Wednesday, September 24, 2014

Volvió a librerías la segunda edición de las Actas



Distinguidos socios y lectores (y por qué no, lectoras)
Tengo a bien comunicarles tres noticias: dos buenas y una mala.
La buena: debido al éxito de la primera edición y tras haber atiborrado de argumentos a mi respetado editor, el honorable profesor Héctor Velis-Meza, Mandamás del buen decir, la segunda edición de las "Actas secretas del Club de la lengua de vaca" acaba de salir de la zorra, o sea ver la luz, perdóneseme la expresión. La puede hallar en las mejores librerías del ramo ¡con un nuevo capítulo didáctico!, intitulado "99 formas de correrse la paja (sólo para hombres)", más un "Prólogo a la segunda edición" escrito de puño y letra por el afamado onanista Fernando Tag.
La mala: me acaban de informar que el libro se agotó. Se los advertí y no me hicieron caso.
La otra buena: ya salió de nuevo a la venta. Con módicas trece luquitas o algo así se llevan para la casa dos días de placer garantizado para los eyaculadores precoces de la lectura, diez días para los cacheros normales y un mes de lectura para los cortos de entendimiento o duros de matar la gallina.
Y otra buena noticia, de yapa: mientras le da el cuero, este Catedrático del Vicio ya se encuentra preparando un nuevo tomo, absolutamente original, algo así como la segunda cacha de estas Actas, pero de aquello aún no dará mayor información.
Se despide hasta la próxima, las arcas están vacías, fuera los cocodrilos
El Profesor Bruburundu Gurusmundu

Wednesday, March 28, 2007

¿Rubia, morena, negra, pelirroja o china? El pico rompe su silencio

-Se abre la sesión del Honorable Club de la Lengua de Vaca. ¿Juráis que lo que se hable entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? A la cuenta de tres digan: ‘‘Sí, juro’’. Uno, dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura al acta, por favor.
-De inmediato, Magnánimo Rector de Almas. Puntito único de nuevo.
-Lea.
-Leo. Título: "¿Rubia, morena, negra, pelirroja o china? El pico rompe su silencio".
-¡Se ofrece la palabra!
-¡Pido la palabra!
-Hable, socio Paredes.
-¿Por qué siempre me persiguen, señor Presidente? Se dan ejemplos... y tenía que salir una mujer de ébano.
-Le ruego que tome hora urgente con el analista. Conozco uno que atiende por Fonasa, nivel 3. Si quiere le doy el teléfono.
-¿De qué color es el analista, señor Presidente?
-Blanco... pero tiene el hoyo de color ébano.
-¡Protesto, Ilustrísima!
-¡A callar! Ya sacamos al negro de la sesión anterior y nadie se lo pudo pisar, pero esta vez no se saldrá con la suya, Paére. Muchos de nuestros socios me han confiado en el café que prefieren a las negras, de modo que el análisis de esta singular raza no quedará fuera del debate. ¿Con quién le gusta echar cacha a usted?
-Con las rubias, Ilustrísima.
-¿Por qué?
-Por efecto contrario, señor Presidente. Me calienta ver el pico del color de mi piel entrando en un sapo rosado. Me siento más macho cuando someto a una rubia.
-¿Se pega en el pecho varias veces, como los monos?
-¿Co-có mo lo supo, señor Presidente? ¿Había cámaras?
-No, socio Paredes, es que le juro que lo vi disfrazado de gorila. No es broma.
-Yo pensé que lo decía porque Paére se había vuelto beato, Su Señoría.
-Beato serí vos, Camilo rechuchetumadre.
-¡Uy!
-Basta. A callar. Hoy no me siento muy bien. Les ruego que tengan un poco de conmiseración con vuestro líder.
-¿Está enfermito, señor Presidente?
-Así es.
-¿Qué le pasa?
-Me duele la garganta, creo que ando agripado.
-Tómese una cachaspirina, Ilustrísima.
-Esto no es hueveo, Matas. Cosas como las que dice usted son precisamente las que me suben la fiebre.
-¡Pero si la cachaspirina hace bien y baja la fiebre, distinguido Maestro Perfecto!, pero sin destaparse los pies.
-Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra.
-Hable usted, Camilito. Le ruego que siga con el análisis de las rubias, ya que el socio Paredes dio el puntapié inicial. Y a propósito, les pido que la sesión de esta vez sea un poco más breve, por la razón indicada acerca de mi precario estado de salud y además porque más rato juega el Cienciano por los octavos de final de la Libertadores.
-Gracias, señor Presidente. Para decir que esta vez le encuentro toda la razón a mi distinguido contradictor Shaka Zulu... perdón, Paére...
-¿No vio, señor Presidente? ¡Sigue!
-Camilito, por favor, evitemos la confrontación y el ataque personal... continúe.
-Sus palabras son órdenes, Serenísimo Gran Maestre. Quería decir que la rubia es lejos la mejor de todas. Enumero las razones de mi elección. 1.- Da status. 2.- El pelo rubio la hace por ese sólo hecho más bonita que las demás. 3.- Parece fría pero es más caliente que un guatero recién puesto, y eso le da un placer extra al filorte. 4.- Es más fiel...
-¿Más fiel?
-Sí, señor Presidente. Lo aseguro.
-¿En qué basa su seguridad?
-En que mi señora es rubia y en que la rubia es más derecha, porque al tener mayor nivel cultural se torna realmente confiable, no como la morena y qué decir la negra.
-¡Lo primero que dijo es falso, Su Señoría!
-¿Quién habló?
(Silencio en la sala).
-¿Escuchó lo mismo que yo, señor Presidente? ¡Que dé la cara el cobarde negro!
-Cálmese, Camilito. Hágalo por este servidor.
-... Duelen estas cosas, Maestro Perfecto, sobre todo viniendo de un hombre de raza inferior. Mas prosigo. Decía que la rubia es más fiel y doy fe de aquello.
-¡Cornuto!
-¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Se levanta la sesión por cinco minutos. ¡Todos afuera! Ustedes dos se quedan conmigo. Secretario, usted también, para que anote.
-Cómo no, señor Presidente.
(Sala vacía).
-Ahora. ¡Dense la mano y aquí no ha pasado nada!
(Camilito y Paredes se dan la mano).
-¿Algo que objetar?
-Nada, señor Presidente.
-Yo tampoco, señor Presidente.
-¿Se van a portar bien?
(A dúo).
-Nos vamos a portar bien, señor Presidente.
-¿Lo harán por mí?
(A dúo).
-Lo haremos por usted, señor Presidente.
-Bien, ahora salgan y llamen a los demás.
(Continúa la sesión).
-Tiene la palabra, Camilito. ¡Hable ahora o calle para siempre!
-Gracias, Su Ilustrísima Señoría. Sólo para agregar como punto cinco que la rubia es más alta y estilizada, lo que la hace más bella y buena para la coyoma.
-Pido la palabra.
-Hable, Vega.
-Quiero rebatirle al socio Camilo, empezando por detroit. O sea, por el punto cinco. El hecho de que supuestamente la rubia sea más alta y estilizada puede que la haga bella pero no buena para el cabeza de haba, pues se sabe que las altas tienen la zorra más profunda y también que al pico chico le gusta la zorra chica, porque el pico queda apretado y eso da más gustito.
-¿Tiene el pico chico, Vega?
-No voy a responder, señor Presidente. Hablé en forma genérica. Lo que quise decir es que si se le pregunta al pico, el pico se va a lanzar derecho a la morena o a la china, más a la morena que a la china porque la china tiene la zorra muy delgada.
-¿Qué es una zorra delgada?
-Como lo dice su nombre, la zorra delgada es una zorra de labio delgado, una zorra sin gracia. No se trata de que a la zorra le cuelgue una bemba, Ilustrísima, pero el gusto popular exige una zorra como la gente, a saber: de labios gruesos, húmeda, caliente, estrecha y corta, para que el pico toque la base y el perrito muerda.
-¿Qué perrito?
-El perrito que tienen algunas zorras contadas con los dedos de una mano.
-Concuerdo con el socio Vega, señor Presidente.
-Diga, Yuyul.
-El socio ha dado en el clavo, señor Presidente. La mejor zorra es aquella que tiene perrito. Cuando la penca logra entrar hasta el final, sucede que raras veces, diría una en doscientas, a la penca la agarra un hociquito de perro, la muerde y no la suelta. La penca se va cortada como a la tercera mascada pero el perrito no queda conforme y sigue mordiendo hasta que la dueña del perrito abre los dedos de los pies. Y da la casualidad, señor Presidente, que las dos únicas mujeres que me han tocado con perrito son morenas.
-Colijo que al menos usted se ha acostado con 200 hembras, Yuyul, dijo el picado.
-Así es, señor Presidente. Al menos...
-¿Le podría explicar cómo lo ha hecho a nuestro amigo Sargento, quien lleva años tratando a conquistar a una rubia?
-Esa materia se ha visto en anteriores sesiones, Ilustrísima. Pero si me pregunta a mí, yo le digo que el secreto es la autoridad combinada con la ternura. Cacha segura al tercer encuentro. Pero no nos desviemos del tema en cuestión y especialmente de la rubia. Y si usted me da su anuencia, Excelentísima Señoría, quisiera o quisiese referirme al caso de la rubia teñida.
-Con todo gusto, Yuyul. Adelante.
-La rubia teñida, señor Presidente, representa el sueño del roto y lo que más me sorprende no es que sea tan popular en Chile como en Argentina, que nosotros pensamos que no es un país de rotos pero que con ese sólo ejemplo demuestra ser un país no sólo de rotos, sino de rotos acomplejados. Y qué decir de las rubias teñidas argentinas. Pero me desvío del tema. No me interesan los análisis sociológicos sino explicar la atracción que ejerce la rubia teñida y la ventaja que le lleva a la morena natural.
-¿Que sería...?
-Que sería, señor Presidente, que por ser rubia teñida es mas amaracada, por usar un chilenismo. Porque, ¿para qué se va a querer teñir el pelo una morena que no sea para verse mejor a los ojos del pico, o en otras palabras para llamar a viva voz al pico a su seno?
-Ellas dicen que se tiñen solamente para verse mejor.
-Eso quedará para nuestra Presidenta de la República, señor Presidente, y no pretendo entrar en arenas políticas, aunque me surgen grandes dudas con respecto a lo anterior, pero me desvío nuevamente del tema. Decía que eso quedará para las autoridades, llámense Presidentas, Ministras, Senadoras o Generalas, pero lo que es la rubia de pueblo e incluso de clase media y media alta y especialmente la rubia de farándula, a mí nadie me saca de la cabeza que se tiñe el pelo para verse más maraca, o sea, para incitar al pico, para desafiarlo a toda hora como el torero desafía con la capa roja al toro furioso.
-No le logro captar su razonamiento maraquil, estimado socio.
-Le aclaro, señor Presidente, si es que caben dudas. La rubia es, por el sólo hecho de ser rubia, más atractiva para los hombres que viven en los países latinos entre los que incluye Chile, por supuesto. Es más atractiva porque es más escasa. ¿Eso queda claro, Magnánimo Mandamás?
-Queda claro, Yuyul, aunque en aras de hacerle el quite a la cacofonía le rogaría que reemplazara Mandamás por Gran Califa o algún sinónimo por el estilo.
-Correcto, Su Excelencia Sultán...
-No era lo que proponía, pero prosiga, por favor.
-Cómo no, señor Presidente. Decía que al ser más escasa la rubia es más atractiva. Lo que sigue es como el agua: el pico se calienta con la escasez. Si en Chile el poto perfecto fuera tan abundante como en Brasil el pico estaría obligado a calentarse con otra cosa. Aquí el pico se calienta con el poto redondo, con la buena teta, con la rubia en vez de la morena, hablo en general, y fíjese señor Presidente que estoy seguro de que la callampa prefiere la rubia teñida a la rubia verdadera, porque si bien la segunda da satus, como se decía recién, la primera asegura una cacha como Dios manda.
-¿Por qué?
-Porque la rubia teñida es más amaracada, señor Presidente.
-Querido socio Yuyul, hemos llegado a lo mismo.
-¿Me permite, señor Presidente?
-Adelante, Pastene.
-Entiendo lo que quiere decir nuestro ilustre socio honorario por antonomasia, el socio Yuyul. Él quiere decir que la rubia teñida es más maraca que la mujer común y corriente.
-Sí, socio Pastene, eso está claro, pero... ¿por qué? No logro entenderlo.
-Yo tampoco, Ilustrísima, pero es la pura y santa verdad.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Moore.
-Conjeturo que la rubia teñida es más maraca que el resto por el llamado efecto de imagen y de llapa porque se pinta los labios rojos.
-Explíquese.
-La rubia teñida recuerda de inmediato a Marilyn Monroe y Brigitte Bardot, dos grandes maracas del celuloide. Yo creo que por ahí va la cosa.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Urzúa.
-Recuerdo que cuando estuve en Nueva York vi varias rubias y me pregunté: ¿son teñidas o son reales?
-¿Y?
-Yo creo que eran reales, señor Presidente.
-¿Y?
-Me gustaron harto, señor Presidente. Pero en El Salvador no había casi ni una. Eran puras rubias teñidas.
-¿Y le gustaron?
-También me gustaron, distinguidísimo líder.
-¿Y con cuál de las dos se quedaría?
-Ah, yo me quedo con las morenas, Ilustrísima.
-Pido la palabra.
-Diga, Camilito.
-Yo, como decía, prefiero las rubias de verdad al estilo de Catherine Deneuve. A mí me calienta el charme, monsieur le President.
-La palabra, monsieur le President.
-Voila, gordé Mugá.
-A mi honorable contradictor Just Lardin, más conocido como Camilito, le recuerdo que al pico le gusta echarle el moco a la concha de la rubia teñida; o sea, a la rucia, Ilustrísima. Noble placer, aquél de depositar la simiente en una vulva de champa negra mientras el espejo nos devuelve la imagen de una rubia más caliente que un cautín.
-¿Podríamos pasar a la morena? Ofrezco la palabra.
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Periquito.
-Si el pico votara en las elecciones municipales votaría por la morena, señor Presidente. Estoy seguro. La morena tiene la zorra más gorda y más hedionda, la rucia tiene como gusto ácido, debe ser por el PH.
-¿Qué sabe usted de PH?
-Nada, señor Presidente. Cosas que uno escuchó en el liceo en la clase de Química.
-Prosiga.
-Gracias, señor Presidente. La morena, por ser más cálida, es también más caliente. Y sabido es, aunque parezca de perogrullo decirlo, que el pico prefiere las mujeres calientes a las frías.
-¡Objeción, Ilustrísima! Hay filortes que gustan del rigor mortis propio de las damas de cutis marmóreo.
-Objeción concedida. Pero son minoría, Vega.
-De acuerdo, Maestro, pero existen.
-Prosiga, Periquito.
-Gracias, señor Presidente. La morena yo la encuentro más bonita porque tiene los labios gruesos.
-Negra jetona...
-Sí, señor Presidente. Pero la gracia de la morena es que sin ser negra tiene varios de sus atributos y ninguno de sus defectos.
-¿A saber?
-Atributos: buena para el pico, caliente, gozadora, cariñosita, cochina, putaza.
-¿Y de qué defectos carecería la morena en comparación con la negra?
-No tiene olor a negra. Y uno puede andar con ella por la calle. En otras palabras, la morena es como una negra pasada por el garaje. ¿Se imagina, Ilustrísima, a Pamela Díaz con una jeta afro? No sería la misma. Igual que si Luciana Salazar se quitara la tintura y quedara morocha. No calienta a nadie. Es cosa de estilo, no sé si me explico.
-No, Periquito, pero... ¿alguien más quiere defender a las morenas?
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Castrili.
-A mí siempre me han gustado las rubias, señor Presidente. Mis pololas fueron rubias, mi señora es rubia, pero ¿le digo la verdad? El otro yo que se esconde en cada uno, y que en mi caso está muy bien guardado, me habla en sueños y me dice: "Yo soy la morenita de la cosita... ven... ven a mí".
-¿Se le aparece una morena en sueños, Castrili?
-Así es, señor Presidente. Es una morena en calzones y sostenes. Está en un dormitorio medio rasca, es como una china del campo, señor Presidente. Yo entro a la casa pero en el sueño salgo con otra cara. Ella me ve, se corre el calzón para el lado y me dice: "Yo soy la morenita de la cosita... ven... ven a mí".
-Puta el sueño caliente iñor. Siga.
-No. Llega hasta ahí.
-¿Y qué pasa?
-Despierto con la guata llena de cuáker, señor Presidente. Sueño húmedo, de colegial.
-Todos los hemos tenido alguna vez, Castrili, no se preocupe. Pasemos ahora al caso de las pelirrojas.
-Yo quiero hablar, señor Presidente.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-La pelirroja es la mujer que más me calienta. Tiene los atributos de la rubia y la blanca pero no es ninguna de las dos. Es como si fuera un travesti.
-¿Le calientan los travestis, Jorobabel Diéguez?
-Le confieso que me dan una cosa, señor Presidente.
-Objeción, Su Señoría. Ese tema se debatió en la sesión pasada.
-Objeción concedida, Vega. Prosiga, Jorobabel.
-Gracias, señor Presidente (en voz baja, dirigiéndose a Vega)... a vos te vi el otro día con un maraco...
-Era un primo que me estaba pidiendo un cheque, huevón.
-Pero le estábai haciendo el depósito detrás de las matas.
-Qué sabís vos de transacciones bancarias, pelafustán.
-¡Orden en la sala! ¿Va a hablar o no, Diéguez?
-Sí, Su Señoría. Las pelirrojas son ricas porque son más tiernas. Esa es la verdad. Es como culiarse una zanahoria.
-No te vaya a culiar la zanahoria a ti...
-¡Vega, le ordeno que se calle de una vez!
-Me la dejaron dando bote, señor Presidente.
-¿Algo más, Diéguez?
-Sólo eso, Gran Califa. Quería subrayar la importancia de la ternura en la parada de pico. Si alguna persona leyera estas actas pensaría que los hombres o varones son unos animales que se calientan con cualquier cosa que se mueva, y la verdad sea dicha, señor Presidente, nosotros nos calentamos igual como se calientan las mujeres.
-¡Ay!
-¡Zas pirulín!
-¡Dejen que Diéguez hable, puesto que se metió en ese forro! Prosiga, socio 17.
-Gracias, señor Presidente. La verdad sea dicha es que me enredé. Admito que tal razonamiento podría llevar hasta el absurdo de que en una cacha gritemos ¡Cásate conmigo! o ¡Pololiemos! y eso nunca estuvo en mi mente, Ilustrísima, porque lo que realmente quería decir es que una sana dosis de ternura le viene bien al filorte cuando está como chuzo. Y para eso no hay nada mejor que culiarse a una pelirroja y que en medio de la cacha ella le diga a uno: "Te amo, eres mi Dios y yo tu esclava" o "¡qué lindos ojos tienes!" mientras con sus labios color carmesí besa la cabeza del pico. Ah, qué tierno...
-Gracias, socio 17. ¿Alguien más?
-Yo, señor Presidente.
-Diga, Bombero Lacho.
-Una vez le di el beso negro a una pelirroja y me salió un Tarzán colorado. Después me contó que había comido betarragas.
-¿Puedo acotar algo, señor Presidente?
-Acote, Periquito.
-Las pelirrojas son todas maracas.
-¿Por qué?
-Porque se hacen las finas, pero son todas maracas las chuchas de su madre.
-Advierto un dejo de resentimiento en sus palabras, Periquito.
-Perras culiás...
-Pasemos a las chinas, de las que ya se ha dicho bastante, pero si alguien quiere añadir algún comentario...
-Distinguido Presidente, querría hacer uso de la palabra.
-Hable, Moore.
-La china es la mujer más caliente de la tierra y por ende la elegida por el pene a la hora de depositar en su vulva el sagrado arak o moquillo.
-Desarrolle su argumentación, si lo tiene a bien.
-Cómo no, Ilustrísima. La china es más gritona que la chucha, y eso calienta sobremanera al varón. Hace como que le doliera cuando le meten la callampa, y eso calienta más aún porque despierta nuestros sádicos instintos primitivos. La pregunta quemante que yo haría, sin embargo, es cómo la china diferencia el placer normal del placer supremo en tales casos. Me baso en la anécdota de la prueba de fracciones.
-¿De qué habla, Moore?
-De una prueba de fracciones que hizo el profesor Salgado cuando yo estaba en el liceo.
-¿Qué pasó?
-Yo no entendía casi nada y di la prueba sin esperar mucho. Cuando me entregó la nota casi me fui de espaldas: me había sacado un 5.6 y me puse feliz.
-¿Y se puede saber qué tiene que ver eso con el grito de la china?
-Mucho, señor Presidente. Después vi las otras notas. Casi todos se habían sacado sobre el seis. Inmediatamente me deprimí.
-Ya voy entendiendo, pero no mucho.
-Lo que quiero decir, Ilustrísima, es que si la china grita siempre, ¿cómo sé que está gritando por mí, por el placer que le da mi callampita, y no porque es un hábito en ella y centrado en sí misma para más recacha?
-¿Me equivoco o lo que quiere saber usted es si realmente vale algo para una mujer, aunque sea china?
-Eso es, señor Presidente. Ha dado en el centro del clavo. Es la pregunta que ha rondado mi vida, qué infeliz me siento.
-La respuesta, como dice el amigo Bob Dylan, está en el viento. ¿Alguien más?
-Pido la palabra.
-Hable, Vega.
-Gracias, señor Presidente. La china es muy re buena porque, como ya se dijo recién, tiene la zorra chica. A mí me gustarían las chinas si no fueran tan peladas de sapo. Yo me quedo con el aforismo "mujer de bozo, poto sabroso". De modo que denme a mí las morenas bien peludas.
-Péscate a Mario Barakus será mejor.
-¿Alguien más? Ya va a empezar el partido. ¿Pasamos a la negra?
(Todos).
-¡Sí, señor Presidente!
-Se ofrece la palabra.
-¡Pido la palabra!
-Hable usted, Camilito.
-A mí me gustan las NEGRAS, señor Presidente, porque me gusta culiarme a las NEGRAS señor Presidente, porque las NEGRAS son poca cosa, señor Presidente, no valen nada, señor Presidente, valen menos que un paquete de cabritas, señor Presidente, las NEGRAS esas sí que son todas maracas, señor Presidente...
-¡Ofende a la raza, señor Presidente! ¡Protesto!
-Ha lugar.
-La mujer de ébano es derecha y buena gente, y si es chiquitita mejor. Tiene el mejor poto de la humanidad y si el socio Camilo habla así es porque la callampa no le llega ni a los talones a la de nuestra raza. Voto por la negra chica.
-No me llega a los talones... ¡Me llega hasta la rodilla, OSCURO!
-¿No ve, señor Presidente?
-¡Ya! ¡Me aburrí! ¡Se vota!... Pero antes, permítaseme una pequeña digresión, a la luz de lo escuchado esta tarde.
(Todos).
-¡Digresión permitida, señor Presidente!
-Gracias, y sólo como resumen. Tal parece que la moral ha teñido los colores, que son naturales y por ende, neutros o puros, de virtud o de oprobio, con los matices que van de un lado al otro del espectro. En el extremo de la virtud destaca la rubia, quien cuanto más alba sea su piel, más inocente y casta parecerá ante nuestros ojos, de allí la calentura que despierta, pues en el fondo pescarse a una rubia auténtica equivale a desvirgar a una doncella medieval. Le sigue la morena, que es la inocencia manchada, la inocencia que ya probó el sabor del placer y por lo tanto una mujer de verdad, que sabe culiar como Dios manda, con chupada de pico y entrada por el camino de tierra. Entre ambas se encuentra el híbrido de la rubia teñida; o sea, el lobo vestido con piel de oveja. Si es una de las mujeres que más calienta se debe precisamente a eso: parece inocente pero no lo es. Parece virgen pero es una maraca profesional, una mosquita muerta, una Marylin Monroe, de esas que se sorprenden de todo mientras tienen la callampa metida en el sapo. La pelirroja es el color extravagante y por ende, raro. Despierta la curiosidad, mas luego de que ésta ha sido satisfecha, digo la curiosidad, no la pelirroja, porque he sabido que las pelirrojas son de culiar el día entero, el color pelirrojo pierde su poder ya que detrás de éste no hay significante alguno. La china, o raza amarilla, despierta el apetito más que por su color, por su fragilidad corporal y su teta pequeña, como de niña. Si se fijan bien, el chino no es un color. No existe el color chino en la acuarela. Lo que distingue a la china y provoca en ella es su oblicuidad visual y el largo y diámetro del sapo, que es más reducido que el de otros colores. O sea, su aparente inocencia, que proviene de su forma natural y no de un disfraz, como la rubia teñida. Viene finalmente la negra, que representa la suciedad, la bajeza y por lo tanto, la vulgaridad, la lascivia y la concupiscencia. No hay negra que no sea caliente, piensa normalmente uno, pero se trata de un prejuicio atribuido expresamente a su color, no nos engañemos.
(Silencio en la sala. Luego, aplausos).
-Y ahora, se vota. ¡Por la rubia!... secretario, cuente.
-Seis... siete... ocho votos, Su Excelencia.
-¡Por la morena!
-Cinco... seis... siete... ocho... nueve votos, Su Señoría.
-¡Por la pelirroja!
-Dos votos, señor Presidente.
-¡Por la china!
-Tres... cuatro... cinco votos, Su Excelentísima Señoría.
-¡Por la negra!
-Uno... dos. Dos votos, señor Presidente.
-¿Camilito? ¿Usted? ¿Votó por la negra?
-Esteee... sí, señor Presidente... lo admito... ¿no podía ser secreto el voto?
-A ustedes no hay quién los entienda. ¡Se levanta la sesión!

Monday, January 08, 2007

Nuevas técnicas para poner los cuernos y de paso hacerle el quite, en la medida de lo posible, al papel de alce

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... y... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura al acta, si lo tiene a bien.
-Cómo no, señor Presidente. Puntito único: "Nuevas técnicas para poner los cuernos y de paso hacerle el quite, en la medida de lo posible, al papel de alce".
-Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Yuyul.
-Yo creo que el Club se está chacreando, Ilustrísima Señoría. Han entrado muchos socios nuevos que vienen a puro huevear.
-Nómbrelos.
-Es una acusación al voleo, señor Presidente. No deseo enemistarme con nadie.
-¿Y para qué lanza entonces la acusación?
-De picado, señor Presidente. Es que me nace la nostalgia de recordar tiempos idos, cuando este Club lo integrábamos apenas cuatro personas: Usted, quien habla, Pollo Loco y Arado Guerra, también conocido como Batallón Campesino. Los temas eran más simples: cómo limpiar la bufanda de quesillo, cuál fue la mejor cacha de la vida, por qué las mujeres se hacen las cartuchas antes de entregar el sapo y cosas como ésas...
-Las grandes empresas nacen así, socio Yuyul. La historia, téngalo por seguro, lo recordará como uno de los fundadores de esta sana logia y no habrá quién lo desmienta. Sus aportes, demás está decirlo, siempre han figurado entre los más atinados. Consta en actas.
-Gracias, señor Presidente. Me tranquiliza.
-¿Desea hacer la primera intervención de la tarde?
-Sí, señor Presidente. Para decir que cada día está resultando más difícil engañar a la iñora.
-¿A qué lo atribuye?
-A que la callampa ya no es la misma de antes, señor Presidente.
-¿Se le achicó?
-Podría decirse que se está achicando. Parece callampa de biafrano.
-He hojeado libros y tengo dudas sobre la verdadera naturaleza de la callampa del biafrano. Una cosa es estar desnutrido y otra, tener la callampa chica. Hay imágenes de biafranos, etiopes y otros negros por el estilo en que éstos se advierten desfallecientes, pero con llamativas corontas. Las lecturas de grabado suelen rezar así: "Nótese la hinchazón desproporcionada del cabeza de haba".
-Tiene razón una vez más, señor Presidente.
-¿La suya está muy esquelética?
-Está en los puros huesitos. Parece bombilla de mate.
-En el centro venden una bomba de vacío para engordarla. Hay varios modelos.
-Ya probé con eso, señor Presidente. Me costó un dineral, pero cuando metí el filorte en la bomba, la bomba se largó a reír. ¡Le juro que me habló, señor Presidente!
-¿Ha probado con la pastillita azul?
-Así es, lo he hecho repetidas veces, Maestro Perfecto. Funciona, para qué negarlo, se para y queda dura. Pero no es que se agrande mucho, le voy a decir. ¡Y puta que duele la cabeza!
-Señor Presidente...
-¿Quién habló?
-Yo. Aquí.
-Diga usted, Paredes.
-Endenantes se acaba de aludir a mi raza, Dignísimo Capitán General, y deseo hacer los descargos correspondientes.
-Está bien. Tiene un minuto, porque ya nos estamos desviando de nuevo del tema en tabla.
-El hombre de color no es ningún muerto de hambre, señor Presidente, como aquí se ha insinuado. Hay hombres de color ricos y famosos. Por dar sólo algunos nombres: Teófilo Cubillas, Idi Amín Dada, Mobutu Sese Seko, Mohammed Alí, Pelé, Coutinho, Didí y Zagalo.
-Zagalo era blanco.
-¿Zagalo no era el puntero izquierdo del Santos?
-No, ese era Pepe. Pero Pepe también es blanco.
-Entonces lo confundo con Garrincha, señor Presidente. ¿Cuál era el de la callampa de 30 centímetros?
-Garrincha.
-Ese entonces.
-Callampa de biafrano rico.
-¡A callar! ¿Era todo lo que tenía que decir por ahora, Paére?
-Sí, señor Presidente.
-Bien, se ofrece la palabra.
-Aquí.
-Ah, socio Moore. Adelante.
-Retomando el tema antes de que el señor Paredes interviniera con su sabia ponencia, me parece que el nostálgico socio Yuyul confunde el tema de esta sesión. No se ha propuesto, que se sepa, debatir el tema del achicamiento de la corneta, sino qué nuevas técnicas de infidelidad pueden aportar los socios y al mismo tiempo qué consejos nos pueden dar para evitar ser engañados.
-Debo concederle la razón, socio Moore.
-Gracias, señor Presidente.
-Pasemos al primer aspecto del tema en tabla; vale decir, nuevas técnicas de infidelidad. ¿Desea aportar algún dato, socio Moore?
-Desearía aportar uno solo, pero infalible, Ilustrísima Señoría. Consiste en sacar a pasear al perro, dejarlo amarrado a un árbol, subir a pegarse una cacha al departamento de la vecina, bajar, desamarrar al perro y volver a casa. Todo eso, por reloj, toma una hora exacta.
-¿Contando el paseo?
-Contando el paseo.
-¿Cuánto toma el paseo?
-40 minutos, señor Presidente.
-¿Cuánto le toma subir y bajar?
-Cinco minutos para subir, cinco para bajar. Es un ascensor lento, que pasa tarde mal y nunca, señor Presidente. Total diez minutos.
-¿Cuánto le toma el saludo de rigor?
-Tres minutos. Incluyendo el besito, la corrida de mano y la chupada de teta.
-¿Teta o tetas?
-Una teta nomás, señor Presidente. La otra se la cortaron cuando la agarró un cáncer.
-Vaya vecina la suya. Pero sigamos, ¿cuánto le toma desvestirse?
-Cuatro minutos. El problema son los cordones, señor Presidente. Con los nervios, fijo que se me hace un nudo ciego. No pocas veces he tenido que culiar con zapatos.
-¿Cuánto le cuesta que se le pare?
-Dos minutos.
-Llevamos... 59 minutos. ¿Y la cacha?
-Con un minuto basta y sobra, señor Presidente. Si no, el perro se empieza a poner nervioso.
-Señor Presidente, la palabra.
-Hable, Pollo Loco.
-Ser infiel no es problema, el problema es no ser descubierto.
-¿Lo han pillado?
-Una vez la iñora entró a la cocina y yo justo me estaba afilando a la empleada. "¡Te pille, papá!", me dijo.
-¿Y qué hizo usted?
-Le dije: "Mamá, no es lo que piensas".
-¿Y le creyó?
-Me creyó.
-¿En qué posición estaban?
-Ella patas abiertas sobre la mesa y yo a poto pelado con la diuca adentro.
-¿Y no le dijo nada?
-No, pero varios días después, leyendo una revista de mujer, se largó a reír porque una modelo confesaba que había hecho el amor encima de una mesa. "¿De qué te reís, mamá?", le pregunté. Y me dijo: "Mira la cuestión que inventó esta tonta, papá". Yo leí, tragué saliva y le dije: "No leái huevás, mamá".
-¿Qué lección saca de esto, Pollo Loco?
-Que a las esposas hay que puro culiárselas estilo misionero.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Matas.
-A propósito de lo que dice el socio Pollo, quisiera señalar que hay que negar hasta el final.
-Está bien, pero... ¿qué desea APORTAR?
-Eso, señor Presidente. Hay que negar hasta el final.
-¿Nota, estimado socio, que la palabra aportar fue escrita en mayúsculas?
(Traga).
-Sí noto, Ilustrísima... por eso digo que hay que negar hasta el final.
-¿Alguien desea usar la palabra?
-Yo, señor Presidente.
-Ah, Camilito. Diga usted.
-La infidelidad menos arriesgada es la que se practica con las niñas de la noche. Yo acostumbro a llevarlas en mi auto a una calle poco transitada y siempre me ubico bajo un poste de luz. Así se evitan asaltos.
-Pero los pueden ver.
-No importa, señor Presidente. Prefiero que nos vean a que me cogoteen.
-Sabia medida, Camilito.
-Una vez mis pasos se encaminaron a Irene Morales 11, señor Presidente. Ahí me gusta ir porque las damas le hacen un procaz desfile a uno en paños menores, uy. Luego uno se decide.
-No es estrictamente el tema en tabla, pero siga, por favor.
-Una vez hecha mi elección ella me llevó de la mano a la pieza correspondiente.
-Describa la pieza.
-En un ángulo superior de la habitación, un ventilador con un calzón colgando. Luego una cama sin sábanas ni frazadas, una colcha llena de hoyos de cigarros, un velador que sirve para dejar los lentes, y un espejo en la pared. Ah, y un rollo de papel confort casi con el puro cartón.
-¿Bacinica o cantora?
-No, señor Presidente.
-Continúe.
-Estábamos en lo mejor y con la calentura se me ocurrió pedirle que me diera un beso. Esto ya lo he dicho antes. La dama se enojó. Dijo que ella no hacía esas cosas. Yo acepté y me fui cortado humildemente, pero con algo de resentimiento, debo confesar.
-¿Cómo es irse cortado con resentimiento, Camilito?
-Es irse cortado sin decir "te quiero" ni "cásate conmigo", señor Presidente.
-Para culminar su exposición, ¿nos podría ilustrar sobre las ventajas de la infidelidad con meretrices?
-A saber son cuatro, Gran Maestro. 1.- Se planifica y se lleva a cabo a la hora que uno quiere. 2.- No dan boleta; o sea, no quedan rastros. 3.- Después las damas no andan llamando por teléfono. 4.- El quetejedi queda satisfecho. Y aunque usted no me lo preguntó, y con todo respeto, Excelentísma Señoría, desventajas cuento dos: 1.- Siempre estiran la mano, aunque lo hagan por amor. 2.- El sapo tiene olor a cloro.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Adelante, Vega.
-He escuchado hasta el momento sólo obviedades, Maestro Perfecto. Permítame hacer algunas contribuciones de verdad.
-¡Cómo no! Intervenciones de ese calibre son las que le dan el sentido a nuestra asociación.
-Mi experiencia en el ámbito policial me ha enseñado que la mejor infidelidad, así como el mejor crimen, se deben cometer en el lugar más inverosímil, en el menos esperado. Y éste es, por supuesto, la propia casa, pero con un importante agregado: la iñora debe estar presente.
-¡Eso es el harakiri!
-No, señor Presidente. Concuerdo en que hay una cuota de riesgo, pero todo consiste en hacer bien las cosas. Y lo primero es, naturalmente, elegir bien a la mina. Ahora desarrollaré un diálogo conmigo mismo, si se me permite.
-Se le permite en aras de su locura creativa, Vega.
-Bien, ahí voy: ¿Cuál es la mina perfecta para el acto de infidelidad, querido Watson? No sé, Sherlock. Elemental, querido Watson: ¡La mejor amiga de la iñora! Lo admiro, Sherlock, pero ¿dónde se la afilaría para que no se note? Elemental, querido Watson: ¡delante de la iñora! Imposible, Sherlock, no se puede. ¿Cómo que imposible, querido Watson? Vea usted: ambas mujeres comparten en el living, entra el varón, saluda a las dos, le cierra un ojo a la amiga, se sienta y después de tantear el terreno les propone que se cambien los vestidos, porque le tincó que las dos tienen la misma talla. Ambas se miran y dudan, ya que siempre una encontrará que la otra está más gorda. El varón instala un biombo, de modo tal que mientras la iñora se prueba el vestido él se afila a la amiga. Si la iñora sale del biombo él puede estarse pescando a la amiga por detroit, haciendo como que le afirma el vestido. De seguro la iñora sólo estará concentrada en la comparación de las tallas.
-La palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Pastene.
-Esta técnica se basa en el seguimiento y me la enseñó un detective privado. Consiste en despertar expresamente las sospechas de la iñora y una noche cualquiera, mientras ambos miran el reality, usted comenta que escuchó hablar de una agencia de detectives que hace seguimientos a los maridos infieles. Fijo que la iñora llama el día siguiente y el detective, informado de todo, se ofrece para hacer el trabajo por una suma módica. Luego de dos semanas le entrega su informe, con inocentes fotos. Uno queda absolutamente blanqueado. El dinero se comparte entre el detective y uno, y la parte de uno sirve para el motel.
-¿Alguien más?
-Yo, señor Presidente.
-Hable, Paredes.
-Mucho miedo noto entre esta manada de Macabeos culiados, señor Presidente...
-Señor Paredes, un insulto como ése no se le permite en esta sala.
-Entonces lo cambio por manada de Macabeos chuchesumadres, Ilustrísima.
-¡Cállate negro!
-¡Kunta Kinte!
-¡Shaka Zulu!
-¡Thelonius Monk!
-¡Mandela el Malo!
-¡Lumumba Katanga!
-¡Katanga Lumumba!
-Atacan a mi raza, señor Presidente, y de paso me proporcionan más nombres a mi lista de hombres de color.
-Usted se lo ha buscado, Paredes. Y los demás, ¡a callar! Sobre todo Camilito.
-Yo sólo dije bemba, Ilustrísima.
-Prosiga, Paredes, pero sin insultos.
-Decía, Gran Maestro, que nuestros socios no están actuando como hombres. Yo me piso a una mina y qué fue. Llego a la casa con olor a choro y si me da para otra cacha le digo a la iñora que se eche.
-Le recuerdo, socio Paredes, que estamos aportando técnicas de infidelidad. Lo suyo no es un aporte.
-¡Claro que sí, señor Presidente! Mi aporte es justamente ése: el macho no necesita andar escondiéndose ni justificando nada.
-Es que nosotros somos macho-menos.
-Señor Matas...
-Disculpe, señor Presidente.
-Pido la palabra.
-Hable, Muguita.
-La chiva del viaje de negocios se gastó. Ahora yo uso la del auscultamiento geográfico.
-¿Qué es eso?
-Nada, señor Presidente. Usted le dice a la iñora: "¿Sabís que más? Cagué para este fin de semana". "¿Por qué cariño?", le pregunta ella, y entonces usted sale con la novedad: "Me mandaron del trabajo a un auscultamiento geográfico". Ella pregunta, con timidez: "¿Qué es eso, mi rey?" Ahí usted le tira la caballería encima: "¿Que no sabís lo que es un auscultamiento geográfico? Te pasaste, gordi". A mí me ha servido mucho.
-Creo que ha llegado la hora de reflexionar sobre el otro acápite del tema: el del temido alce.
-¡Ay hombre!
-¿Quiere hablar, Barra?
-No, señor Presidente. Yo pongo las manos al fuego por mi gordi.
-¿Usted también le dice gordi a su mujer?
-No, señor Presidente. Me estoy refiriendo a la señora de Muga.
-¿Qué te hái creído, rechuchetumadre?
-Era una broma, Muguita. Tendría que tener gusto de minero para querer afilarme al cetáceo que guardái en la casa.
-¡Señor Presidente, se burlan de mi tesorito!
-Orden en la sala.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Hable, Bombero Lacho.
-Recordaba, escuchando hablar a mis distinguidos amigos, el caso que tuve el honor de protagonizar con una profesora de inglés de ojos azules y senos voluminosos. Lo cierto es que un día, a la salida de clases, me dio un arrebato de romanticismo y le confesé: "¿Sabe, teacher? Tiene los ojos tan lindos que me dan ganas de chuparle las tetas".
-¿Le decía teacher a su maestra?
-Sí, lo encontraba más cariñoso que "profe".
-¿Qué le respondió la teacher?
-Esto es lo más curioso, Maestro Perfecto: yo esperaba un cachuchazo directo al cachete pero en vez de eso me respondió: "Vamos a acostarnos".
-¿Y se acostaron?
-Así fue, pero acostarnos es una forma de decir: me llevó a su auto, que estaba estacionado en una calle lateral, y ahí me cansé de chuparle las tetas. Los pezones los tenía cafés y le quedaron morados. Llegó tres veces, con la pura chupada. Una por cada teta y la tercera cuando le chupé las dos tetas juntas. Esa fue la que más la calentó. Yo tenía la corneta como un cautín y no me pude ir cortado porque andaba con pantalones blancos.
-¿A qué viene todo esto, Bombero?
-A que mientras yo me hacía el lindo a mi mujer la tenían ensartada dos choferes de la Variante 314.
-¿Cómo lo supo?
-Me lo dio a conocer mi detective privado. Con fotos.
-¿Por qué contrató un detective privado?
-Porque soy celoso, señor Presidente. Y además, tenía ciertas sospechas. Una noche me llamó la atención que llegara tan cariñosa a la casa, gordi aquí, gordi allá, ¿te hago un baño de tina con sales?, ¿te sirvo un whiskicito? En el baño la abracé por detrás, le levanté la falda y la miré al espejo. Mis sospechas se confirmaban: tenía los calzones llenos de moco.
-Ay hombre. ¿Y qué pasó?
-Ella me dijo "¿qué mira gordi?". Yo le respondí "tenís los calzones manchados como con moco". Ella me dijo "es que estoy resfriada, gordi, y no andaba trayendo pañuelo". Yo le creí, pero por dentro los celos me roían la mente. Al otro día contraté al detective.
-¿Qué hizo cuando tuvo las fotos en sus manos?
-¿Quiere saber la verdad, señor Presidente?
-No solamente yo, querido Bombero, sino toda la sala. ¿Es así?
(Todos).
-¡Sí, señor Presidente!
-Me corrí dos pajas, señor Presidente. No sé cómo explicarlo.
-En este club no es obligatorio que sus socios den explicaciones sobre sus conductas, por más raras que sean. En todo caso debo hacerle la pregunta de rigor: ¿cómo va su matrimonio?
-Mal, señor Presidente. Nos separamos.
-¿Y las fotos?
-Una la estoy usando como tapa de la caja del dominó. Es más dura que la de madera terciada que tenía. Con la otra todavía me macaqueo de vez en cuando.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-¿De nuevo, Paredes? Pero bien, diga.
-¿Se podrían ver las fotos?
-¿Las anda trayendo, Bombero?
-No soy tan gil como para calentar gratis a un socio del club, Maestro Perfecto, sobre todo si el socio es... albino.
-¡Me dijo negro por contraposición, señor Presidente!
-Bombero, le recuerdo que este club podrá tener defectos, pero el racismo no estaría entre ellos.
-¿No estaría o no está, Magnánimo Sultán?
-No... estaría.
-Señor Presidente...
-¿Sí, Matas?
-El otro día entré a una librería y la pared era negra.
-Orden en la sala. ¿Alguien más desea contribuir al tema en debate?
-Yo, señor Presidente.
-Diga usted, Moore.
-Todos somos alces, cual más cual menos. Hay alces reales y alces mentales. Ser alce es poseer la grandeza de admitir que la tierra está llena de culiados que tienen el pico más grande que uno.
-¡Cuánta sabiduría hay en sus palabras, socio Moore!, pero le objeto un solo punto de su argumento: sorprende saber cuántas mujeres engañan a su pareja por un culiado de pico chico.
-¿Estamos hablando de qué tamaños de picos, Ilustrísima?
-Yo he oído casos hasta de callampas milimétricas. Verdaderos maníes ambulantes... ¿manís o maníes, Aedo?
-De las dos maneras, señor Presidente.
-¿Alguien desea dar un ejemplo que corrobore este último axioma, a saber: pico grande no asegura sapo candado?
-Quiero hablar.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-Iba un día a casita más temprano que de costumbre en un taxi pagado por mí mismo, no por la empresa, cuando al entrar me sorprendió detectar movimiento entre las matas del jardín. Corrí una rama de ligustrinas y a la muy maraca la tenían ensartada. Como estaban pegados fui a la casa y volví con una tetera de agua hirviendo y los separé. Ahí me fijé que el culiado tenía la penca chica, eso me dolió. Le pregunté, le grité a la pérfida "¡por qué lo hiciste!".
-¿Y qué argumentó utilizó ella para sacarse los balazos?
-Me dijo: "El hoyo es mío y se lo presto al que quiera".
-¿Y la promesa ante el altar, Jorobabel? ¿En qué quedó?
-¿Qué promesa, Dignísimo Maharajá?
-¿No se casó por la iglesia?
-Sí, señor Presidente.
-¿Y entonces?
-Es que no era mi señora. Era la empleada. Pero la maraca me había jurado que el hoyo era mío no más... y más encima el culiado tenía la penca flaca, no como la mía que parece longaniza La Preferida, coloradita. Todavía me duele esa traición, Amo Absoluto.
-Señor Presidente...
-Diga, Yuyul.
-Las mújeres se dejan engatusar con palabras al oído. Uno les saca patos con la voz y ellas se mojan. En eso hay que tener especial cuidado porque me temo que otros canallas también lo sospechan.
-¿El canalla en general merece ser condenado?
-No sé, señor Presidente. En el fondo, nosotros también somos canallas. Esto es como un círculo vicioso de canallas. El mundo está lleno de canallas, sean éstos hombres, mujeres o cadetes.
-¿Alguien más desea entregar su modesto aporte?
-Yo, señor Presidente.
-Hable, Vega.
-Las palabras de Jorobabel son sabias, Ilustrísima Señoría, tal como las del colega Moore, no tanto las del amigo Yuyul esta vez, es mi raciocinio inicial. Es que en el fondo ellos expresan algo obvio: la mujer pone los cuernos porque hay un cuerno que uno no tiene y otro culiado sí.
-¿Qué cuerno?
-¡He allí el "to be or not to be" de la cuestión, Gran Maestro! Si yo lo supiera no andaría tan temeroso por la vida. En todo caso yo le puse un nombre: el cuerno de la infelicidad, que ya hemos visto que no es lo mismo que el cuerno de la abundancia.
-¿Le teme a la infidelidad?
-Dije infelicidad, pero en el fondo... sí, señor Presidente. Le temo. Lo admito ante esta sala como hombre que soy.
-¿Alguien más de aquí es celoso y teme ser engañado por su pareja, sobre todo en horas de la tarde? ¡Que levante la mano!
(Manos en alto).
-¡Ay hombre! ¿Y qué estamos haciendo ahora en la sala? ¡Pronto! ¡A nuestros sagrados hogares! ¡Se levanta la sesión!

Saturday, November 11, 2006

Los pros y contras de la pastilla azul y otros puntos varios

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan por favor: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se converse entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, ¿qué tenemos para hoy?
-En mi casa hay guatitas, señor Presidente.
-Menos hueveo y bórrese de actas su infantilismo.
-Una pequeña licencia, Ilustrísima, de parte de alguien tan sobrio como el que habla.
-Sáltese los prolegómenos y léanos el acta, si tuviera la bondad.
-Cómo no, señor Presidente. Puntitos varios: 1.- Instrucciones para culiar en un cementerio. 2.- Los pro y contra de la pastilla azul. 3.- ¿Es nocivo afilar cuando uno tiene ganas de hacer caca?
-Mmm, cada día hay más locos en este club. De a poco se les han ido soltando las trenzas, por lo que veo. Pero qué se le va a hacer... ¡Se ofrece la palabra!
-¡La pido, Ilustrísima Señoría!
-La tiene, Bombero Lacho.
-Un día estaba que me hacía y mi polola, con ojos de enamorada, me besó la mejilla y me preguntó: "¿En qué piensas, mi amor?". Estábamos sentados en el sofá, señor Presidente.
-¿Y qué le respondió?
-"En tus ojos de miel, mi vida", le dije, pero ya se me salía el zurullo. Con el pretexto de que me hería la vista mirarla de tan cerca le informé que iría al baño a secarme las lágrimas. Pero adentro se me salió el medio peo y después la chorrera de mojones; parecía terremoto. Tiré la cadena y regresé al sofá, pero el hoyo me había quedado doliendo y tuve que sentarme de lado. Ella me tomó los brazos con sus dos manitas y me pidió que le robara un beso. Yo estiré la trompa y se lo di, pero el hoyo me seguía doliendo, porque se me había cocido. Así que tuve que volver al baño a mojármelo en el lavamanos, porque la casa de mi polola no tenía bidé.
-Bien escatológico su comentario, amigo Bombero, diría impropio para iniciar la sesión. Pero ya que entramos al tema, sigamos en ese orden. ¿Alguien más desea hablar?
-Si se me permite, señor Presidente.
-Hable usted, Camilito.
-En mi humilde opinión, Excelentísima Señoría, no hay mejor polvo que el que se pega con el estómago vacío. Al respecto y por mi experiencia, no puedo dejar de sonreír cuando veo esas películas en que antes de que el varón le introduzca la coyoma a su enamorada, ambos disfrutan de una cena a la luz de las velas.
-Explique, Camilito.
-Punto uno, señor Presidente. Los dos afilando con tufo a vino. Punto dos, fijo que la comida tiene ajo. Punto tres, a ninguno de los dos se le ocurre llevar cepillo y pasta de dientes a una cena romántica, lo que provoca, hablo con conocimiento de causa, que en un beso uno se tope con una tira de carne en una muela ajena. Yo una vez me encontré con un trozo de espárrago y como odio el espárrago me dio una arcada en pleno beso. Mi enamorada interpretó el sonido de mi boca y mi cara de orate como un arranque de pasión y me apretó más aún contra sí. ¡Ah, qué noche...! Al final de la comida me bajó el sueño, llegamos al motel y lo único que quería era pisar rápido para echarme a dormir.
-Pido la palabra.
-Diga, Jorobabel Diéguez.
-Sabido es que el Marqués de Sade recomienda afilarse a la mina por detroit cuando esté llena de caca, cosa que el pico actué como tapón y eso provoque un intenso goce a varón y hembra. Aquella cacha recomiéndase ser pegada unas 14 horas después de haberle servido a la dama un lebrillo de porotos con mazamorra.
-¿Pasamos al otro punto?
-Momentito, señor Presidente, si tiene la bondad.
-Diga usted, colega Moore.
-La mierda pertenece a los estadios primitivos del ser humano y se la considera un paso indispendable en el tránsito hacia el buen sexo, lo ha dicho Freud.
-Lo dice Freud... lo dice Freud... ¡quién chuchas ha leído a Freud! ¡Se llenan la boca con Freud!
-Señor Paredes, le recuerdo que debe solicitar la palabra antes de hablar.
-¡Es que me ajizo cuando escucho hablar de Freud!
-¿Usted leyó a Freud, Paredes?
-No, señor Presidente.
-¿Y por qué se ajiza entonces?
-No sé, señor Presidente. Será que me acomplejo por mi ignorancia.
-Cosas así dice Freud, Paredes.
-¿Ah, sí, señor Presidente? ¿O sea que no soy un pobre negro?
-¿Qué ve aquí, Paredes?
-Una pichula con forma de lápiz pasta, Ilustrísima.
-Muy freudiano. ¿Podríamos dejar que el colega Moore continúe desarrollando su argumentación?
-Cómo no, señor Presidente. Gracias, señor Presidente.
-Siga, Moore.
-Como iba diciendo, Serenísimo Profeta, la mierda, caca o excremento es un paso previo obligado al buen sexo adulto. El problema es que muchos se quedan pegados y no salen de eso. Sin ir más lejos, el señor Spiniak. Al respecto, lo que nunca he conseguido explicarme es por qué la caca tiene olor desagradable y por qué la carne asada a la parrilla tiene olor agradable, si las dos son cosas muertas. Es más, no hay razón alguna para que la caca y el peo propios sean agradables, en tanto que los ajenos son para salir arrancando.
-Se ofrece la palabra.
-Quiero hablar.
-Diga, Pastene.
-Yo pienso que es cosa de amor. A quien más ama el creyente en el mundo es a Dios, pero Dios no hace caca: descartado. En segundo lugar está el creyente mismo: caca agradable. En tercer lugar están los hijos recién nacidos del creyente: caca tierna. En cuarto lugar está la iñora: caca medio podrida. Al final viene la suegra del creyente: un bollo con granos de choclo.
-¿Y la caca de la amante del creyente?
-He ahí un problema, señor Presidente. Yo la pondría en cuarto lugar, antes que la caca de la iñora del creyente. No sé por qué.
-¿Cada cuánto tiempo asiste a misa, Pastene?
-No, señor Presidente, yo soy agnóstico.
-¿Y piensa usted que ser agnóstico es una excusa para faltar a misa?
-Eso escuché, señor Presidente.
-Señores, esto no puede continuar. Se pasa al punto uno, Instrucciones para culiar en un cementerio, y se ofrece la palabra. Quién dijo yo.
-Yo.
-Yo qué.
-Yo, Ilustrísima Señoría.
-Hable usted, Vega.
-Tratándose de un tema tan extraño como ése, yo diría que para culiar en un cementerio no hay cosa mejor que los pabellones ubicados en el subterráneo. Nadie cacha.
-Nadie cacha cuando echái cacha.
-¡Cállate, negro de mierda!
-¡Vega me dijo negro in fraganti, señor Presidente! ¡Ese privilegio lo tiene solamente Camilito!
-Usted se lo buscó, socio Paére.
-Y además no le dije negro in fraganti, Ilustrísima. Le dije grone no más.
-No, me dijiste grone de dámier in gántifra, Gave liadocu.
-¿Mestái viandóhue?
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga, Yuyul, imponga la durácor, por vorfa... donper. Hable ya.
-Yo conocí a un amigo conocido como el Vampiro Quiroz. Un día lo pillaron afilando dentro de un nicho desocupado. Otra vez se metió adentro del cajón de una funeraria con una mina a la que le faltaba un tornillo. El Vampiro me contó que primero la loca no quería porque dijo que a ella le gustaba hacerlo de lado, pero después el Vampiro la puso patita al hombro y se entusiasmó hasta que se fueron los dos al suelo con cajón y todo. En ese momento la loca agarró un cirio de bronce y se lo quiso ensartar en la raja al pobre Vampiro, que para estos efectos había arrendado una capa roja. "Te voy a exorcizáte", le decía la loca caliente.
-Perdón, señor Presidente, ¿puedo hablar?
-Diga, Urzúa.
-Cuando estuve en El Salvador me fijé que allá en los cementerios había una campaña para combatir el dengue, por lo cual se prohibía el ingreso de flores naturales con recipientes con agua. Un instructivo recomendaba utilizar arena o aserrín húmedos.
-¿Y a pito de qué dice eso?
-Cultura general, Maestro Perfecto.
-Diga algo relacionado con el tema o calle la boca, por favor.
-En relación con el tema, señor Presidente, pienso que hacer el amor dentro de los camposantos es otro signo más de la corrupción política que vive nuestro país y que se manifiesta sobre todo en los partidos del bloque gobernante o de la coalición, como se le llama.
-¡Vaya al punto, por favor!
-Nunca he culiado en un cementerio, señor Presidente.
-¿Alguien desea hablar o se pasa al punto dos?
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Muguita.
-En Rancagua pillaron a la vieja de las flores culiando detrás de la tumba del Tito Lastarria. Un guatón la tenía ensartada. Era un enterrador. Eso demuestra que los cementerios vibran, señor Presidente.
-La palabra.
-Hable, Sargento Roldán.
-Me contaron que en Capitán Pastene violaron una tumba del cementerio italiano. Ahí tiene. Otro exceso sexual.
-¿Violar la tumba o violar el cadáver dentro de la tumba?
-Violar la tumba entera, señor Presidente. ¿Se imagina la media corneta?
-Antes de pasar al punto dos, una pregunta sobre un tema del que alguna vez se habló tangencialmente. ¿A alguno de los miembros de este Club le gusta afilar cadáveres? Que levanten la mano. Sin dar nombres.
-Uno... dos... ¿Dos? Pues bien, entreguen sus argumentos. Repito. Sin dar nombres. Se concede la palabra.
-A mí me gusta culiarme a las muertas porque no reclaman. Las puedo poner en las poses que yo quiero y se quedan firmecitas. Y de llapa son fétidas, señor Presidente. Cuando me voy cortado me gusta decir "mijita rica".
-Yo lo hago por comodidad, Ilustrísima Señoría. Vivo al lado del cementerio y en la noche, cuando ando medio cufifo, salto la pandereta y busco el funeral del día. No importa si es hombre o mujer, lo que importa es que sea muerto. ¿Será pecado meterse al cementerio de noche, Su Señoría?
-Vamos al punto dos de inmediato, porque ya estoy sintiendo olor a flores.
-Son flores de verdad. ¡Periquito anda con un ramo de claveles porque está de aniversario, Ilustrísima!
-¿Verdad, Periquito?
-Así es, señor Presidente. Le compré rosas rojas a la iñora.
-No sé si felicitarlo o compadecerlo.
-Felicíteme y compadézcame al mismo tiempo, Ilustrísima.
-¿Ama usted a su esposa, Periquito?
-¿Puedo confesarlo aquí, señor Presidente?
-Confíe usted. Esto no saldrá de estas cuatro paredes. ¿Lo juráis?
(Todos).
-¡Lo juramos, Ilustrísima Señoría!
-Puede hablar, Periquito. ¿Ama usted a su esposa?
-La respuesta de todo corazón, señor Presidente, es: no sé.
-Bien. Se ofrece la palabra sobre los pro y contras de la pastilla azul.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-La tiene, amigo Pastene.
-Me duele la cabeza, señor Presidente.
-Ay hombre, me imagino el dolor.
-Tomé la famosa pastillita en la mañana y ahora ando peor que si me hubiera pegado una curadera con pipeño.
-¿Copuló?
-Sí, señor Presidente, me eché dos cachas casi al hilo, pero mientras estaba culiando puta que me dolían las dos cabezas. La del pico parecía fierro fundido y la cabeza de arriba, ¡puta que me dolía!, reitero, Ilustrísima.
-Para un dolor como el suyo se aconseja una caja entera de Kitadol o en su defecto, Aliviol combinado con una taza de Fosfatina Falier.
-No se burle de mi testa un tanto desproporcionada, señor Presidente. Acuérdese que ya viene la Teletón, y esa sí que es cabeza. Pero resumiendo: todavía me duele y no sé qué es peor: que no se pare tanto la callampa o que se pare mucho y cague el mate.
-En serio, ¿no ingirió paracetamol, Jibarito?
-Dicen que hace mal, Ilustrísima.
-Lo que hace mal es la aspirina. El paracetamol equilibra.
-¿Alguien me puede convidar un paracetamol?
-Yo tengo, cabezón. Tómate dos altiro.
-Gracias, guatón.
-Tómatelas con un vasito de agua. Aquí tení.
-Gracias, Bombero.
(Glu glu).
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Tiene la palabra el socio Moore.
-Gracias, amigo Presidente. Cada vez que mi bajo vientre recibe el llamado de la selva, mi raciocinio trabaja con la siguiente hipótesis: si el contacto sexual tiene su razón de ser en una acción de naturaleza animal, ¿por qué el Julio Martínez con beatle no se erecta como es debido y el varón debe ingerir una dosis de viagra para satisfacer dicho llamado? Lo primero que hago entonces es descartar las causas biológicas o de tipo médico que generan la impotencia, como serían aquella intervención a la próstata en que el galeno pasa a cortar el nervio, la hipertensión, el bloqueo de las cavernas picales y otras largas de enumerar. Paso luego a concentrarme en aquéllas que provocaban el insomnio a Freud, vale decir, las causas sicológicas o mentales.
-Interesante introducción, amigo Moore, pero ¿puede ir al grano?
-Hacia allá me dirijo, Ilustrísima Señoría. Como decía, si el problema de impotencia radica en las causas mentales, mi razonamiento deduce que dichas causas pueden estar originadas en factores internos o externos, siendo los internos los llamados "traumas de la niñez" y los externos, principalmente dos, las dificultades que genera en la líbido del sujeto una imagen asociada a fenónemos no eróticos y el efecto rutina.
-Explique, por favor, con ejemplos. Pero le rogaría brevedad y claridad.
-Cómo no, Maestro Perfecto. Partamos con el efecto rutina, que es más fácil de explicar. Si usted echa la misma cacha con la misma mujer y con la misma postura todos los santos días, ¿se le para el pico?
-A mí sí.
-¿Quién le dio la palabra a usted, Periquito?
-Perdón, señor Presidente. Se me salió.
-Se nota. Abran la ventana.
-¡Ya, paren el hueveo! Continúe, Moore.
-Me torpedean la exposición, y con lo que me ha costado memorizar el argumento. No se imagina lo que ensayé anoche, Ilustrísima.
-Prosiga, por favor.
-Prosigo... ¿se le para el pico? No, señor, se le deja de parar, debido al efecto rutina. Aunque otros teólogos, perdón, otros investigadores sostienen lo contrario: que la repetición genera un efecto instantáneo de excitación, cual efecto Pavlov. Bastaría entonces comenzar la rutina para asegurar que la cacha llegará a buen puerto.
-Hay allí una contradicción, Moore.
-Usted lo ha dicho, sabio Mandamás. Yo he sometido esta contradicción a una prueba estadística y me dio el siguiente resultado: a tres culiados se les deja de parar y a un culiado se le sigue parando.
-¿Cuáles son los datos técnicos de la muestra?
-La muestra fue hecha anoche a cuatro culiados, señor Presidente. Y esos fueron sus resultados. De lo que desprendo que el efecto rutina es perverso y aconseja variar al menos la postura una vez a la semana, si no se puede variar la mina; o tomar la famosa pastilla azul, si la imaginación del culiado no es tan poderosa.
-¿Cuál sería esa razón más rara que dio?
-¿La que denominé "las dificultades que genera en la líbido del sujeto una imagen asociada a fenómenos no eróticos", Ilustrísima Señoría?
-Esa misma.
-Muy fácil, señor Presidente. Usted ve un culo blanco, largo y arrugado y se imagina entonces el culo de una vaca comiendo pasto. Si usted no es zoófilo, como el 95 por ciento de los seres humanos, dicha imagen será transmitida a su cerebro como una imagen no erótica y el cerebro se negará a ordenarle al pico que se ponga de pie. Del mismo modo, si usted observa un culo de mulata hecho a mano en cuatro patas sobre una cama pero en la misma pieza hay un jardinero con un par de tijeras abiertas, su corneta también se negara a erectarse, como acto inconsciente de defensa. Pero he aquí el milagro, que reemplaza el consumo de la pastilla azul: basta sacar las tijeras de la pieza para que el miembro viril vuelva a activarse. Y si además sale el jardinero la erección es completa.
-Ahora me lo explico todo...
-¿Qué se explica, Pollo Loco?
-Por qué al jardinero no se le para.
-¿A qué jardinero?
-Al que va a cortar el pasto a mi casa, Ilustrísima.
-¿Y cómo sabe que no se le para?
-Porque me lo confesó de repente. Estaba cortando el pasto y me dijo "no se me para, Don Pollo". Yo le dije "¿qué no se le para, maestro?". Y me dijo "la cosa, Don Pollo". Yo le dije "¿se le está quedando la patita, maestro?". Y me dijo "No, Don Pollo, simplemente no se me para". Y yo le dije "¿Y por qué no se le para, maestro?" Y me dijo "No sé, Don Pollo", y siguió cortando el pasto. Yo ahora creo que guarda la máquina de cortar pasto en el dormitorio...
-Ah... puede ser.
-A Moore le faltó hablar de los traumas de la niñez, señor Presidente.
-Tiene razón, secretario. ¿Qué pasa con los traumas de la niñez, Moore?
-Ah, esos no tienen vuelta, señor Presidente.
-¡Pido la palabra!
-Diga, Bombero Lacho.
-Mi experiencia con la pastilla azul fue la siguiente. Me la tomé a las tres de la tarde y el efecto me duró hasta las nueve de la noche.
-¿Cuántas cachas echó?
-Ninguna, señor Presidente.
-¿Y entonces?
-Es que quería probar.
-¿Y cuál fue el efecto?
-El mismo del Jíbaro Pastene, Su Señoría. Anduve seis horas con la boca seca y un hachazo en la frente.
-Señor Presidente.
-¿Sí, Matas?
-A propósito, le recuerdo que van a dar la repetición del partido del Colo.
-Tiene razón. Una intervención más y se levanta la sesión. ¿Alguien desea hacer uso de la palabra?
-Yo, señor Presidente.
-Hable usted, Castrili.
-Para qué estamos con cosas, Ilustrísima Señoría. Todos hemos usado la pastillita en algún momento y lo hemos hecho para asegurarnos de que la cacha llegue a buen puerto, como se dijo recién. Es un asunto, más que de inseguridad personal, diría yo de sensata precaución.
-Eso contradice un poco lo que ustedes mismos han declarado, y esto es que el objetivo masculino es obtener el goce a como dé lugar, sin importar el placer de la hembra.
-Ese es el objetivo clásico, Maestro Perfecto, pero como están los tiempos hoy en día hay que concederles algunas licencias a estas maracas. Si no no lo hacemos no sueltan el choro. Y si no sueltan el choro, obligados a corrernos la paja. Y eso termina por aburrir.
-Bien hablado, bien terminado. ¡Se levanta la sesión!

Saturday, October 14, 2006

Por qué los hombres se lo pasan pensando en pisar y las mujeres no tanto

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. Señores socios, a la cuenta de tres digan: "Sí, juro" o de lo contrario váyanse ahora mismo de esta sala. ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, proceda a dar lectura a la tabla.
-Puntito único de nuevo, señor Presidente. "Por qué los hombres se lo pasan pensando en pisar y las mujeres no tanto".
-Bien. Se ofrece la palabra.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Pastene.
-Tal como están las cosas, Ilustrísima Señoría, yo daría vuelta la pregunta, de modo que quedara o quedase así: "Por qué la mujer cuando se larga a echar cacha no hay quien la pare y por qué entonces el hombre no le hace el peso ni cagando".
-Sospecho hacia dónde se dirige su argumentación, estimado socio, pero de todas formas me gustaría que aclarara bien el punto.
-Se trata, señor Presidente, de un problema de aguante. Sabido es que la mujer no bota moquillo y sabido es también que el moquillo es la energía del hombre. El hombre que tiene todo el moquillo en los cocos es un hombre agresivo, lleno de ganas de hacer cosas. Cuando el moquillo sale o salta, que no es lo mismo, porque a algunos les cae una gota toda cagona y otros escupen hasta tres metros, pero para el caso da igual, señor Presidente; o sea, quiero decir que cuando el moquillo es expulsado por la raya del pico el hombre se seca y pierde la energía y queda en pana, como un auto sin gasolina. Debe entonces llenar el estanque de nuevo, pero mientras un llenado de estanque en la gasolinera toma a lo más tres minutos, el llenado de moquillo en la gasolinera de los cocos demora por lo menos media hora. Aún así está el problema de las ganas...
-¿Qué hay con las ganas?
-Las ganas, señor Presidente, en efecto, usted lo ha dicho. Pueden haberse llenado de moco de nuevo los cocos, o higos, pero eso no significa que a uno le den ganas de culiar otra vez. Como que la espinilla en el poto de la mina empieza a dar una cosa, al igual que el rollo de Fanta, el olor a zorra, las várices en las piernas, los pelos en las tetas. En la primera cacha uno ni se fijaba en eso, pero en la segunda esos pequeños detalles comienzan a adquirir cierta importancia.
-Lo noto inspirado, estimado socio.
-Vengo de pegarme una cacha, Ilustrísima, y cuando la vieja iba para la segunda como que me anduve arrepintiendo y mejor me vine a la sesión. Encontré que era más divertido. Incluso, le juro, señor Presidente, en un momento dado me pregunté: "¿Qué chuchas estoy haciendo en pelotas con esta vieja culiá?".
-¿Era... vieja, o está hablando de su señora esposa?
-No, era una vieja, Sabio Superior. O sea, es un decir, señor Presidente. Si tener 72 años es ser vieja, digamos entonces que era vieja, aunque ahora que me están dando las ganas de nuevo no me parece tan vieja.
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Diga, Vega.
-Convengo en que acabamos de escuchar una exposición magistral del jibarito Pastene, pero en honor a la verdad, no es ése el tema de la tabla.
-¡Pero si toqué el tema, Vega!
-Lo tocaste, cabezón, pero te fuiste por las ramas.
-¿Cómo que por las ramas? Fui al meollo.
-Ráscame el hoyo.
-¡Orden en la sala!
-Perdón, Ilustrísima, me dio la cosa.
-Señor Verga, perdón, Vega, le advierto que de continuar con esas bromas se le mostrará la tarjeta azul.
-¿La del viagra, Su Señoría? ¡Muéstremela altiro, mire que tengo una cita en dos horas con la misma vieja del cabezón! Es como tonta pal pico esa vieja, Ilustrísima. Hay que sacárselo con papeles prendidos.
-La tarjeta azul es la del hockey, Vega. Significa expulsión de la sala por dos minutos. Y ya que sigue con las bromas... ¡tarjeta azul!
-Obedezco el castigo como un humilde siervo de mi adorado Señor. Avíseme cuando haya terminado el tiempo, porque quiero decir algo importante, Ilustrísima.
-Pierda cuidado. Nuestro secretario ya está con el cronómetro en la mano.
-Yo le veo la mano en el bolsillo, señor Presidente.
-¿Usted también, Matas?
-¡Pero si es verdad, no es broma, señor Presidente! ¡Tiene la mano en el bolsillo!
-Tiene razón. Señor secretario, ¿qué hace usted?
-Es que el coco derecho se me pegó en la pierna con el sudor, señor Presidente. Me lo estaba despegando, con todo respeto.
-Cronometre, por favor.
-Ahora sí, señor Presidente... van cinco segundos.
-¿Alguien desea dar una opinión acerca del tema en tabla?
-Pido la palabra.
-Diga usted, Castrili.
-Las viejas son harto culiadorazas, señor Presidente. Parece que con los años la concha se les va secando hasta que empieza a echar humito. O será que la nostalgia del pico esquivo las pone ansiosas y pierden la vergüenza. Ahora último está de moda que las viejas afilen con cabros chicos de hasta 35 años, señor Presidente.
-Esos ya no son tan chicos.
-Somos niños de pecho, señor Presidente.
-Disculpe usted, Castrili, que lo saque de su argumentación, pero le recuerdo que ése no es el tema en tabla.
-Fue una pequeñísima digresión, Maestro Perfecto.
-Quiero hablar, señor Presidente, si me lo permite usted.
-Hable usted, Camilito.
-Disculpe, señor Presidente...
-¿Sí, señor secretario?
-Se completaron los dos minutos.
-Gracias... ¡que entre Vega!
-Gracias por dejarme ingresar a la sala otra vez, señor Presidente. Quería decir...
-Momentito, señor Vega. Está usando la palabra Camilito. Prosiga con su argumentación, Camilito.
-No he empezado, Maestro, y si lo estima usted le dejo la palabra...
-No, no, haga uso de ella nomás.
-Gracias, señor Presidente. Quisiese acotar que si el hombre parece más caliente que la mujer es porque cuando el pico se para se ve en el pantalón, a menos que se trate de un pico enano como un respetado socio de color que no voy a mencionar, pero que voy a mirar levemente...
-¡Me está diciendo negro, señor Presidente!
-Camilito, le ruego que retire sus palabras o me veré obligado a mostrarle tarjeta azul.
-Retiro mis palabras en lo que se refiere al color negro, mas no al quetejedi.
-¿Está conforme, socio Paredes?
-Más o menos nomás, señor Presidente. Me tinca que Camilito me está cagando, pero no adivino el porqué.
-Prosiga, Camilito.
-Gracias, Ilustrísima. Si se fija bien, y exceptuando ese detalle, hombre y mujer quedan en la misma posición, con lo cual quiero afirmar que hombre y mujer son tan calientes el uno como el otro y es la forma de expresar esa calentura lo que los diferencia.
-¿Cómo expresaría la calentura la hembra, querido socio?
-Yo me he venido fijando con los años, señor Presidente, que la mujer caliente mira de lado. También me he fijado que la mujer caliente habla menos que de costumbre, y dice cosas en clave.
-¿Podría darnos un ejemplo?
-Muy personal, Ilustrísima. Era yo muy joven y manejaba una moto. Invité galantemente a mi polola a dar un paseo al río y cuando estábamos a la orilla del río ella, que andaba con minifalda, empezó a gatear como buscando una flor y mirándome para atrás me dijo lo siguiente: "Camilo, ¿cuando tú eras un niñito jugabas al papá y a la mamá?".
-¿Cree usted que se le estaba insinuando de caliente que estaba?
-Tengo mis dudas.
-¿Y qué le dijo usted?
-Le dije: "¡Por Dios, mi linda, cómo se le ocurre, esos son juegos de niñas!"
-¡Me dijo que tengo la callampa enana, señor Presidente!
-¡Qué le pasa a usted, Paredes!
-Me cayó la teja, señor Presidente. El conchesumadre de Camilito me acaba de decir que tengo el filorte extremadamente pequeño.
-¿Eso es un insulto o se trata de una verdad, socio Paredes?
-Voy a pensarlo, señor Presidente.
-¡Pido la palabra!
-¿No hay otro que hable?
(Silencio).
-Pues bien, diga usted, Urzúa.
-Gracias, señor Presidente. Hace tiempo que deseaba referirme a este asunto, pues tengo varios descubrimientos que hice en El Salvador.
-¿Qué aprendió de los indios pipiles, se puede saber, corto y preciso?
-Aprendí que los indios pipiles andan con un taparrabos con trompita para que no se les salga el miembro viril al aire y de ese modo no se lo pasen a llevar con una mata de plátanos. Las indiecitas, por su parte, escogen el pipil más grande cuando andan con la zorra hirviendo. Es una vida muy natural, señor Presidente.
-Gracias... gracias. ¿Alguien más?
-Yo, Ilustrísima.
-Diga, Pollo Loco.
-El hombre es más caliente porque tiene más fuerza y es un cazador por naturaleza. La mujer se calienta pero lo que realmente le interesa es casarse y tener bebés. Si fuera por el hombre, se echaría unas tres cachas diarias. Si fuera por la mujer, se echaría una cacha al mes.
-¿Puedo agregar algo, Ilustrísima?
-Agregue, señor Moore.
-El hombre es más caliente porque tiene la obligación de andar esparciendo hijos por el mundo, en tanto que la mujer es menos caliente pero dura más porque tiene que recibir en su matriz toda la cantidad de espermatozoides que pueda, por si las moscas. En otras palabras, mientras un hombre puede echarse tres cachas al día, la mujer puede echarse ocho cachas a diez cachas en una hora, pero después de eso puede vivir perfectamente en abstinencia, guardándose las cachas como el camello se guarda el agua en la joroba.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Jorobabel Diéguez.
-La ciencia demostró hace mucho tiempo que los camellos no guardan agua en la joroba.
-¿Qué quiere decir con eso?
-Que del mismo modo no está demostrado que la mujer guarde moco en la zorra para los tiempos de escasez.
-Nadie ha dicho eso.
-Creí haberlo entendido así, Amo Absoluto.
-Se equivocó.
-Perdón, Su Majestad Perfecta.
-Señor Presidente.
-¿Sí?
-Le recuerdo que en diez minutos empieza la repetición del partido de las Marcianitas.
-¿Sí?
-... Y que en el otro canal juega Coquimbo Unido versus Huachipato.
-¡Haberlo dicho antes! ¡Se levanta la sesión!
-¡Señor Presidente!
-¿Sí, Vega?
-¿Me van a dejar hablar?
-Mmm... ¡diga lo que tiene que decir, pero rápido!
-Los hombres se lo pasan pensando en culiar aunque no se les pare, señor Presidente. Es una cosa rara, una especie de vicio de la cabeza. Es como si los sesos tuvieran la misma sustancia de la que se componen las paredes cavernosas del manguaco.
-Hombre, qué lástima. Era un tema realmente importante de haber analizado esta tarde. ¡Secretario, anótelo dentro de los puntos varios de la próxima sesión!... Vega...
-¿Sí, Profeta Iluminado?
-Cuando cierre la puerta apague la luz, por favor...

Sunday, July 30, 2006

Instrucciones para eliminar el olor a zorra de la yema de los dedos

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar? Uno... dos... tres.
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, sírvase dar lectura al acta, por favor.
-Cómo no, Excelentísima Señoría. Dice así: "El olor a zorra en la yema de los dedos puede costar el matrimonio".
-Se concede la palabra.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted.
-Con todo respeto, Ilustrísima, más parece una afirmación que un tema para debatir. Yo enunciaría el problema del siguiente modo: Instrucciones para eliminar el olor a zorra de la yema de los dedos.
-¿No vino usted a la reunión pasada, amigo Julchus?
-No, señor Presidente. Lo admito. Hace tiempo que no vengo.
-Ahí se discutió precisamente el punto.
-¿Y a qué se llegó, señor Presidente?
-A nada. Iban a dar la repetición de los mejores goles del Mundial y hubo un desbande generalizado. De modo que aprovecho su sugerencia para someterla a votación... Se vota a mano alzada.
(Se alzan las manos).
-Secretario, incorpore el cambio en actas.
-La incorporación ha sido materializada en este instante, Ilustrísima Señoría.
-Se concede entonces la palabra.
-Ya que yo la tenía y no la había soltado, señor Presidente, quisiese añadir que la cuestión que me obsesiona respecto a dicho punto es por qué diablos el olor a zorra se concentra principalmente en el dedo del corazón. Y he llegado a la conclusión que ello se debe a la simple disposición de los cinco dedos en la mano, de forma tal que el dedo del medio, también llamado Del corazón, se introduce naturalmente mejor en el sapo que los cuatro restantes, que facilitan la introducción haciendo una especie de palanca, ayudados por la palma... es un problema de física elemental, señor Presidente.
-¡Discrepo, Su Señoría!
-¡Quién dijo Yo!
-Yo, Su Señoría.
-Diga usted, Vega.
-Tal como nuestro socio y amigo Julchus presenta las cosas uno tiende a concederle la razón, pero si llevamos el asunto a la práctica, que es lo que importa, veremos que su fórmula se aplica a las minas cartuchas o a las que tienen las piernas juntas. En mi vida profesional me he encontrado varias veces con estas damas y ¿sabe, señor Presidente? No es que junten las piernas en un ánimo de rechazo a la caricia, sino que lo hacen con un propósito absolutamente diferente, o sea, para gozar más. Vuelvo al tema: en esos casos el dedo del corazón es naturalmente el mejor de todos, no sólo por estar ubicado en el centro de la mano sino además por ser el más largo.
-Qué bien habló Vega, señor Presidente. Propongo levantar la sesión.
-¡Pero si apenas hemos comenzado! ¿Es que su cerebro no le da para hacer un aporte, señor Urzúa? Por lo demás, no observo gran diferencia entre lo que habló Julchus y lo que rebatió Vega.
-Ahora que usted lo dice, Ilustrísima, recuerdo que una vez, caminando por las calles de El Salvador...
-¿Va a salir de nuevo con lo de los indios pipiles?
-No, señor Presidente. Caminaba con una colega después de comernos unas pupusas, que consisten en una especie de pastel circular hecho de masa relleno típicamente con chicharrón, queso o frijoles, aunque también hay de ayote, pescado y camarón. Es el plato típico y es muy sabroso...
-Señor Urzúa, le rogaría por favor que se limitara al tema en tabla.
-Perdón, señor Presidente. Caminábamos bajo unas palmeras cuando la colega me confidenció que andaba pasada a vulva y me preguntó si se le notaba. También hay pupusas de salami, peperoni, hongos, pollo y jamón, Ilustrísima...
-¡El Caballo Urzúa saca de quicio, señor Presidente! ¡Voto de castigo!
-¡Orden en la sala! Amigo Urzúa, última advertencia.
-Correcto, señor Presidente, ya entendí. Entonces doblamos la avenida y se metió detrás de unas matas. Yo me asusté. Ella se levantó la falda y me pidió que la oliera, para ver si estaba muy pasada.
-¿Qué hizo usted? No se detenga ahora.
-Yo me agaché y acerqué la nariz al calzón, que llegaba a brillar de pegajoso. Era un calzón calipso, muy en el estilo de las prendas que se usan en esa zona centroamericana, Su Excelencia.
-¡Vaya al grano, por favor!
-Cuando le toqué el calzón con la nariz y aspiré me dio un vahído, señor Presidente. Lo último que recuerdo haber visto fueron los ojos de huevo frito de la colega y unos pájaros negros que volaban por el cielo. Me despertaron en la posta con amoníaco. Ella estaba aún a mi lado y me decía al oído: "¿Estoy muy pasada, little horse?" Le gustaba decirme Caballito, señor Presidente. Yo le hice una mueca y me tapé la nariz. Ella se levantó y se fue. Nunca más la vi.
-¿Va a seguir hablando?
-Me gustaría referirme a una pupusa con aceitunas que sirven en unos carritos...
-¡Se ofrece la palabra!
-¡Quiero hablar, señor Presidente!
-Diga usted, Pollo Loco.
-A propósito de lo que ha dicho el Caballo Urzúa, a mí me pasó una vez que estaba atracando de noche en la playa de La Serena con una mina que era contrabandista y de repente le saqué un reloj del sapo. No estaba oxidado porque lo tenía dentro de un paquete de plástico.
-¿Y qué hizo usted?
-¿Yo? Nada, señor Presidente. Al rato nos pusimos a culiar y después que nos fuimos cortados me regaló el reloj. Era un Delbana. Me duró como dos años.
-¿Se fueron cortados juntos o tú primero?
-¡Eso qué importa!
-Si desea intervenir pida la palabra, señor Moore.
-La pido.
-Hable.
-Nos estamos desviando del tema principal, señor Presidente. Ni siquiera se ha explicado qué dedos se usan con las minas cuando abren las piernas.
-Se concede la palabra para abordar esta materia. ¿Quiere hablar usted mismo, señor Moore?
-Sí, distinguidísimo señor Presidente. Me parece a mí que en esos casos la mejor combinación es la de los tres dedos del medio, vale decir índice, del corazón y anular, enumerados de derecha a izquierda con la palma hacia la vista. El roce debe ir desde abajo de la zorra hasta el clítoris, presionando levemente aquella zona con la base de los dedos, incluso con parte de la palma. Cuando la excitación ha crecido es bueno introducirlos de a uno dentro del sapo, presionando el clítoris con el dedo pulgar. Llega el momento en que la dama exige un cuarto dedo, que es el meñique, y al final el sapo se termina tragando la mano entera. Y he allí entonces que nos encontramos ante un problema realmente grave: cómo sacarse el olor a zorra de toda la mano.
-Permanganato de potasio.
-¿Quién habló?
-Yo, señor Presidente.
-Le recuerdo, socio Vega, que debe pedir la palabra antes de hablar, pero ya que habló...
-Perdón, señor Presidente. Decía que el Permanganato de potasio es la solución mágica. La mano queda un poco roja eso sí.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Camilito.
-El limón de pica es bueno, pero mejor es el jabón y el cloro, a razón de dos cucharaditas por litro. Más cantidad es peligroso, pero si uno no desea pasar sobresaltos...
-Pido la palabra.
-Diga usted, Marabolí.
-A mí me resultó con hígado de cordero podrido. Hay que jabonarse bien las manos con el hígado podrido, esperar un rato y después lavárselas con agua de la llave. Santo remedio.
-Pido la palabra.
-Hable usted, Yuyul.
-Yo probé con todo eso pero igual la iñora me cachó, así que ahora voy a la segura y me echo soda cáustica.
-¡Pero eso es tremendamente tóxico!
-Ya no me quedan huellas dactilares, Ilustrísima, tengo el carnet vencido y no lo puedo renovar. En la isapre me hacen poner el dedo y no me aparece identidad. Pero todos esos malos ratos valen la pena comparados con el susto que pasaría si la bruja volviera a olerme la mano sin limpiar.
-Yo sé como sacar el olor a zorra, Presidente.
-Hable, Jorobabel Diéguez.
-Con ácido sulfúrico, señor Presidente. Por eso tengo el dedo del medio sin hueso y sin uña, igual que el quetejedi.
-La otra vez contó que quedó con el chongo porque se lo mordió una piraña en su viaje al Amazonas peruano.
-Cosas que se dicen, señor Presidente. Pero fue con ácido sulfúrico.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Pastene, ¡pero que sea algo serio, por Dios, mire que he escuchado tanta huevá esta tarde!
-Cuando yo vivía en Valparaíso me pegaba unas buenas cachas a la hora de la siesta, Ilustrísima Señoría. Como quedaba pasado a sapo, no sólo en la yema de los dedos de las manos sino hasta en la yema del dedo gordo del pie, después pasaba a la caleta Portales y me mandaba al pecho una docena de choros zapato. Llegaba a la casa con otra docena de regalo para la vieja, para distraer sus fosas nasales, y la vieja quedaba feliz, salvo una vez, ahora que recuerdo...
-¿Qué le pasó?
-La vieja estiró la ñata, me miró raro y dijo a voz en cuello: "¿Ya anduviste pisando en la caleta El Membrillo, jíbaro culiado?"... ¡Tiene un olfato mi señora, señor Presidente, con decirle que en la noche tengo que sacar el poto para la pared para cagarme tranquilo!
-¿No había dicho usted caleta Portales?
-La vieja andaba cachuda con una garzona de la caleta El Membrillo, Ilustrísima. Yo me enredé dando explicaciones y le insistí que se trataba de la caleta Portales... fue para peor.
-Pero... ¿jíbaro, le dijo? ¿No será una hipérbole por contraposición?
-¡Pido la palabra, señor Presidente!
-Diga usted, Pollo Loco.
-El olor a zorra sale con caca de gato, señor Presidente. La caca de perro también sirve, pero deja su resto de olor a zorra en las manos, por ende es más riesgosa, aunque esté mucho más disponible en el mercado.
-Maestro Perfecto...
-Hable usted, Saval.
-Noto que se habla de fórmulas muy complejas, cuando la solución es mucho más sencilla: el olor a zorra se pasa con una combinación de dos olores diametralmente opuestos entre sí. Pasto y papas fritas.
-¿Cómo se aplica la combinación?
-Camino a casa después de pegarse una cacha como Dios manda, el hombre huele a cada rato su dedo y el olor a zorra ya le es reconocible a sus narices desde unos 15 centímetros, haya viento a favor o en contra. Pues bien, una vez me agaché en una plaza y saqué una champa de pasto y me la pasé por las manos varias veces. Acto seguido compré un paquete de papas fritas Lays en la esquina y me las comí todas, cuidando de pasármelas por toda la cara, pues habrá de saber usted, Ilustrísima, que el olor a zorra es como Alien. Invade todo el cuerpo.
-¿Tienen que ser papas Lays?
-Sí, señor Presidente. Si no lo fueran no me hago responsable. Usted sabe, lo barato cuesta caro.
-¡Pido la palabra!
-Diga usted, Muguita.
-El olor a zorra anda por ahí con el olor a perfume. No sé cuál es peor. Se queda en el cuerpo y no sale ni con dos duchas. Pero si me preguntan, yo me quedaría con la fórmula del jíbaro Pastene.
-Pido humildemente la palabra.
-Hable usted, Bombero Lacho.
-¡Cabeza de casco de bombero!
-¡Cabeza de haba!
-¡Cabeza de pico!
-¡Orden en la sala! El socio ha pedido la palabra como cualquier otro. ¿O prefieren que lo llamemos por sus nombres de pila?
-Perdón, señor Presidente...
-Era una broma no más...
-Hable, Bombero Lacho, pero sería la úúúúúúltima pelea de la noche. Ejem... perdón. Hable usted.
-Quería aportar mi granito de arena, Magnánimo Amo, Califa de las lenguas de vaca del mundo, Emperador de la prudencia y la bondad, Príncipe del erotismo...
-Secretario, por favor borre de actas eso del granito de arena. Puede conservar lo demás. Siga usted, Bombero Lacho.
-Cuando le chupaba las tetas a mi profesora de inglés quedaba pasado a zorra...
-¿Pero por qué?
-A eso iba, señor Presidente. Es que le tenía la mano metida hasta el contre. Pero lo que quiero expresar esta tarde realmente, Ilustrísima, es que esto del olor a zorra es una trampa del inconsciente para ocultar el problema verdadero, cual es el del grave pecado, la degradación moral, la condena eterna en los confines del hades que conlleva para uno el acto de infidelidad hacia aquélla que nos ha regalado sus mejores días.
-La misma que a esta hora está culiando con el gásfiter...
-¡Calla, infeliz!
-¡Orden en la sala!... Prosiga, Bombero Lacho.
-Decía, señor Presidente, que el olor aquél no está sino en nuestra propia conciencia y nos persigue donde vayamos, sea allí, allá o acuyá.
-¿Y a maracuyá?
-¡Calla, insensato! Escuchad, por piedad, la voz del profeta arrepentido.
-Siga, Bombero Lacho. Pero más rapidito.
-Ese olor a sapo nos persigue en forma invisible y se nos mete en las narices y no sale con nada, porque es el mismo olor que sentía Hamlet en Dinamarca, Gran Califa. ¡Es el olor de la tragedia que implica existir, ser, vivir de paso en esta tierra!... puta, me las di de Moore y me puse filósofo, señor Presidente, pero se me agotó la frase y no hallo qué decir ahora.
-Hasta aquí no más llegamos. ¡Se levanta la sesión!

Monday, July 10, 2006

Lo que nadie se atrevía a decir de la eyaculación precoz

-Se abre la sesión del Club de la Lengua de Vaca. A la cuenta de tres digan: "Sí, juro". ¿Juráis que lo que se diga entre estas cuatro paredes no saldrá de este lugar?
(Todos).
-¡Sí, juro!
-Secretario, lea el acta, por favor.
-De inmediato, señor Presidente. Dice así: "Lo que nadie se atrevía a decir de la eyaculación precoz".
-Pues, atrévanse y pidan la palabra. Pero antes, un minuto de silencio por el término del Mundial... Corre el minuto.
-...
(Silencio sepulcral. Exactamente 60 segundos después se oye un pitazo).
-¡Prrrrrr!
-Pido la palabra, señor Presidente.
-¿Dónde? ¿Quién habló?
-Yo. ¡Aquí, señor Presidente!
-Ah, detrás de Urzúa. No lo veía, Julchus.
-Es que el Caballo Urzúa es muy grandote, señor Presidente.
-Cómo tendrá la penca...
-A veces los grandotes son de penca chica...
-Y los enanos tienen el manso filorte...
-¡A callar, todos! ¿Es que no pueden comportarse como adultos aunque sea una vez a la semana?
-Perdón, señor Presidente...
-Somos tontitos...
-Hable, Julchus.
-Quería decir, Ilustrísima, que esto de la eyaculación precoz es muy relativo. Figúrese usted que si se sube a un cohete que se desplaza a la velocidad de la luz y adentro se pega una cacha y se va cortado altiro y el cohete vuelve a la tierra, aquí en el planeta habrían pasado 80 años. O sea, la cacha duró 79 años, 11 meses y 29 días. Y el gustito duró por lo menos siete años. ¿De qué eyaculación precoz estamos hablando?
-¿De dónde sacó esos datos, querido socio?
-De Icarito, Excelentísima Señoría.
-¿Y qué pasa con la mina del cohete?
-Me imagino que cuando se baja y toca la losa de Cabo Cañaveral se arruga como pasa, pero no estoy seguro, Altísimo.
-Pido la palabra.
-Diga usted, Vega.
-Acabamos de escuchar una falacia.
-Lo que dije está certificado por la ciencia.
-Es imposible lo que estái diciendo, Julchus.
-Momentito. Aquí no hay polémicas de a dos. Si se habla, se solicita la palabra. Diga usted, Vega.
-Es una falacia, señor Presidente.
-¿Por qué? Explique.
-Es imposible que el gustito pueda durar siete años. El hombre enloquecería. Además, ¿de dónde sacaría tanto moco el pico? Más aún: ¿puede un pico estar parado durante siete años? No puede. Se produciría necrosis, muerte del tejido.
-Creo que nos estamos yendo por las ramas, señores. Les ruego atenerse al tema en cuestión.
-La palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Castrili.
-El problema que plantea Julchus está mal planteado. El verdadero problema sería meter a dos parejas a culiar al cohete. El que se va cortado primero, al regresar vería a sus hijos pequeños ahora de 80 años; pero el que se va cortado segundo los vería de 236 años. He allí el meollo de lo que se entiende por eyaculación precoz.
-Pido la palabra, Su Señoría.
-Hable usted, Paredes.
-La eyaculación precoz se soluciona colocándose un elástico en la base del pico.
-Quiero decir algo, señor Presidente.
-Diga, Marabolí.
-No existen hijos de 236 años, Serenísimo Gran Maestre.
-¿Puedo hablar yo, Su Señoría?
-¿Desde cuándo tanta timidez, Bombero Lacho? Hable ya.
-Para mí, el problema de la eyaculación precoz es mental, no como argumenta el socio Paére. Si bien es cierto que el elástico, bien puesto, efectivamente impide la salida del cuáker, no es menos cierto que el varón siente gustito, menos, eso sí, y acaba. El verdadero tema es por qué el cerebro se calienta tanto y tan rápido hasta que se le arrancan las cabras.
-Colócate un elástico en la cabeza entonces.
-¡Cállate imbécil!
-Orden en la sala.
-En la cabeza del pico...
-¡Orden en la sala!
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Camilito.
-Yo no sé por qué los hombres le tenemos tanto miedo a ese término. Eyaculación precoz. Lo voy a decir de nuevo, para matar el chuncho: eyaculación precoz. ¡Uy! He llegado a pensar, en mis horas de insomnio, que se trata de un truco orquestado por las mujeres para hacernos durar más. He leído que el sapo tarda varios minutos en entibiarse.
-Concuerdo con Camilito, señor Presidente.
-Hable, Matas.
-Concuerdo con Camilito, señor Presidente. A propósito, el otro día leí en La Cuarta que las mujeres mentían.
-Le ruego mayor precisión en sus dichos, Matas. Si su frase terminase ahí usted quedaría en ridículo. Le concedo el beneficio de que la finalice.
-¡Pero si es así, señor Presidente! Las mujeres mienten en estas cosas del sexo y ahora inventaron que la eyaculación precoz es toda aquella relación que dure menos de tres minutos. ¡La otra vez salió en un diario que el 75 por ciento de los hombres son eyaculadores precoces!
-¿Y?
-No sé, eso salía.
-La palabra.
-Hable, Saval.
-Matas quiere decir, con mucha inteligencia, que la normalidad está dada por la curva mayor en la estadística. Un ejemplo: si el 75 por ciento de las personas tienen un C.I. de entre 90 y 110 puntos, eso es la normalidad y lo demás es la excepción. Si el 75 por ciento de los hombres se va cortado antes de los tres minutos, eso forzosamente tiene que ser la normalidad. Haga la prueba en una casa de putas. Todos los hombres se van cortados en un minuto y medio. Y esa es la cacha por excelencia, lo demás es verso.
-Es un tema polémico. Propongo ponernos de acuerdo en el tema de los tiempos. Y por favor no me vayan a salir de nuevo con el cohete.
-La palabra, señor Presidente.
-Diga usted, Julchus.
-Me gusta ir al número. Precisar el número. ¿Tres minutos desde que le da un beso, le toca las tetas, le corre mano, se lo enchufa y se va cortado? ¿O tres minutos desde que mete el pico en la zorra? Y le agrego: ¿tres minutos bombeando sin parar? Porque hay harta diferencia entre los tres conceptos, Ilustrísima.
-Tiene toda la razón. ¿Qué diablos se entiende por eyaculación precoz?
-¡Es un invento de las minas, que parecen vacas echadas!
-¡A callar! Quiero oír una voz sabia entre tanta estupidez.
-Respetuosamente quiero pedir la palabra, señor Presidente.
-Hable, señor Moore.
-La eyaculación precoz, a mi juicio, es un invento de las mujeres, quienes se aliaron con los siquiatras. Estos últimos se llevan la parte del león en las consultas, porque la isapre sirve para tres sesiones y los culiados tardan dos años en decirle a uno que la solución contra la eyaculación precoz es imaginarse una sábana blanca contra una pared blanca mientras está culiando y que cuando uno va a llegar tiene que estirar la lengua lo más atrás que se pueda, hasta tocar las amígdalas.
-Pido la palabra.
-Diga, Urzúa.
-Señor Presidente, hace mucho tiempo que vengo pensando en el problema. Cuando vivía en El Salvador me impresionaban unas mulatas que se pasaban haciendo turumba, y yo me preguntaba, ¿de dónde sacan energías? Y era por el clima, señor Presidente.
-Gracias. ¿Alguien más?
-Yo.
-Diga, Yuyul.
-Alguien dijo por ahí que la eyaculación precoz es un verdadero karma, un fantasma, un monstruo peor que la Gorgona o Górgona, no sé como se pronuncia, pero es el famoso monstruo de siete cabezas que mató Perseo. Como usted bien sabrá, Ilustrísima Señoría, Perseo, hijo de Dánae y del gran dios Zeus, mató valiéndose del reflejo de su escudo a la medusa Gorgona, que era tan horrorosa que sólo con mirarla a la cara con­vertía en piedra al observador.
-¿Se puede saber adónde conduce todo esto?
-A que podemos vencer el mito de la eyaculación precoz mirando un espejo mientras culiamos.
-Yo me voy cortado antes cuando miro al espejo.
-A mí me gusta ver el poto abierto de la mina cuando va entrando el pico.
-¿Podemos volver al asunto, o se levanta la sesión?
-La palabrita, por favor.
-Diga, Pollo Loco.
-Gracias, señor Presidente. A mi juicio, aquí lo que vale es meter el pico en el poto para irse cortado antes de que empiece el partido. Una vez me perdí un gol del Manchester por hacer una filigrana con el filorte. Fue un balazo del chico Owen desde fuera del área. Lo vi en la repetición, pero no es lo mismo.
-¿Se puede saber qué lujo le dio por practicar con el miembro viril en tan indebido momento?
-Dejé de mover el Julio Martínez con Beatle para leer la programación de Fox Sports, señor Presidente. ¡Y yo sabía que a esa hora jugaba el Manchester!
-Linda la hizo.
-Pero saqué una enseñanza que me acompañará hasta la tumba, Sabio Magnánimo.
-¿Sí? Dígala.
-Que la eyaculación precoz vale callampa.
-Pido la palabra, señor Presidente.
-Hable usted, Gatica.
-¿Qué vale menos, Amo Superior? ¿Un gol perdido o aguantar el cuáker adentro de los cocos?
-Se vota a mano alzada.
(Se vota).
-¿Anotó, secretario?
-Anotado, señor Presidente. Aguantar el cuáker no vale la pena, y en cambio un gol perdido es una tragedia. No lo digo yo. Lo dice la unánime votación.
-Pido la palabra.
Adelante, Sargento Roldán.
-Seamos pragmáticos, señor Presidente, y rindámosles un homenaje a los que se van cortina antes de tiempo.
-¿Da para homenaje?
-¡Para homenaje y para monumento a la raza humana, Ilustrísima! El eyaculador precoz es el Hombre mismo, al que la naturaleza lo dotó de extrema calentura para que culiara lo que más pudiera y dejara descendencia. En la prehistoria el hombre tenía que culiar rápido, señor Presidente, no fuera que un mamut le ensartara un cacho en la raja.
-Un colmillo, ignorante.
-Limitémonos a la teoría, no es necesario el ejemplo.
-¿Puedo proseguir con mi argumentación, Ilustrísima?
-Siga usted, Sargento.
-De manera que el hombre, por genética, culea rápido y la mujer, por genética, culea lento. Vea usted a los perros. Uno primero, otro perro después hasta que le toca al perro chico de la leva. ¿Y la perra? Bien gracias, y que pase el que sigue.
-¿Qué quiere decir?
-Que las perras, perdón, las damas tienen que demorarse más para que la naturaleza asegure que han quedado preñadas. Si no queda preñada del cornudo, entonces que sea del patas negras. La cosa es prolongar la especie. Desde ese punto de vista, que es el único punto de vista válido, el hombre que está más adaptado al requerimiento de la vida es el eyaculador precoz.
-¿Y el que se va cortado antes de meterlo?
-Ese se adaptó demasiado rápido, señor Presidente.
-En aras del tiempo, ¡se levanta la sesión!