lugar, antes que la caca de la iñora del creyente. No sé por qué.
-¿Cada cuánto tiempo asiste a misa, Pastene?
-No, señor Presidente, yo soy agnóstico.
-¿Y piensa usted que ser agnóstico es una excusa para faltar a misa?
-Eso escuché, señor Presidente.
-Señores, esto no puede continuar. Se pasa al punto uno, Instrucciones para culiar en un cementerio, y se ofrece la palabra. Quién dijo yo.
-Yo.
-Yo qué.
-Yo, Ilustrísima Señoría.
-Hable usted, Vega.
-Tratándose de un tema tan extraño como ése, yo diría que para culiar en un cementerio no hay cosa mejor que los pabellones ubicados en el subterráneo. Nadie cacha.
-Nadie cacha cuando echái cacha.
-¡Cállate, negro de mierda!
-¡Vega me dijo negro in fraganti, señor Presidente! ¡Ese privilegio lo tiene solamente Camilito!
-Usted se lo buscó, socio Paére.
-Y además no le dije negro in fraganti, Ilustrísima. Le dije grone no más.
-No, me dijiste grone de dámier in gántifra, Gave liadocu.
-¿Mestái viandóhue?
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga, Yuyul, imponga la durácor, por vorfa... donper. Hable ya.
-Yo conocí a un amigo conocido como el Vampiro Quiroz. Un día lo pillaron afilando dentro de un nicho desocupado. Otra vez se metió adentro del cajón de una funeraria con una mina a la que le faltaba un tornillo. El Vampiro me contó que primero la loca no quería porque dijo que a ella le gustaba hacerlo de lado, pero después el Vampiro la puso patita al hombro y se entusiasmó hasta que se fueron los dos al suelo con cajón y todo. En ese momento la loca agarró un cirio de bronce y se lo quiso ensartar en la raja al pobre Vampiro, que para estos efectos había arrendado una capa roja. "Te voy a exorcizáte", le decía la loca caliente.
-Perdón, señor Presidente, ¿puedo hablar?
-Diga, Urzúa.
-Cuando estuve en El Salvador me fijé que allá en los cementerios había una campaña para combatir el dengue, por lo cual se prohibía el ingreso de flores naturales con recipientes con agua. Un instructivo recomendaba utilizar arena o aserrín húmedos.
-¿Y a pito de qué dice eso?
-Cultura general, Maestro Perfecto.
-Diga algo relacionado con el tema o calle la boca, por favor.
-En relación con el tema, señor Presidente, pienso que hacer el amor dentro de los camposantos es otro signo más de la corrupción política que vive nuestro país y que se manifiesta sobre todo en los partidos del bloque gobernante o de la coalición, como se le llama.
-¡Vaya al punto, por favor!
-Nunca he culiado en un cementerio, señor Presidente.
-¿Alguien desea hablar o se pasa al punto dos?
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Muguita.
-En Rancagua pillaron a la vieja de las flores culiando detrás de la tumba del Tito Lastarria. Un guatón la tenía ensartada. Era un enterrador. Eso demuestra que los cementerios vibran, señor Presidente.
-La palabra.
-Hable, Sargento Roldán.
-Me contaron que en Capitán Pastene violaron una tumba del cementerio italiano. Ahí tiene. Otro exceso sexual.
-¿Violar la tumba o violar el cadáver dentro de la tumba?
-Violar la tumba entera, señor Presidente. ¿Se imagina la media corneta?
-Antes de pasar al punto dos, una pregunta sobre un tema del que alguna vez se habló tangencialmente. ¿A alguno de los miembros de este Club le gusta afilar cadáveres? Que levanten la mano. Sin dar nombres.
-Uno... dos... ¿Dos? Pues bien, entreguen sus argumentos. Repito. Sin dar nombres. Se concede la palabra.
-A mí me gusta culiarme a las muertas porque no reclaman. Las puedo poner en las poses que yo quiero y se quedan firmecitas. Y de llapa son fétidas, señor Presidente. Cuando me voy cortado me gusta decir "mijita rica".
-Yo lo hago por comodidad, Ilustrísima Señoría. Vivo al lado del cementerio y en la noche, cuando ando medio cufifo, salto la pandereta y busco el funeral del día. No importa si es hombre o mujer, lo que importa es que sea muerto. ¿Será pecado meterse al cementerio de noche, Su Señoría?
-Vamos al punto dos de inmediato, porque ya estoy sintiendo olor a flores.
-Son flores de verdad. ¡Periquito anda con un ramo de claveles porque está de aniversario, Ilustrísima!
-¿Verdad, Periquito?
-Así es, señor Presidente. Le compré rosas rojas a la iñora.
-No sé si felicitarlo o compadecerlo.
-Felicíteme y compadézcame al mismo tiempo, Ilustrísima.
-¿Ama usted a su esposa, Periquito?
-¿Puedo confesarlo aquí, señor Presidente?
-Confíe usted. Esto no saldrá de estas cuatro paredes. ¿Lo juráis?
(Todos).
-¡Lo juramos, Ilustrísima Señoría!
-Puede hablar, Periquito. ¿Ama usted a su esposa?
-La respuesta de todo corazón, señor Presidente, es: no sé.
-Bien. Se ofrece la palabra sobre los pro y contras de la pastilla azul.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-La tiene, amigo Pastene.
-Me duele la cabeza, señor Presidente.
-Ay hombre, me imagino el dolor.
-Tomé la famosa pastillita en la mañana y ahora ando peor que si me hubiera pegado una curadera con pipeño.
-¿Copuló?
-Sí, señor Presidente, me eché dos cachas casi al hilo, pero mientras estaba culiando puta que me dolían las dos cabezas. La del pico parecía fierro fundido y la cabeza de arriba, ¡puta que me dolía!, reitero, Ilustrísima.
-Para un dolor como el suyo se aconseja una caja entera de Kitadol o en su defecto, Aliviol combinado con una taza de Fosfatina Falier.
-No se burle de mi testa un tanto desproporcionada, señor Presidente. Acuérdese que ya viene la Teletón, y esa sí que es cabeza. Pero resumiendo: todavía me duele y no sé qué es peor: que no se pare tanto la callampa o que se pare mucho y cague el mate.
-En serio, ¿no ingirió paracetamol, Jibarito?
-Dicen que hace mal, Ilustrísima.
-Lo que hace mal es la aspirina. El paracetamol equilibra.
-¿Alguien me puede convidar un paracetamol?
-Yo tengo, cabezón. Tómate dos altiro.
-Gracias, guatón.
-Tómatelas con un vasito de agua. Aquí tení.
-Gracias, Bombero.
(Glu glu).
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Tiene la palabra el socio Moore.
-Gracias, amigo Presidente. Cada vez que mi bajo vientre recibe el llamado de la selva, mi raciocinio trabaja con la siguiente hipótesis: si el contacto sexual tiene su razón de ser en una acción de naturaleza animal, ¿por qué el Julio Martínez con beatle no se erecta como es debido y el varón debe ingerir una dosis de viagra para satisfacer dicho llamado? Lo primero que hago entonces es descartar las causas biológicas o de tipo médico que generan la impotencia, como serían aquella intervención a la próstata en que el galeno pasa a cortar el nervio, la hipertensión, el bloqueo de las cavernas picales y otras largas de enumerar. Paso luego a concentrarme en aquéllas que provocaban el insomnio a Freud, vale decir, las causas sicológicas o mentales.
-Interesante introducción, amigo Moore, pero ¿puede ir al grano?
-Hacia allá me dirijo, Ilustrísima Señoría. Como decía, si el problema de impotencia radica en las causas mentales, mi razonamiento deduce que dichas causas pueden estar originadas en factores internos o externos, siendo los internos los llamados "traumas de la niñez" y los externos, principalmente dos, las dificultades que genera en la líbido del sujeto una imagen asociada a fenónemos no eróticos y el efecto rutina.
-Explique, por favor, con ejemplos. Pero le rogaría brevedad y claridad.
-Cómo no, Maestro Perfecto. Partamos con el efecto rutina, que es más fácil de explicar. Si usted echa la misma cacha con la misma mujer y con la misma postura todos los santos días, ¿se le para el pico?
-A mí sí.
-¿Quién le dio la palabra a usted, Periquito?
-Perdón, señor Presidente. Se me salió.
-Se nota. Abran la ventana.
-¡Ya, paren el hueveo! Continúe, Moore.
-Me torpedean la exposición, y con lo que me ha costado memorizar el argumento. No se imagina lo que ensayé anoche, Ilustrísima.
-Prosiga, por favor.
-Prosigo... ¿se le para el pico? No, señor, se le deja de parar, debido al efecto rutina. Aunque otros teólogos, perdón, otros investigadores sostienen lo contrario: que la repetición genera un efecto instantáneo de excitación, cual efecto Pavlov. Bastaría entonces comenzar la rutina para asegurar que la cacha llegará a buen puerto.
-Hay allí una contradicción, Moore.
-Usted lo ha dicho, sabio Mandamás. Yo he sometido esta contradicción a una prueba estadística y me dio el siguiente resultado: a tres culiados se les deja de parar y a un culiado se le sigue parando.
-¿Cuáles son los datos técnicos de la muestra?
-La muestra fue hecha anoche a cuatro culiados, señor Presidente. Y esos fueron sus resultados. De lo que desprendo que el efecto rutina es perverso y aconseja variar al menos la postura una vez a la semana, si no se puede variar la mina; o tomar la famosa pastilla azul, si la imaginación del culiado no es tan poderosa.
-¿Cuál sería esa razón más rara que dio?
-¿La que denominé "las dificultades que genera en la líbido del sujeto una imagen asociada a fenómenos no eróticos", Ilustrísima Señoría?
-Esa misma.
-Muy fácil, señor Presidente. Usted ve un culo blanco, largo y arrugado y se imagina entonces el culo de una vaca comiendo pasto. Si usted no es zoófilo, como el 95 por ciento de los seres humanos, dicha imagen será transmitida a su cerebro como una imagen no erótica y el cerebro se negará a ordenarle al pico que se ponga de pie. Del mismo modo, si usted observa un culo de mulata hecho a mano en cuatro patas sobre una cama pero en la misma pieza hay un jardinero con un par de tijeras abiertas, su corneta también se negara a erectarse, como acto inconsciente de defensa. Pero he aquí el milagro, que reemplaza el consumo de la pastilla azul: basta sacar las tijeras de la pieza para que el miembro viril vuelva a activarse. Y si además sale el jardinero la erección es completa.
-Ahora me lo explico todo...
-¿Qué se explica, Pollo Loco?
-Por qué al jardinero no se le para.
-¿A qué jardinero?
-Al que va a cortar el pasto a mi casa, Ilustrísima.
-¿Y cómo sabe que no se le para?
-Porque me lo confesó de repente. Estaba cortando el pasto y me dijo "no se me para, Don Pollo". Yo le dije "¿qué no se le para, maestro?". Y me dijo "la cosa, Don Pollo". Yo le dije "¿se le está quedando la patita, maestro?". Y me dijo "No, Don Pollo, simplemente no se me para". Y yo le dije "¿Y por qué no se le para, maestro?" Y me dijo "No sé, Don Pollo", y siguió cortando el pasto. Yo ahora creo que guarda la máquina de cortar pasto en el dormitorio...
-Ah... puede ser.
-A Moore le faltó hablar de los traumas de la niñez, señor Presidente.
-Tiene razón, secretario. ¿Qué pasa con los traumas de la niñez, Moore?
-Ah, esos no tienen vuelta, señor Presidente.
-¡Pido la palabra!
-Diga, Bombero Lacho.
-Mi experiencia con la pastilla azul fue la siguiente. Me la tomé a las tres de la tarde y el efecto me duró hasta las nueve de la noche.
-¿Cuántas cachas echó?
-Ninguna, señor Presidente.
-¿Y entonces?
-Es que quería probar.
-¿Y cuál fue el efecto?
-El mismo del Jíbaro Pastene, Su Señoría. Anduve seis horas con la boca seca y un hachazo en la frente.
-Señor Presidente.
-¿Sí, Matas?
-A propósito, le recuerdo que van a dar la repetición del partido del Colo.
-Tiene razón. Una intervención más y se levanta la sesión. ¿Alguien desea hacer uso de la palabra?
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Castrili.
-Para qué estamos con cosas, Ilustrísima Señoría. Todos hemos usado la pastillita en algún momento y lo hemos hecho para asegurarnos de que la cacha llegue a buen puerto, como se dijo recién. Es un asunto, más que de inseguridad personal, diría yo de sensata precaución.
-Eso contradice un poco lo que ustedes mismos han declarado, y esto es que el objetivo masculino es obtener el goce a como dé lugar, sin importar el placer de la hembra.
-Ese es el objetivo clásico, Maestro Perfecto, pero como están los tiempos hoy en día hay que concederles algunas licencias a estas maracas. Si no no lo hacemos no sueltan el choro. Y si no sueltan el choro, obligados a corrernos la paja. Y eso termina por aburrir.
-Bien hablado, bien terminado. ¡Se levanta la sesión!

Saturday, October 14, 2006

Por qué los hombres se lo pasan pensando en pisar y las mujeres no tanto

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. Señores socios, a la cuenta de tres digan: "Sí, juro" o de lo contrario váyanse ahora mismo de esta sala. ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura a la tabla.
-Puntito único de nuevo, señor Presidente. "Por qué los hombres se lo pasan pensando en pisar y las mujeres no tanto".
-Bien. Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Pastene.
-Tal como están las cosas, Ilustrísima Señoría, yo daría vuelta la pregunta, de modo que quedara o quedase así: "Por qué la mujer cuando se larga a echar cacha no hay quien la pare y por qué entonces el hombre no le hace el peso ni cagando".
-Sospecho hacia dónde se dirige su argumentación, estimado socio, pero de todas formas me gustaría que aclarara bien el punto.
-Se trata, señor Presidente, de un problema de aguante. Sabido es que la mujer no bota moquillo y sabido es también que el moquillo es la energía del hombre. El hombre que tiene todo el moquillo en los cocos es un hombre agresivo, lleno de ganas de hacer cosas. Cuando el moquillo sale o salta, que no es lo mismo, porque a algunos les cae una gota toda cagona y otros escupen hasta tres metros, pero para el caso da igual, señor Presidente; o sea, quiero decir que cuando el moquillo es expulsado por la raya del pico el hombre se seca y pierde la energía y queda en pana, como un auto sin gasolina. Debe entonces llenar el estanque de nuevo, pero mientras un llenado de estanque en la gasolinera toma a lo más tres minutos, el llenado de moquillo en la gasolinera de los cocos demora por lo menos media hora. Aún así está el problema de las ganas...
-¿Qué hay con las ganas?
-Las ganas, señor Presidente, en efecto, usted lo ha dicho. Pueden haberse llenado de moco de nuevo los cocos, o higos, pero eso no significa que a uno le den ganas de culiar otra vez. Como que la espinilla en el poto de la mina empieza a dar una cosa, al igual que el rollo de Fanta, el olor a zorra, las várices en las piernas, los pelos en las tetas. En la primera cacha uno ni se fijaba en eso, pero en la segunda esos pequeños detalles comienzan a adquirir cierta importancia.
-Lo noto inspirado, estimado socio.
-Vengo de pegarme una cacha, Ilustrísima, y cuando la vieja iba para la segunda como que me anduve arrepintiendo y mejor me vine a la sesión. Encontré que era más divertido. Incluso, le juro, señor Presidente, en un momento dado me pregunté: "¿Qué chuchas estoy haciendo en pelotas con esta vieja culiá?".
-¿Era... vieja, o está hablando de su señora esposa?
-No, era una vieja, Sabio Superior. O sea, es un decir, señor Presidente. Si tener 72 años es ser vieja, digamos entonces que era vieja, aunque ahora que me están dando las ganas de nuevo no me parece tan vieja.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Diga, Vega.
-Convengo en que acabamos de escuchar una exposición magistral del jibarito Pastene, pero en honor a la verdad, no es ése el tema de la tabla.
-¡Pero si toqué el tema, Vega!
-Lo tocaste, cabezón, pero te fuiste por las ramas.
-¿Cómo que por las ramas? Fui al meollo.
-Ráscame el hoyo.
-¡Orden en la sala!
-Perdón, Ilustrísima, me dio la cosa.
-Señor Verga, perdón, Vega, le advierto que de continuar con esas bromas se le mostrará la tarjeta azul.
-¿La del viagra, Su Señoría? ¡Muéstremela altiro, mire que tengo una cita en dos horas con la misma vieja del cabezón! Es como tonta pal pico esa vieja, Ilustrísima. Hay que sacárselo con papeles prendidos.
-La tarjeta azul es la del hockey, Vega. Significa expulsión de la sala por dos minutos. Y ya que sigue con las bromas... ¡tarjeta azul!
-Obedezco el castigo como un humilde siervo de mi adorado Señor. Avíseme cuando haya terminado el tiempo, porque quiero decir algo importante, Ilustrísima.
-Pierda cuidado. Nuestro secretario ya está con el cronómetro en la mano.
-Yo le veo la mano en el bolsillo, señor Presidente.
-¿Usted también, Matas?
-¡Pero si es verdad, no es broma, señor Presidente! ¡Tiene la mano en el bolsillo!
-Tiene razón. Señor secretario, ¿qué hace usted?
-Es que el coco derecho se me pegó en la pierna con el sudor, señor Presidente. Me lo estaba despegando, con todo respeto.
-Cronometre, por favor.
-Ahora sí, señor Presidente... van cinco segundos.
-¿Alguien desea dar una opinión acerca del tema en tabla?
-Pido la palabra.
-Diga usted, Castrili.
-Las viejas son harto culiadorazas, señor Presidente. Parece que con los años la concha se les va secando hasta que empieza a echar humito. O será que la nostalgia del pico esquivo las pone ansiosas y pierden la vergüenza. Ahora último está de moda que las viejas afilen con cabros chicos de hasta 35 años, señor Presidente.
-Esos ya no son tan chicos.
-Somos niños de pecho, señor Presidente.
-Disculpe usted, Castrili, que lo saque de su argumentación, pero le recuerdo que ése no es el tema en tabla.
-Fue una pequeñísima digresión, Maestro Perfecto.
-Quiero hablar, señor Presidente, si me lo permite usted.
-Hable usted, Camilito.
-Disculpe, señor Presidente...
-¿Sí, señor secretario?
-Se completaron los dos minutos.
-Gracias... ¡que entre Vega!
-Gracias por dejarme ingresar a la sala otra vez, señor Presidente. Quería decir...
-Momentito, señor Vega. Está usando la palabra Camilito. Prosiga con su argumentación, Camilito.
-No he empezado, Maestro, y si lo estima usted le dejo la palabra...
-No, no, haga uso de ella nomás.
-Gracias, señor Presidente. Quisiese acotar que si el hombre parece más caliente que la mujer es porque cuando el pico se para se ve en el pantalón, a menos que se trate de un pico enano como un respetado socio de color que no voy a mencionar, pero que voy a mirar levemente...
-¡Me está diciendo negro, señor Presidente!
-Camilito, le ruego que retire sus palabras o me veré obligado a mostrarle tarjeta azul.
-Retiro mis palabras en lo que se refiere al color negro, mas no al quetejedi.
-¿Está conforme, socio Paredes?
-Más o menos nomás, señor Presidente. Me tinca que Camilito me está cagando, pero no adivino el porqué.
-Prosiga, Camilito.
-Gracias, Ilustrísima. Si se fija bien, y exceptuando ese detalle, hombre y mujer quedan en la misma posición, con lo cual quiero afirmar que hombre y mujer son tan calientes el uno como el otro y es la forma de expresar esa calentura lo que los diferencia.
-¿Cómo expresaría la calentura la hembra, querido socio?
-Yo me he venido fijando con los años, señor Presidente, que la mujer caliente mira de lado. También me he fijado que la mujer caliente habla menos que de costumbre, y dice cosas en clave.
-¿Podría darnos un ejemplo?
-Muy personal, Ilustrísima. Era yo muy joven y manejaba una moto. Invité galantemente a mi polola a dar un paseo al río y cuando estábamos a la orilla del río ella, que andaba con minifalda, empezó a gatear como buscando una flor y mirándome para atrás me dijo lo siguiente: "Camilo, ¿cuando tú eras un niñito jugabas al papá y a la mamá?".
-¿Cree usted que se le estaba insinuando de caliente que estaba?
-Tengo mis dudas.
-¿Y qué le dijo usted?
-Le dije: "¡Por Dios, mi linda, cómo se le ocurre, esos son juegos de niñas!"
-¡Me dijo que tengo la callampa enana, señor Presidente!
-¡Qué le pasa a usted, Paredes!
-Me cayó la teja, señor Presidente. El conchesumadre de Camilito me acaba de decir que tengo el filorte extremadamente pequeño.
-¿Eso es un insulto o se trata de una verdad, socio Paredes?
-Voy a pensarlo, señor Presidente.
-¡Pido la palabra!
-¿No hay otro que hable?
(Silencio).
-Pues bien, diga usted, Urzúa.
-Gracias, señor Presidente. Hace tiempo que deseaba referirme a este asunto, pues tengo varios descubrimientos que hice en El Salvador.
-¿Qué aprendió de los indios pipiles, se puede saber, corto y preciso?
-Aprendí que los indios pipiles andan con un taparrabos con trompita para que no se les salga el miembro viril al aire y de ese modo no se lo pasen a llevar con una mata de plátanos. Las indiecitas, por su parte, escogen el pipil más grande cuando andan con la zorra hirviendo. Es una vida muy natural, señor Presidente.
-Gracias... gracias. ¿Alguien más?
-Yo, Ilustrísima.
-Diga, Pollo Loco.
-El hombre es más caliente porque tiene más fuerza y es un cazador por naturaleza. La mujer se calienta pero lo que realmente le interesa es casarse y tener bebés. Si fuera por el hombre, se echaría unas tres cachas diarias. Si fuera por la mujer, se echaría una cacha al mes.
-¿Puedo agregar algo, Ilustrísima?
-Agregue, señor Moore.
-El hombre es más caliente porque tiene la obligación de andar esparciendo hijos por el mundo, en tanto que la mujer es menos caliente pero dura más porque tiene que recibir en su matriz toda la cantidad de espermatozoides que pueda, por si las moscas. En otras palabras, mientras un hombre puede echarse tres cachas al día, la mujer puede echarse ocho cachas a diez cachas en una hora, pero después de eso puede vivir perfectamente en abstinencia, guardándose las cachas como el camello se guarda el agua en la joroba.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-La ciencia demostró hace mucho tiempo que los camellos no guardan agua en la joroba.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Que del mismo modo no está demostrado que la mujer guarde moco en la zorra para los tiempos de escasez.
-Nadie ha dicho eso.
-Creí haberlo entendido así, Amo Absoluto.
-Se equivocó.
-Perdón, Su Majestad Perfecta.
-Señor Presidente.
-¿Sí?
-Le recuerdo que en diez minutos empieza la repetición del partido de las Marcianitas.
-¿Sí?
-... Y que en el otro canal juega Coquimbo Unido versus Huachipato.
-¡Haberlo dicho antes! ¡Se levanta la sesión!
-¡Señor Presidente!
-¿Sí, Vega?
-¿Me van a dejar hablar?
-Mmm... ¡diga lo que tiene que decir, pero rápido!
-Los hombres se lo pasan pensando en culiar aunque no se les pare, señor Presidente. Es una cosa rara, una especie de vicio de la cabeza. Es como si los sesos tuvieran la misma sustancia de la que se componen las paredes cavernosas del manguaco.
-Hombre, qué lástima. Era un tema realmente importante de haber analizado esta tarde. ¡Secretario, anótelo dentro de los puntos varios de la próxima sesión!... Vega...
-¿Sí, Profeta Iluminado?
-Cuando cierre la puerta apague la luz, por favor...

Sunday, July 30, 2006

Instrucciones para eliminar el olor a zorra de la yema de los dedos

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, sírvase dar lectura al acta, por favor.
-Cómo no, Excelentísima Señoría. Dice así: "El olor a zorra en la yema de los dedos puede costar el matrimonio".
-Se concede la palabra.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted.
-Con todo respeto, Ilustrísima, más parece una afirmación que un tema para debatir. Yo enunciaría el problema del siguiente modo: Instrucciones para eliminar el olor a zorra de la yema de los dedos.
-¿No vino usted a la reunión pasada, amigo Julchus?
-No, señor Presidente. Lo admito. Hace tiempo que no vengo.
-Ahí se discutió precisamente el punto.
-¿Y a qué se llegó, señor Presidente?
-A nada. Iban a dar la repetición de los mejores goles del Mundial y hubo un desbande generalizado. De modo que aprovecho su sugerencia para someterla a votación... Se vota a mano alzada.
(Se alzan las manos).
-Secretario, incorpore el cambio en actas.
-La incorporación ha sido materializada en este instante, Ilustrísima Señoría.
-Se concede entonces la palabra.
-Ya que yo la tenía y no la había soltado, señor Presidente, quisiese añadir que la cuestión que me obsesiona respecto a dicho punto es por qué diablos el olor a zorra se concentra principalmente en el dedo del corazón. Y he llegado a la conclusión que ello se debe a la simple disposición de los cinco dedos en la mano, de forma tal que el dedo del medio, también llamado Del corazón, se introduce naturalmente mejor en el sapo que los cuatro restantes, que facilitan la introducción haciendo una especie de palanca, ayudados por la palma... es un problema de física elemental, señor Presidente.
-¡Discrepo, Su Señoría!
-¡Quién dijo Yo!
-Yo, Su Señoría.
-Diga usted, Vega.
-Tal como nuestro socio y amigo Julchus presenta las cosas uno tiende a concederle la razón, pero si llevamos el asunto a la práctica, que es lo que importa, veremos que su fórmula se aplica a las minas cartuchas o a las que tienen las piernas juntas. En mi vida profesional me he encontrado varias veces con estas damas y ¿sabe, señor Presidente? No es que junten las piernas en un ánimo de rechazo a la caricia, sino que lo hacen con un propósito absolutamente diferente, o sea, para gozar más. Vuelvo al tema: en esos casos el dedo del corazón es naturalmente el mejor de todos, no sólo por estar ubicado en el centro de la mano sino además por ser el más largo.
-Qué bien habló Vega, señor Presidente. Propongo levantar la sesión.
-¡Pero si apenas hemos comenzado! ¿Es que su cerebro no le da para hacer un aporte, señor Urzúa? Por lo demás, no observo gran diferencia entre lo que habló Julchus y lo que rebatió Vega.
-Ahora que usted lo dice, Ilustrísima, recuerdo que una vez, caminando por las calles de El Salvador...
-¿Va a salir de nuevo con lo de los indios pipiles?
-No, señor Presidente. Caminaba con una colega después de comernos unas pupusas, que consisten en una especie de pastel circular hecho de masa relleno típicamente con chicharrón, queso o frijoles, aunque también hay de ayote, pescado y camarón. Es el plato típico y es muy sabroso...
-Señor Urzúa, le rogaría por favor que se limitara al tema en tabla.
-Perdón, señor Presidente. Caminábamos bajo unas palmeras cuando la colega me confidenció que andaba pasada a vulva y me preguntó si se le notaba. También hay pupusas de salami, peperoni, hongos, pollo y jamón, Ilustrísima...
-¡El Caballo Urzúa saca de quicio, señor Presidente! ¡Voto de castigo!
-¡Orden en la sala! Amigo Urzúa, última advertencia.
-Correcto, señor Presidente, ya entendí. Entonces doblamos la avenida y se metió detrás de unas matas. Yo me asusté. Ella se levantó la falda y me pidió que la oliera, para ver si estaba muy pasada.
-¿Qué hizo usted? No se detenga ahora.
-Yo me agaché y acerqué la nariz al calzón, que llegaba a brillar de pegajoso. Era un calzón calipso, muy en el estilo de las prendas que se usan en esa zona centroamericana, Su Excelencia.
-¡Vaya al grano, por favor!
-Cuando le toqué el calzón con la nariz y aspiré me dio un vahído, señor Presidente. Lo último que recuerdo haber visto fueron los ojos de huevo frito de la colega y unos pájaros negros que volaban por el cielo. Me despertaron en la posta con amoníaco. Ella estaba aún a mi lado y me decía al oído: "¿Estoy muy pasada, little horse?" Le gustaba decirme Caballito, señor Presidente. Yo le hice una mueca y me tapé la nariz. Ella se levantó y se fue. Nunca más la vi.
-¿Va a seguir hablando?
-Me gustaría referirme a una pupusa con aceitunas que sirven en unos carritos...
-¡Se ofrece la palabra!
-¡Quiero hablar, señor Presidente!
-Diga usted, Pollo Loco.
-A propósito de lo que ha dicho el Caballo Urzúa, a mí me pasó una vez que estaba atracando de noche en la playa de La Serena con una mina que era contrabandista y de repente le saqué un reloj del sapo. No estaba oxidado porque lo tenía dentro de un paquete de plástico.
-¿Y qué hizo usted?
-¿Yo? Nada, señor Presidente. Al rato nos pusimos a culiar y después que nos fuimos cortados me regaló el reloj. Era un Delbana. Me duró como dos años.
-¿Se fueron cortados juntos o tú primero?
-¡Eso qué importa!
-Si desea intervenir pida la palabra, señor Moore.
-La pido.
-Hable.
-Nos estamos desviando del tema principal, señor Presidente. Ni siquiera se ha explicado qué dedos se usan con las minas cuando abren las piernas.
-Se concede la palabra para abordar esta materia. ¿Quiere hablar usted mismo, señor Moore?
-Sí, distinguidísimo señor Presidente. Me parece a mí que en esos casos la mejor combinación es la de los tres dedos del medio, vale decir índice, del corazón y anular, enumerados de derecha a izquierda con la palma hacia la vista. El roce debe ir desde abajo de la zorra hasta el clítoris, presionando levemente aquella zona con la base de los dedos, incluso con parte de la palma. Cuando la excitación ha crecido es bueno introducirlos de a uno dentro del sapo, presionando el clítoris con el dedo pulgar. Llega el momento en que la dama exige un cuarto dedo, que es el meñique, y al final el sapo se termina tragando la mano entera. Y he allí entonces que nos encontramos ante un problema realmente grave: cómo sacarse el olor a zorra de toda la mano.
-Permanganato de potasio.
-¿Quién habló?
-Yo, señor Presidente.
-Le recuerdo, socio Vega, que debe pedir la palabra antes de hablar, pero ya que habló...
-Perdón, señor Presidente. Decía que el Permanganato de potasio es la solución mágica. La mano queda un poco roja eso sí.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Camilito.
-El limón de pica es bueno, pero mejor es el jabón y el cloro, a razón de dos cucharaditas por litro. Más cantidad es peligroso, pero si uno no desea pasar sobresaltos...
-Pido la palabra.
-Diga usted, Marabolí.
-A mí me resultó con hígado de cordero podrido. Hay que jabonarse bien las manos con el hígado podrido, esperar un rato y después lavárselas con agua de la llave. Santo remedio.
-Pido la palabra.
-Hable usted, Yuyul.
-Yo probé con todo eso pero igual la iñora me cachó, así que ahora voy a la segura y me echo soda cáustica.
-¡Pero eso es tremendamente tóxico!
-Ya no me quedan huellas dactilares, Ilustrísima, tengo el carnet vencido y no lo puedo renovar. En la isapre me hacen poner el dedo y no me aparece identidad. Pero todos esos malos ratos valen la pena comparados con el susto que pasaría si la bruja volviera a olerme la mano sin limpiar.
-Yo sé como sacar el olor a zorra, Presidente.
-Hable, Jorobabel Diéguez.
-Con ácido sulfúrico, señor Presidente. Por eso tengo el dedo del medio sin hueso y sin uña, igual que el quetejedi.
-La otra vez contó que quedó con el chongo porque se lo mordió una piraña en su viaje al Amazonas peruano.
-Cosas que se dicen, señor Presidente. Pero fue con ácido sulfúrico.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Pastene, ¡pero que sea algo serio, por Dios, mire que he escuchado tanta huevá esta tarde!
-Cuando yo vivía en Valparaíso me pegaba unas buenas cachas a la hora de la siesta, Ilustrísima Señoría. Como quedaba pasado a sapo, no sólo en la yema de los dedos de las manos sino hasta en la yema del dedo gordo del pie, después pasaba a la caleta Portales y me mandaba al pecho una docena de choros zapato. Llegaba a la casa con otra docena de regalo para la vieja, para distraer sus fosas nasales, y la vieja quedaba feliz, salvo una vez, ahora que recuerdo...
-¿Qué le pasó?
-La vieja estiró la ñata, me miró raro y dijo a voz en cuello: "¿Ya anduviste pisando en la caleta El Membrillo, jíbaro culiado?"... ¡Tiene un olfato mi señora, señor Presidente, con decirle que en la noche tengo que sacar el poto para la pared para cagarme tranquilo!
-¿No había dicho usted caleta Portales?
-La vieja andaba cachuda con una garzona de la caleta El Membrillo, Ilustrísima. Yo me enredé dando explicaciones y le insistí que se trataba de la caleta Portales... fue para peor.
-Pero... ¿jíbaro, le dijo? ¿No será una hipérbole por contraposición?
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Diga usted, Pollo Loco.
-El olor a zorra sale con caca de gato, señor Presidente. La caca de perro también sirve, pero deja su resto de olor a zorra en las manos, por ende es más riesgosa, aunque esté mucho más disponible en el mercado.
-Maestro Perfecto...
-Hable usted, Saval.
-Noto que se habla de fórmulas muy complejas, cuando la solución es mucho más sencilla: el olor a zorra se pasa con una combinación de dos olores diametralmente opuestos entre sí. Pasto y papas fritas.
-¿Cómo se aplica la combinación?
-Camino a casa después de pegarse una cacha como Dios manda, el hombre huele a cada rato su dedo y el olor a zorra ya le es reconocible a sus narices desde unos 15 centímetros, haya viento a favor o en contra. Pues bien, una vez me agaché en una plaza y saqué una champa de pasto y me la pasé por las manos varias veces. Acto seguido compré un paquete de papas fritas Lays en la esquina y me las comí todas, cuidando de pasármelas por toda la cara, pues habrá de saber usted, Ilustrísima, que el olor a zorra es como Alien. Invade todo el cuerpo.
-¿Tienen que ser papas Lays?
-Sí, señor Presidente. Si no lo fueran no me hago responsable. Usted sabe, lo barato cuesta caro.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted, Muguita.
-El olor a zorra anda por ahí con el olor a perfume. No sé cuál es peor. Se queda en el cuerpo y no sale ni con dos duchas. Pero si me preguntan, yo me quedaría con la fórmula del jíbaro Pastene.
-Pido humildemente la palabra.
-Hable usted, Bombero Lacho.
-¡Cabeza de casco de bombero!
-¡Cabeza de haba!
-¡Cabeza de pico!
-¡Orden en la sala! El socio ha pedido la palabra como cualquier otro. ¿O prefieren que lo llamemos por sus nombres de pila?
-Perdón, señor Presidente...
-Era una broma no más...
-Hable, Bombero Lacho, pero sería la úúúúúúltima pelea de la noche. Ejem... perdón. Hable usted.
-Quería aportar mi granito de arena, Magnánimo Amo, Califa de las lenguas de vaca del mundo, Emperador de la prudencia y la bondad, Príncipe del erotismo...
-Secretario, por favor borre de actas eso del granito de arena. Puede conservar lo demás. Siga usted, Bombero Lacho.
-Cuando le chupaba las tetas a mi profesora de inglés quedaba pasado a zorra...
-¿Pero por qué?
-A eso iba, señor Presidente. Es que le tenía la mano metida hasta el contre. Pero lo que quiero expresar esta tarde realmente, Ilustrísima, es que esto del olor a zorra es una trampa del inconsciente para ocultar el problema verdadero, cual es el del grave pecado, la degradación moral, la condena eterna en los confines del hades que conlleva para uno el acto de infidelidad hacia aquélla que nos ha regalado sus mejores días.
-La misma que a esta hora está culiando con el gásfiter...
-¡Calla, infeliz!
-¡Orden en la sala!... Prosiga, Bombero Lacho.
-Decía, señor Presidente, que el olor aquél no está sino en nuestra propia conciencia y nos persigue donde vayamos, sea allí, allá o acuyá.
-¿Y a maracuyá?
-¡Calla, insensato! Escuchad, por piedad, la voz del profeta arrepentido.
-Siga, Bombero Lacho. Pero más rapidito.
-Ese olor a sapo nos persigue en forma invisible y se nos mete en las narices y no sale con nada, porque es el mismo olor que sentía Hamlet en Dinamarca, Gran Califa. ¡Es el olor de la tragedia que implica existir, ser, vivir de paso en esta tierra!... puta, me las di de Moore y me puse filósofo, señor Presidente, pero se me agotó la frase y no hallo qué decir ahora.
-Hasta aquí no más llegamos. ¡Se levanta la sesión!

Thursday, July 20, 2006

Cómo saltarse los prolegómenos para enchufarlo rápido

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis no revelar jamás lo que se diga entre estas cuatro paredes? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, lea el acta, por favor.
-Cómo no, distinguido señor Presidente. Puntito único, de nuevo.
-Limítese a leer el acta, ahorrándose comentarios vacuos, si lo tiene a bien.
-Perdón, Ilustre Mandatario. Leo: "Cómo saltarse los prolegómenos para enchufarlo rápido".
-Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra.
-Hable usted, Muguita.
-¿Eso incluye a las maracas, señor Presidente?
-Incluye a todas las mujeres, sean éstas maracas o el resto.
-Con todo respeto, señor Presidente, decir "maracas y el resto" implica un cierto tipo de aislamiento leproso. Desde ese punto de vista, creo que su juicio es discriminatorio hacia aquéllas que tan grande placer nos dan, apenas por unos pocos pesos.
-Si esa es su opinión, la respeto, pero lo mío sólo fue una forma de clasificar al género femenino de las miles que hay. Podría haber dicho que incluye a todas las mujeres, sean feas o bonitas, frígidas o buenas para la callampa, con espinillas en el poto o sin espinilas en el poto, con pelos en las tetas o sin pelos en las tetas. Hay muchas maneras. Además, ¿desde cuándo usted defiende a mujeres? Déjelas que se defiendan solas.
-Qué bien habla, Ilustrísima. Me retraigo de inmediato de mis torpes dichos.
-Usted es muy noble al reconocer su error, Muguita.
-¿Puedo usar la palabra, señor Presidente?
-Hable usted, Jorobabel Diéguez.
-Ya que se habló de maracas, yo empezaría por decir que no todas las maracas son fáciles y aunque parezca increíble, el dinero allí no lo hace todo. Según mi experiencia, una dosis de cariño es necesaria. Después de todo las maracas también lloran.
-Quiero hablar.
-No es la forma apropiada de pedir la palabra, pero diga usted, Vega.
-Presidente, hay maracas muy difíciles de embaucar, como algunas que salen en la televisión. ¡Esas pueden salir más caras que una amante! Tengo un famoso amigo futbolista que recién le vino a lamer el sapo a una maraca de la TV a la cuarta salida. Y conste que las tres anteriores le costaron cenas en el Hyatt, dos anillos de brillantes y un auto usado de marca.
-Eso que dice usted me parece haberlo leído en La Cuarta.
-No, Ilustrísima. La Cuarta sólo lo sugirió, pero a mí el califa me contó lo que no se publicó.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Camilito.
-Señor Presidente, para despejar el tema de las maracas quisiera opinar que allí la pregunta debería ser al revés. Esto es: ¿Cómo convencer a una maraca de enchufárselo durante el mayor tiempo posible?
-Verdad, señor Presidente. Por primera vez estoy con mi amigo Camilito.
-¿Quién invitó al baile a Paére?
-¿Es que no puedo hablar ahora solamente por el hecho de ser negro, señor Presidente?
-Nadie ha dicho eso, señor Paredes. Lo que se quiso decir es que usted no puede andar opinando sin pedir la palabra.
-Entonces, pido la palabra.
-Hable usted.
-La maraca lo único que quiere es que uno se vaya cortina. Mientras la amante oficial quiere besitos, bombones, cariños y palabras bonitas, la maraca es honesta y se baja altiro al pilón. Pero como la plata no la regalan, hay que sacarle partido. Y hay trucos para eso.
-¿Tiene algunos?
-Tengo varios, señor Presidente, pero no me han resultado. La maraca es tan diabla, no sé cómo lo hace para calentarlo tanto a uno que los trucos se olvidan.
-Pero diga cuáles son.
-Mire, hay uno que consiste en correrle mano por detrás mientras ella se desviste, pero ahí tiene usted: empiezan a mover el poto y el pico se entusiasma ligerito y vamos echándole paelante. La otra vez probé con chuparle las tetas para calentarla y me sacó la madre porque dijo que yo parecía ventosa. Lo otro que hacen es agarrarle altiro el pico a uno apenas entran a la pieza.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Camilito.
-Yo estimo que en una relación sexual el beso es lo fundamental. Sin beso previo, el sexo pareciera tornarse en algo instintivo, animal. Pero desgraciadamente la maraca no lo comprende así. Y esa es una de las razones por las cuales salgo insatisfecho de los saunas, Ilustrísima, a pesar de mi predilección por esa forma de cópula.
-Usted es un romántico empedernido, Camilito.
-Así es y asumo esa cruz, señor Presidente.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Castrili.
-Para culiar bien con una maraca es necesario usar Stud 100, el spray que adormece la cabeza del pico. Pero hay que tener cuidado y aplicar la dosis exacta, pues más de una vez el filorte se me ha quedado dormido y no ha habido forma de despertarlo. También hay que hacerlo con condón, porque si el Stud 100 llega al clítoris a la mina se le duerme el sapo. Podrían llover mil días y mil noches y la mina no se va cortada.
-¿Cuál es la dosis exacta, distinguido socio?
-Un chorrito, sin entusiasmarse. Y luego, dejar pasar diez minutos. Menos, no hace efecto. Más, hace demasiado efecto. Mi record fue una vez que una maraca se salió de sus casilas y me retó.
-¿Qué le dijo?
-¿Se podrá decir, señor Presidente?
-Le recuerdo que estamos en una sesión secreta. Puede hablar con toda confianza.
-Me dijo... "Acaba luego y échame el moco en la zorra, conchetumadre, porque si no te vái cortado altiro me tení que pagar de nuevo".
-Ohhh...
-Así me dijo, y el Niño más se dormía, hasta que me vino un arresto de hombría y sacando fuerzas de flaqueza le demostré a quién tenía al frente.
-Distinguidos señores, les recuerdo que aún no pasamos al fondo del tema de la tabla.
-Podemos extendernos un poquito más, porque hoy no hay partido, Su Excelencia.
-Pero en Fox Sport van a dar uno del recuerdo. Vélez contra Newells.
-Ah, tiene razón. Entonces hay que apurarse.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted, Marabolí.
-¿Se incluyen las esposas?
-Ay hombre, no lo había pensado. Levanten la mano los que piensen que la pregunta vale para todas.
(Se cuentan los votos).
-No, señor Marabolí. Las esposas se dan por hecho. O no se tocan.
-Discrepo, Ilustrísima. No es que vaya a emitir una opinión personal, sino la de muchos amigos: ¡la esposa es la mujer más difícil de culiar!, sobre todo en estos tiempos. Con los más increíbles pretextos dejan el sapo descansando hasta el sábado, pero el sábado tampoco es fácil. Hay que ir al supermercado, comprarle cosas ricas, darle por lo menos un besito durante el día, decirle gordita o cariñito o perrita a lo menos dos veces en el día y sentarse a conversar por lo menos media hora antes. No sé qué les da a las esposas por conversar primero de "cosas de la vida". Parece que el sapo se aceita con las palabras. ¿Y sabe cuál es el premio, Ilustrísima Señoría?
-Lo intuyo, pero dígalo con toda confianza.
-Afilarse a una vieja llena de rollos que se larga a gritar chuchás a la primera.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Yuyul.
-Yo sugiero que no se mencione a las esposas. Daña nuestra propia dignidad.
-Se vota.
(Levantan las manos).
-Se aprueba, con las abstenciones de Julchus, me imagino que por ser soltero; de Marabolí, por ser separado, y la que me llama la atención es la abstención suya, Camilito.
-No estoy ni ahí con la vieja culiá, Ilustrísima Señoría.
-¡Camilito!
-Cambiemos de tema, se lo pido por favor, señor Presidente, se lo imploro. Esa vieja me tiene loco. Es peor que mi mamá. Me llama al trabajo a cada rato, ¡y pa puras huevás!
-Pido la palabra.
-Diga usted, Julchus.
-Para qué tanto misterio ante un tema tan simple, señor Presidente. El secreto para enchufáserlo rápido a la mina es: invitarla a Los Braseros de Lucifer a comer una parrillada, servirle un pisco sour doble y un tintolio, decirle cosas lindas sin parar y prometerle matrimonio. Cacha segura.
-Se ha referido justamente a los prolegómenos que hay que evitar, estimado socio.
-La pura verdad, señor Presidente. La cagué. Entonces, ¿cómo saltarse los prolegómenos para enchufarlo rápido?
-Es justamente el tema que estamos ratando, Julchus.
-Pido la palabra.
-Diga, Matas.
-A propósito, señor Presidente, yo cambiaría Los Braseros de Lucifer por BordeRío. Cacha cara, pero rápida y segura. De más nivel.
-A mí me resultó el otro día con un Dominó ají verde, señor Presidente.
-A mí con dos de pino y dos de queso en El Rápido. El sapo es hambriento, señor Presidente.
-Veo que tienen hambre los huevoncitos.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Urzúa.
-El sapo es hambriento y goloso, Ilustrísima. A mí siempre me resulta con los pasteles del Tavelli.
-¿No será que el goloso es usted, amigo Caballo?
-Lo reconozco, señor Presidente. Y le confieso: una vez, cuando joven, iba directo a saciar mis deseos a una casa de putas y pasé por una verdulería y vi un racimo de plátanos tan lindo que lo compré y me los comí todos. Entre la gula y el sexo a veces tengo dudas. Usted sabe que comer es el único placer que usted lo disfruta por lo menos cuatro veces al día.
-Sin contar las marraquetas que se manda a guardar cada media hora.
-Es que una marraqueta recién salida del horno, y con mantequilla, no se compara con nada. Yo le compuse una oda a la marraqueta, señor Presidente. Escuche: "Oh, marraqueta, trigo del sur que calma la voracidad de mis dos intestinos, el grueso y el delgado, dulce espiga que..."
-Muy bonito, pero dejémoslo para después. Ya es hora de...
-La palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Bombero Lacho.
-La mejor solución para saltarse los prolegómenos y enchufarlo rápido es darle yumbina a la mina. Con media pastilla queda como vaca echá pidiendo pico.
-Pero eso es ilegal... hasta donde tengo entendido.
-Así es, Incomparable Mandatario. Por eso es que hay que hacerlo con cierta discreción, sin que la mina se dé cuenta. Se echa en la piscola cuando ella va al ñoba.
-¿Usted... dispone de...?
-No, señor Presidente. Pero me han contado que en las farmacias veterinarias venden con receta. Hay que conseguirse una vaca frígida y listo.
-Última intervención. Diga usted, señor Moore.
-Yo diría que la clasificación está mal hecha, Ilustre Pensador del Sexo. Lo primero es distinguir los tipos de hombre. ¿Usted cree que Brad Pitt se hace esta pregunta, señor Presidente, cuando tiene que andar barriendo a escobazos a las minas como cucarachas?
-Barrer a escobazos es un pleonasmo, Moore.
-Eso me suena a peo, ano y orgasmo, señor Presidente.
-Pleonasmo consiste en emplear en la oración uno o más términos que resultan innecesarios para el sentido de la frase, Moore. No tiene nada que ver con lo que usted sugiere.
-Gracias, Su Excelencia señor Presidente Mandatario. ¿Puedo continuar?
-Puede hacerlo.
-Ahí sí que no dijo nada. ¡Es usted muy vivaracho, Gran Califa!
-Le ruego que continúe, si lo tiene a bien.
-Gracias, señor Presidente. Prosigo con mi lucubración... ¿o elucubración?
-De las dos maneras.
-Gracias, Prosigo con mi elucubración. Me gusta más elucubración, señor Presidente.
-¿Puede terminar de una vez?
-Termino, Maestro Superior: ¿Usted cree que el señor Luksic se hace esa pregunta, cuando toma el teléfono y tiene cien minas que para más recacha descuenta de impuestos? ¿Usted cree que el señor Falabella necesita andar pensando en estas cosas? ¿Cree usted que al señor Líder le quita el sueño este tema? ¿Usted cree que el Cardenal...?
-Momentito, momentito. Más respeto.
-Iba a decir que al Cardenal no le gustan las minas, señor Presidente.
-Esta bien, ya veo a dónde quiere llegar. Usted quiere hablar del vilipendiado hombre común, del oficinista de pico chico que anda a palos con el águila.
-No necesariamente, señor Presidente, pero por ahí va la cosa.
-Le encuentro toda la razón, pero aquí estamos ante un tema genérico. No podemos hacer tantas excepciones. Ya hicimos una con las maracas y con las esposas. Sería un cuento de nunca terminar. Y como el tiempo es oro y dicen que ya van dos minutos jugados de Vélez-Newells... ¡se levanta la sesión!
-Una cosita no más para terminar, señor Presidente.
-¿Sí, Matas?
-A propósito, yo creo que si uno quiere tener más posibilidades de meter el cuchuflí tiene que gustarle a la mina.
-Ah, ya.