-Se abre la sesión del Honorable Club de la Lengua de Vaca. ¿Juráis que lo que se hable entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? A la cuenta de tres digan: ‘‘Sí, juro’’. Uno, dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura al acta, por favor.
-De inmediato, Magnánimo Rector de Almas. Puntito único de nuevo.
-Lea.
-Leo. Título: "¿Rubia, morena, negra, pelirroja o china? El pico rompe su silencio".
-¡Se ofrece la palabra!
-¡Pido la palabra!
-Hable, socio Paredes.
-¿Por qué siempre me persiguen, señor Presidente? Se dan ejemplos... y tenía que salir una mujer de ébano.
-Le ruego que tome hora urgente con el analista. Conozco uno que atiende por Fonasa, nivel 3. Si quiere le doy el teléfono.
-¿De qué color es el analista, señor Presidente?
-Blanco... pero tiene el hoyo de color ébano.
-¡Protesto, Ilustrísima!
-¡A callar! Ya sacamos al negro de la sesión anterior y nadie se lo pudo pisar, pero esta vez no se saldrá con la suya,
Paére. Muchos de nuestros socios me han confiado en el café que prefieren a las negras, de modo que el análisis de esta singular raza no quedará fuera del debate. ¿Con quién le gusta echar cacha a usted?
-Con las rubias, Ilustrísima.
-¿Por qué?
-Por efecto contrario, señor Presidente. Me calienta ver el pico del color de mi piel entrando en un sapo rosado. Me siento más macho cuando someto a una rubia.
-¿Se pega en el pecho varias veces, como los monos?
-¿Co-có mo lo supo, señor Presidente? ¿Había cámaras?
-No, socio Paredes, es que le juro que lo vi disfrazado de gorila. No es broma.
-Yo pensé que lo decía porque
Paére se había vuelto beato, Su Señoría.
-Beato serí vos, Camilo rechuchetumadre.
-¡Uy!
-Basta. A callar. Hoy no me siento muy bien. Les ruego que tengan un poco de conmiseración con vuestro líder.
-¿Está enfermito, señor Presidente?
-Así es.
-¿Qué le pasa?
-Me duele la garganta, creo que ando agripado.
-Tómese una cachaspirina, Ilustrísima.
-Esto no es hueveo, Matas. Cosas como las que dice usted son precisamente las que me suben la fiebre.
-¡Pero si la cachaspirina hace bien y baja la fiebre, distinguido Maestro Perfecto!, pero sin destaparse los pies.
-Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra.
-Hable usted, Camilito. Le ruego que siga con el análisis de las rubias, ya que el socio Paredes dio el puntapié inicial. Y a propósito, les pido que la sesión de esta vez sea un poco más breve, por la razón indicada acerca de mi precario estado de salud y además porque más rato juega el Cienciano por los octavos de final de la Libertadores.
-Gracias, señor Presidente. Para decir que esta vez le encuentro toda la razón a mi distinguido contradictor Shaka Zulu... perdón,
Paére...
-¿No vio, señor Presidente? ¡Sigue!
-Camilito, por favor, evitemos la confrontación y el ataque personal... continúe.
-Sus palabras son órdenes, Serenísimo Gran Maestre. Quería decir que la rubia es lejos la mejor de todas. Enumero las razones de mi elección. 1.- Da status. 2.- El pelo rubio la hace por ese sólo hecho más bonita que las demás. 3.- Parece fría pero es más caliente que un guatero recién puesto, y eso le da un placer extra al filorte. 4.- Es más fiel...
-¿Más fiel?
-Sí, señor Presidente. Lo aseguro.
-¿En qué basa su seguridad?
-En que mi señora es rubia y en que la rubia es más derecha, porque al tener mayor nivel cultural se torna realmente confiable, no como la morena y qué decir la negra.
-¡Lo primero que dijo es falso, Su Señoría!
-¿Quién habló?
(Silencio en la sala).
-¿Escuchó lo mismo que yo, señor Presidente? ¡Que dé la cara el cobarde negro!
-Cálmese, Camilito. Hágalo por este servidor.
-... Duelen estas cosas, Maestro Perfecto, sobre todo viniendo de un hombre de raza inferior. Mas prosigo. Decía que la rubia es más fiel y doy fe de aquello.
-¡Cornuto!
-¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Se levanta la sesión por cinco minutos. ¡Todos afuera! Ustedes dos se quedan conmigo. Secretario, usted también, para que anote.
-Cómo no, señor Presidente.
(Sala vacía).
-Ahora. ¡Dense la mano y aquí no ha pasado nada!
(Camilito y Paredes se dan la mano).
-¿Algo que objetar?
-Nada, señor Presidente.
-Yo tampoco, señor Presidente.
-¿Se van a portar bien?
(A dúo).
-Nos vamos a portar bien, señor Presidente.
-¿Lo harán por mí?
(A dúo).
-Lo haremos por usted, señor Presidente.
-Bien, ahora salgan y llamen a los demás.
(Continúa la sesión).
-Tiene la palabra, Camilito. ¡Hable ahora o calle para siempre!
-Gracias, Su Ilustrísima Señoría. Sólo para agregar como punto cinco que la rubia es más alta y estilizada, lo que la hace más bella y buena para la coyoma.
-Pido la palabra.
-Hable, Vega.
-Quiero rebatirle al socio Camilo, empezando por detroit. O sea, por el punto cinco. El hecho de que supuestamente la rubia sea más alta y estilizada puede que la haga bella pero no buena para el cabeza de haba, pues se sabe que las altas tienen la zorra más profunda y también que al pico chico le gusta la zorra chica, porque el pico queda apretado y eso da más gustito.
-¿Tiene el pico chico, Vega?
-No voy a responder, señor Presidente. Hablé en forma genérica. Lo que quise decir es que si se le pregunta al pico, el pico se va a lanzar derecho a la morena o a la china, más a la morena que a la china porque la china tiene la zorra muy delgada.
-¿Qué es una zorra delgada?
-Como lo dice su nombre, la zorra delgada es una zorra de labio delgado, una zorra sin gracia. No se trata de que a la zorra le cuelgue una bemba, Ilustrísima, pero el gusto popular exige una zorra como la gente, a saber: de labios gruesos, húmeda, caliente, estrecha y corta, para que el pico toque la base y el perrito muerda.
-¿Qué perrito?
-El perrito que tienen algunas zorras contadas con los dedos de una mano.
-Concuerdo con el socio Vega, señor Presidente.
-Diga, Yuyul.
-El socio ha dado en el clavo, señor Presidente. La mejor zorra es aquella que tiene perrito. Cuando la penca logra entrar hasta el final, sucede que raras veces, diría una en doscientas, a la penca la agarra un hociquito de perro, la muerde y no la suelta. La penca se va cortada como a la tercera mascada pero el perrito no queda conforme y sigue mordiendo hasta que la dueña del perrito abre los dedos de los pies. Y da la casualidad, señor Presidente, que las dos únicas mujeres que me han tocado con perrito son morenas.
-Colijo que al menos usted se ha acostado con 200 hembras, Yuyul, dijo el picado.
-Así es, señor Presidente. Al menos...
-¿Le podría explicar cómo lo ha hecho a nuestro amigo Sargento, quien lleva años tratando a conquistar a una rubia?
-Esa materia se ha visto en anteriores sesiones, Ilustrísima. Pero si me pregunta a mí, yo le digo que el secreto es la autoridad combinada con la ternura. Cacha segura al tercer encuentro. Pero no nos desviemos del tema en cuestión y especialmente de la rubia. Y si usted me da su anuencia, Excelentísima Señoría, quisiera o quisiese referirme al caso de la rubia teñida.
-Con todo gusto, Yuyul. Adelante.
-La rubia teñida, señor Presidente, representa el sueño del roto y lo que más me sorprende no es que sea tan popular en Chile como en Argentina, que nosotros pensamos que no es un país de rotos pero que con ese sólo ejemplo demuestra ser un país no sólo de rotos, sino de rotos acomplejados. Y qué decir de las rubias teñidas argentinas. Pero me desvío del tema. No me interesan los análisis sociológicos sino explicar la atracción que ejerce la rubia teñida y la ventaja que le lleva a la morena natural.
-¿Que sería...?
-Que sería, señor Presidente, que por ser rubia teñida es mas amaracada, por usar un chilenismo. Porque, ¿para qué se va a querer teñir el pelo una morena que no sea para verse mejor a los ojos del pico, o en otras palabras para llamar a viva voz al pico a su seno?
-Ellas dicen que se tiñen solamente para verse mejor.
-Eso quedará para nuestra Presidenta de la República, señor Presidente, y no pretendo entrar en arenas políticas, aunque me surgen grandes dudas con respecto a lo anterior, pero me desvío nuevamente del tema. Decía que eso quedará para las autoridades, llámense Presidentas, Ministras, Senadoras o Generalas, pero lo que es la rubia de pueblo e incluso de clase media y media alta y especialmente la rubia de farándula, a mí nadie me saca de la cabeza que se tiñe el pelo para verse más maraca, o sea, para incitar al pico, para desafiarlo a toda hora como el torero desafía con la capa roja al toro furioso.
-No le logro captar su razonamiento maraquil, estimado socio.
-Le aclaro, señor Presidente, si es que caben dudas. La rubia es, por el sólo hecho de ser rubia, más atractiva para los hombres que viven en los países latinos entre los que incluye Chile, por supuesto. Es más atractiva porque es más escasa. ¿Eso queda claro, Magnánimo Mandamás?
-Queda claro, Yuyul, aunque en aras de hacerle el quite a la cacofonía le rogaría que reemplazara Mandamás por Gran Califa o algún sinónimo por el estilo.
-Correcto, Su Excelencia Sultán...
-No era lo que proponía, pero prosiga, por favor.
-Cómo no, señor Presidente. Decía que al ser más escasa la rubia es más atractiva. Lo que sigue es como el agua: el pico se calienta con la escasez. Si en Chile el poto perfecto fuera tan abundante como en Brasil el pico estaría obligado a calentarse con otra cosa. Aquí el pico se calienta con el poto redondo, con la buena teta, con la rubia en vez de la morena, hablo en general, y fíjese señor Presidente que estoy seguro de que la callampa prefiere la rubia teñida a la rubia verdadera, porque si bien la segunda da satus, como se decía recién, la primera asegura una cacha como Dios manda.
-¿Por qué?
-Porque la rubia teñida es más amaracada, señor Presidente.
-Querido socio Yuyul, hemos llegado a lo mismo.
-¿Me permite, señor Presidente?
-Adelante, Pastene.
-Entiendo lo que quiere decir nuestro ilustre socio honorario por antonomasia, el socio Yuyul. Él quiere decir que la rubia teñida es más maraca que la mujer común y corriente.
-Sí, socio Pastene, eso está claro, pero... ¿por qué? No logro entenderlo.
-Yo tampoco, Ilustrísima, pero es la pura y santa verdad.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Moore.
-Conjeturo que la rubia teñida es más maraca que el resto por el llamado efecto de imagen y de llapa porque se pinta los labios rojos.
-Explíquese.
-La rubia teñida recuerda de inmediato a Marilyn Monroe y Brigitte Bardot, dos grandes maracas del celuloide. Yo creo que por ahí va la cosa.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Urzúa.
-Recuerdo que cuando estuve en Nueva York vi varias rubias y me pregunté: ¿son teñidas o son reales?
-¿Y?
-Yo creo que eran reales, señor Presidente.
-¿Y?
-Me gustaron harto, señor Presidente. Pero en El Salvador no había casi ni una. Eran puras rubias teñidas.
-¿Y le gustaron?
-También me gustaron, distinguidísimo líder.
-¿Y con cuál de las dos se quedaría?
-Ah, yo me quedo con las morenas, Ilustrísima.
-Pido la palabra.
-Diga, Camilito.
-Yo, como decía, prefiero las rubias de verdad al estilo de Catherine Deneuve. A mí me calienta el
charme, monsieur le President.
-La palabra,
monsieur le President.
-Voila,
gordé Mugá.
-A mi honorable contradictor Just Lardin, más conocido como Camilito, le recuerdo que al pico le gusta echarle el moco a la concha de la rubia teñida; o sea, a la rucia, Ilustrísima. Noble placer, aquél de depositar la simiente en una vulva de champa negra mientras el espejo nos devuelve la imagen de una rubia más caliente que un cautín.
-¿Podríamos pasar a la morena? Ofrezco la palabra.
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Periquito.
-Si el pico votara en las elecciones municipales votaría por la morena, señor Presidente. Estoy seguro. La morena tiene la zorra más gorda y más hedionda, la rucia tiene como gusto ácido, debe ser por el PH.
-¿Qué sabe usted de PH?
-Nada, señor Presidente. Cosas que uno escuchó en el liceo en la clase de Química.
-Prosiga.
-Gracias, señor Presidente. La morena, por ser más cálida, es también más caliente. Y sabido es, aunque parezca de perogrullo decirlo, que el pico prefiere las mujeres calientes a las frías.
-¡Objeción, Ilustrísima! Hay filortes que gustan del rigor mortis propio de las damas de cutis marmóreo.
-Objeción concedida. Pero son minoría, Vega.
-De acuerdo, Maestro, pero existen.
-Prosiga, Periquito.
-Gracias, señor Presidente. La morena yo la encuentro más bonita porque tiene los labios gruesos.
-Negra jetona...
-Sí, señor Presidente. Pero la gracia de la morena es que sin ser negra tiene varios de sus atributos y ninguno de sus defectos.
-¿A saber?
-Atributos: buena para el pico, caliente, gozadora, cariñosita, cochina, putaza.
-¿Y de qué defectos carecería la morena en comparación con la negra?
-No tiene olor a negra. Y uno puede andar con ella por la calle. En otras palabras, la morena es como una negra pasada por el garaje. ¿Se imagina, Ilustrísima, a Pamela Díaz con una jeta afro? No sería la misma. Igual que si Luciana Salazar se quitara la tintura y quedara morocha. No calienta a nadie. Es cosa de estilo, no sé si me explico.
-No, Periquito, pero... ¿alguien más quiere defender a las morenas?
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Castrili.
-A mí siempre me han gustado las rubias, señor Presidente. Mis pololas fueron rubias, mi señora es rubia, pero ¿le digo la verdad? El otro yo que se esconde en cada uno, y que en mi caso está muy bien guardado, me habla en sueños y me dice: "Yo soy la morenita de la cosita... ven... ven a mí".
-¿Se le aparece una morena en sueños, Castrili?
-Así es, señor Presidente. Es una morena en calzones y sostenes. Está en un dormitorio medio rasca, es como una china del campo, señor Presidente. Yo entro a la casa pero en el sueño salgo con otra cara. Ella me ve, se corre el calzón para el lado y me dice: "Yo soy la morenita de la cosita... ven... ven a mí".
-Puta el sueño caliente iñor. Siga.
-No. Llega hasta ahí.
-¿Y qué pasa?
-Despierto con la guata llena de cuáker, señor Presidente. Sueño húmedo, de colegial.
-Todos los hemos tenido alguna vez, Castrili, no se preocupe. Pasemos ahora al caso de las pelirrojas.
-Yo quiero hablar, señor Presidente.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-La pelirroja es la mujer que más me calienta. Tiene los atributos de la rubia y la blanca pero no es ninguna de las dos. Es como si fuera un travesti.
-¿Le calientan los travestis, Jorobabel Diéguez?
-Le confieso que me dan una cosa, señor Presidente.
-Objeción, Su Señoría. Ese tema se debatió en la sesión pasada.
-Objeción concedida, Vega. Prosiga, Jorobabel.
-Gracias, señor Presidente (en voz baja, dirigiéndose a Vega)... a vos te vi el otro día con un maraco...
-Era un primo que me estaba pidiendo un cheque, huevón.
-Pero le estábai haciendo el depósito detrás de las matas.
-Qué sabís vos de transacciones bancarias, pelafustán.
-¡Orden en la sala! ¿Va a hablar o no, Diéguez?
-Sí, Su Señoría. Las pelirrojas son ricas porque son más tiernas. Esa es la verdad. Es como culiarse una zanahoria.
-No te vaya a culiar la zanahoria a ti...
-¡Vega, le ordeno que se calle de una vez!
-Me la dejaron dando bote, señor Presidente.
-¿Algo más, Diéguez?
-Sólo eso, Gran Califa. Quería subrayar la importancia de la ternura en la parada de pico. Si alguna persona leyera estas actas pensaría que los hombres o varones son unos animales que se calientan con cualquier cosa que se mueva, y la verdad sea dicha, señor Presidente, nosotros nos calentamos igual como se calientan las mujeres.
-¡Ay!
-¡Zas pirulín!
-¡Dejen que Diéguez hable, puesto que se metió en ese forro! Prosiga, socio 17.
-Gracias, señor Presidente. La verdad sea dicha es que me enredé. Admito que tal razonamiento podría llevar hasta el absurdo de que en una cacha gritemos
¡Cásate conmigo! o
¡Pololiemos! y eso nunca estuvo en mi mente, Ilustrísima, porque lo que realmente quería decir es que una sana dosis de ternura le viene bien al filorte cuando está como chuzo. Y para eso no hay nada mejor que culiarse a una pelirroja y que en medio de la cacha ella le diga a uno: "Te amo, eres mi Dios y yo tu esclava" o "¡qué lindos ojos tienes!" mientras con sus labios color carmesí besa la cabeza del pico. Ah, qué tierno...
-Gracias, socio 17. ¿Alguien más?
-Yo, señor Presidente.
-Diga, Bombero Lacho.
-Una vez le di el beso negro a una pelirroja y me salió un Tarzán colorado. Después me contó que había comido betarragas.
-¿Puedo acotar algo, señor Presidente?
-Acote, Periquito.
-Las pelirrojas son todas maracas.
-¿Por qué?
-Porque se hacen las finas, pero son todas maracas las chuchas de su madre.
-Advierto un dejo de resentimiento en sus palabras, Periquito.
-Perras culiás...
-Pasemos a las chinas, de las que ya se ha dicho bastante, pero si alguien quiere añadir algún comentario...
-Distinguido Presidente, querría hacer uso de la palabra.
-Hable, Moore.
-La china es la mujer más caliente de la tierra y por ende la elegida por el pene a la hora de depositar en su vulva el sagrado arak o moquillo.
-Desarrolle su argumentación, si lo tiene a bien.
-Cómo no, Ilustrísima. La china es más gritona que la chucha, y eso calienta sobremanera al varón. Hace como que le doliera cuando le meten la callampa, y eso calienta más aún porque despierta nuestros sádicos instintos primitivos. La pregunta quemante que yo haría, sin embargo, es cómo la china diferencia el placer normal del placer supremo en tales casos. Me baso en la anécdota de la prueba de fracciones.
-¿De qué habla, Moore?
-De una prueba de fracciones que hizo el profesor Salgado cuando yo estaba en el liceo.
-¿Qué pasó?
-Yo no entendía casi nada y di la prueba sin esperar mucho. Cuando me entregó la nota casi me fui de espaldas: me había sacado un 5.6 y me puse feliz.
-¿Y se puede saber qué tiene que ver eso con el grito de la china?
-Mucho, señor Presidente. Después vi las otras notas. Casi todos se habían sacado sobre el seis. Inmediatamente me deprimí.
-Ya voy entendiendo, pero no mucho.
-Lo que quiero decir, Ilustrísima, es que si la china grita siempre, ¿cómo sé que está gritando por mí, por el placer que le da mi callampita, y no porque es un hábito en ella y centrado en sí misma para más recacha?
-¿Me equivoco o lo que quiere saber usted es si realmente vale algo para una mujer, aunque sea china?
-Eso es, señor Presidente. Ha dado en el centro del clavo. Es la pregunta que ha rondado mi vida, qué infeliz me siento.
-La respuesta, como dice el amigo Bob Dylan, está en el viento. ¿Alguien más?
-Pido la palabra.
-Hable, Vega.
-Gracias, señor Presidente. La china es muy re buena porque, como ya se dijo recién, tiene la zorra chica. A mí me gustarían las chinas si no fueran tan peladas de sapo. Yo me quedo con el aforismo "mujer de bozo, poto sabroso". De modo que denme a mí las morenas bien peludas.
-Péscate a Mario Barakus será mejor.
-¿Alguien más? Ya va a empezar el partido. ¿Pasamos a la negra?
(Todos).
-¡Sí, señor Presidente!
-Se ofrece la palabra.
-¡Pido la palabra!
-Hable usted, Camilito.
-A mí me gustan las NEGRAS, señor Presidente, porque me gusta culiarme a las NEGRAS señor Presidente, porque las NEGRAS son poca cosa, señor Presidente, no valen nada, señor Presidente, valen menos que un paquete de cabritas, señor Presidente, las NEGRAS esas sí que son todas maracas, señor Presidente...
-¡Ofende a la raza, señor Presidente! ¡Protesto!
-Ha lugar.
-La mujer de ébano es derecha y buena gente, y si es chiquitita mejor. Tiene el mejor poto de la humanidad y si el socio Camilo habla así es porque la callampa no le llega ni a los talones a la de nuestra raza. Voto por la negra chica.
-No me llega a los talones... ¡Me llega hasta la rodilla, OSCURO!
-¿No ve, señor Presidente?
-¡Ya! ¡Me aburrí! ¡Se vota!... Pero antes, permítaseme una pequeña digresión, a la luz de lo escuchado esta tarde.
(Todos).
-¡Digresión permitida, señor Presidente!
-Gracias, y sólo como resumen. Tal parece que la moral ha teñido los colores, que son naturales y por ende, neutros o puros, de virtud o de oprobio, con los matices que van de un lado al otro del espectro. En el extremo de la virtud destaca la rubia, quien cuanto más alba sea su piel, más inocente y casta parecerá ante nuestros ojos, de allí la calentura que despierta, pues en el fondo pescarse a una rubia auténtica equivale a desvirgar a una doncella medieval. Le sigue la morena, que es la inocencia manchada, la inocencia que ya probó el sabor del placer y por lo tanto una mujer de verdad, que sabe culiar como Dios manda, con chupada de pico y entrada por el camino de tierra. Entre ambas se encuentra el híbrido de la rubia teñida; o sea, el lobo vestido con piel de oveja. Si es una de las mujeres que más calienta se debe precisamente a eso: parece inocente pero no lo es. Parece virgen pero es una maraca profesional, una mosquita muerta, una Marylin Monroe, de esas que se sorprenden de todo mientras tienen la callampa metida en el sapo. La pelirroja es el color extravagante y por ende, raro. Despierta la curiosidad, mas luego de que ésta ha sido satisfecha, digo la curiosidad, no la pelirroja, porque he sabido que las pelirrojas son de culiar el día entero, el color pelirrojo pierde su poder ya que detrás de éste no hay significante alguno. La china, o raza amarilla, despierta el apetito más que por su color, por su fragilidad corporal y su teta pequeña, como de niña. Si se fijan bien, el chino no es un color. No existe el color chino en la acuarela. Lo que distingue a la china y provoca en ella es su oblicuidad visual y el largo y diámetro del sapo, que es más reducido que el de otros colores. O sea, su aparente inocencia, que proviene de su forma natural y no de un disfraz, como la rubia teñida. Viene finalmente la negra, que representa la suciedad, la bajeza y por lo tanto, la vulgaridad, la lascivia y la concupiscencia. No hay negra que no sea caliente, piensa normalmente uno, pero se trata de un prejuicio atribuido expresamente a su color, no nos engañemos.
(Silencio en la sala. Luego, aplausos).
-Y ahora, se vota. ¡Por la rubia!... secretario, cuente.
-Seis... siete... ocho votos, Su Excelencia.
-¡Por la morena!
-Cinco... seis... siete... ocho... nueve votos, Su Señoría.
-¡Por la pelirroja!
-Dos votos, señor Presidente.
-¡Por la china!
-Tres... cuatro... cinco votos, Su Excelentísima Señoría.
-¡Por la negra!
-Uno... dos. Dos votos, señor Presidente.
-¿Camilito? ¿Usted? ¿Votó por la negra?
-Esteee... sí, señor Presidente... lo admito... ¿no podía ser secreto el voto?
-A ustedes no hay quién los entienda. ¡Se levanta la sesión!